Yo tampoco quiero morir; yo también quiero vivir. La perspectiva de género como parte del proceso civilizador de la humanidad.

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A la memoria de Camila, de 9 años,

el primer feminicidio de 2019.

En los últimos meses se acrecienta la emergencia nacional, mundial, de un fenómeno que continúa castigando a la especie humana: el feminicidio.

Desde hace tiempo podemos categorizar este problema de la humanidad en una escala de barbarie conocida, nacida al calor de la Segunda Guerra Mundial: el genocidio.

Querétaro no está exento de estos crímenes de lesa humanidad, considerando los últimos acontecimientos: el exilio forzado de la activista Aleida Quintana por parte del Estado queretano; la negligencia sobre el caso Nancy Morales; las cifras de cientos de personas desaparecidas, entre ellas, mujeres, migrantes y niñas, cuyos cadáveres y ausencias hablan al ritmo de un Estado fallido queretano; desde la máxima cabeza -Francisco Domínguez- hasta el más elemental de los funcionarios públicos -agentes federales-, el Estado no sólo ha fallado, sino que ha demostrado, con su vacío político, su signo de barbarie, exactamente la misma conclusión que León Trotsky formuló sobre la masacre de la Comuna de París: el final de un modelo civilizatorio hacia un proceso barbárico, conducido por el Estado francés.

El machismo se eleva a un fenómeno de barbarie no sólo en Querétaro sino también para el mundo entero; la crueldad, la violencia machista, la fuerza desmedida del hombre sobre la mujer se ha convertido en una norma que construye el orden social existente; la pedagogía de la crueldad patriarcal se ha convertido en el eje articulador de la convivencia de esta sociedad capitalista queretana, mexicana, mundial. La democracia y la justicia social son eliminadas de la práctica y la teoría que ya no son necesarias a esta realidad social patriarcal y capitalista.

No hay que caer en el fatal pesimismo que dibujan estas líneas; Querétaro se transforma y se inserta en la lógica de un desarrollo histórico-social que reproduce las condiciones materiales -culturales, morales, ideológicas, políticas- para el surgimiento del feminicidio no sólo como un mal necesario y creado por los Estados, sino también como una causa social de múltiples violencias desatadas: el aumento de las y los huérfanos, la migración forzada de las familias, el disloque de la organización social existente, generando un alza en el aumento de la violencia y la fuerza como “motores morales” de la nueva realidad, antítesis de la democracia y, por tanto, de la ciudadanía como garantía de las constituciones que han dado forma a sociedades más o menos democráticas.

¿Qué hacer? Ésa es la pregunta, o mejor dicho, ¿qué se está haciendo y cuál es su porvenir, orientado a una mejor estrategia de resistencia y lucha?

No sólo se lucha contra un patriarcado ancestral, sino también contra un capitalismo que recicla esa dominación del hombre sobre la mujer; a su vez, se ha levantado una cultura “oficial”, supremacista, de esa jerarquías entre los sexos, que se profundiza con la existencia de sociedades divididas en clases, atadas a relaciones económicas entre grupos humanos que se han apropiado de la fuerza y la riqueza de las y los trabajadores.

Al mismo tiempo, esa superioridad de clase se retroalimenta con una concepción histórica más vieja que el capitalismo: la autoridad patriarcal. Si en el capitalismo existe un patrón hombre sobre un trabajador asalariado hombre, el patriarcado se infiltra en esta sujeción económica para que los obreros se conviertan en los “patrones” de sus esposas, hijas y madres, tanto en la economía doméstica -sin duda, una fuerza de trabajo femenina que no es retribuida- como la construcción de modelos, roles y concepciones “femeninas” -madres al cuidado de los hijos, esposas fieles a la promiscuidad de los esposos, hijas atadas a los intereses del padre, el hermano, el novio-. Toda una plataforma de redes familiares que perpetúan un mundo social sexualmente jerarquizado.

Entonces, ¿qué hacer? El feminicidio no sólo es causa y consecuencia de una sociedad patriarcal, sino que representa un objeto de análisis de la realidad en la que vivimos, la que acabamos de describir, pero que también impacta en nuestros cuerpos y nuestras visiones del mundo, que han sido impuestas y construidas desde una concepción supremacista hipermasculinazada, donde la biología -los cuerpos hombre, cuerpos mujer- se ha impuesto como la norma a respetar, discriminando la riqueza del ser humano en su sexualidad -desde su derecho a decidir sobre su cuerpo hasta su orientación sexual-, sin olvidar que hay una ética adjunta a esta moral sexual que es reprimida desde los medios de comunicación -cosificando a las mujeres y a los hombres como objetos de placer- hasta coronar todo este complejo proceso patriarcal en el feminicidio, donde las mujeres son transformadas en objetos y premios desechables, alguien que pierde su capacidad humana y merece ser destruido por “ser” algo.

Se lucha contra el patriarcado milenario, pero también contra el capitalismo que es, sin duda, la etapa histórica que recorre buena parte de la humanidad en este época, incluyendo a nuestro país y a nuestro estado; las colectivas feministas que han organizado mítines y congregaciones en contra del feminicidio, promoviendo las alertas de género y, desde sus dolores más desgarradores, han tejido relaciones de sororidad entre mujeres, para construir una política feminista, coherente a la lógica de un vacío de poder del Estado queretano, y que se convierta en el germen social de una nueva realidad que se construye no solo desde el dolor y la tragedia, sino también desde la sororidad, la perspectiva de género, la conciencia de clase, elementos subjetivos que permiten llevar la lucha, aun dentro de los límites de la democracia burguesa que envuelve al capitalismo, la realización gradual de reformas afines a la sociedad civil desde el feminismo, entre ellos, la legalización de la interrupción legal del embarazo, la construcción de un Estado de Derecho con perspectiva de género, la igualdad salarial, la revaloración de la condición humana en las mujeres, la reivindicación de la maternidad como función social retribuida por el Estado, la inclusión de las mujeres en los procesos productivos de la economía, de las estructuras políticas etcétera.

No obstante, sin dejar de reconocer las luchas de estas colectivas, prácticamente todas se han limitado al horizonte de una “emancipación femenina” pero sin romper el orden social que sigue produciendo y reproduciendo las desigualdades de género.

Naturalmente que esta toma de conciencia responde a una realidad social en la que el poder y la explotación patriarcales no serán transformadas de raíz con la aparición gradual de reformas que impidan violentar el orden existente; por tanto, la necesidad de una revolución social, con vanguardia conformada por mujeres, es parte del programa revolucionario de las próximas conmociones civiles. La fuerza que representan las mujeres se ha demostrado numéricamente superior y también en la creación de una organización y autogestión de la sociedad civil que, por fin, se ha dado cuenta que el Estado mexicano es el responsable de las desapariciones forzadas, los secuestros, los feminicidios, en fin, de una guerra patriarcal que crece ante sus ojos, una verdadera masacre nacional que se empeña en insertar mayor miedo y desesperanza de las mujeres trabajadoras, las estudiantes universitarias, e impedir su unión y su sororidad como política social del mañana.

Si para Marx, a mediados del siglo XIX, el proletariado sería la clases que emanciparía a la humanidad del capitalismo, hoy en el siglo XXI, sin temor a equivocaciones, podemos afirmar que las mujeres conforman esa vanguardia política, ese sector humano que ha demostrado su fuerza telúrica para conmocionar al mundo entero… ¡y todo como producto de una estrategia mundial que se ha expresado por la realización de reformas dentro del capitalismo existente! Podemos imaginar cómo florecerán nuevas irrupciones feministas, cada vez más decisivas y decididas para destruir a cada Estado burgués que siga existiendo en el planeta, a las instituciones religiosas que operan en realidad como gigantescos burdeles y centros de adoctrinamiento del terror a ciertos seres divinos y, por supuesto, apuntado sus cañones a la institución de la familia que sigue siendo el baluarte por excelencia del hombre supremacista.

Con lo anterior no pretendemos anunciar transformaciones revolucionarias tan abruptas como profundas, pero sí decisivas como para operar un cambio de mentalidad de masas, lo suficientemente masivo y consciente como para crear las condiciones de una sociedad que responda al feminismo más experimentado para asumir el reto del cambio de un orden social que, justamente, lleva fresco el sello de un patriarcado capitalista y se enfrenta a su dolorosa y difícil transición. Más que hablar de una dictadura del proletariado -sin duda un modelo del gobierno provisional que transita al socialismo-, también podríamos prever la existencia de una base de la democracia social, que es el movimiento feminista, capaz de asumir el papel rector de un proceso democrático que se construye y se reafirma desde esta idea y práctica de dictadura obrera, que se construye justamente al existir todavía un sector burgués que ataca y amenaza al nuevo Estado obrero -recuérdese la experiencia de la revolución rusa de 1917-.

Sin caer en descripciones que rayen en la fantasía, tratamos de esbozar tanto las condiciones en que surge y surgirá ese feminismo radical, depurado de concepciones pequeñoburguesas, como el proceso de revolución permanente que asumirá ese feminismo combativo y que deberá estar a la altura que exigen los nuevos tiempos de esa transición de una sociedad a otra.

Por tanto, desde hace mucho tiempo, el feminismo ha encontrado los límites de su organización y militancia; una y otra vez, a través de esa dialéctica de la vida social que nos obliga a cambiar las circunstancias para cambiarnos a nosotros y nosotras mismas, ese feminismo resuelve sus contradicciones internas para formarse en vanguardia y movilizadora de aquella sociedad civil mexicana que sufre, en lo que va del año, 3600 asesinatos de mujeres, de los cuales apenas 800 son catalogados como feminicidios y un país con el 52% de su territorio declarado en alerta de género.

Frente a las nuevas tendencias genocidas que dejan su estela de fuego y muerte sobre la tierra, los feminicidios constituyen el signo de los tiempos de paz que están desapareciendo; el feminicidio forma parte de ese exterminio que está en marcha, una vez más, para la especie humana, ya no sólo equilibrado peligrosamente en la existencia de miles de arsenales atómicos o la catástrofe inminente del cambio climático; la revolución social es un llamado mundial que empieza a hacerse eco incluso en las zonas del planeta más prósperas, pero integradas dentro de ese sistema mundial de barbarie que es el capitalismo.

El feminismo plantea muchas más interrogantes tratadas en estas líneas, hemos esbozado a grandes rasgos sus límites y sus condiciones, pero también sus potenciales de movilización y creación de esa sociedad civil que, cada vez más, llega al borde su paciencia al cargar con el peso muerto de un Estado fallido, de un sistema mundial capitalista y patriarcal que ha llegado al fin desde la existencia de ese “movimiento real” que lo niega: las mujeres como agentes del cambio que quieren vivir.

Edgar Herrera










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