Yo no voy a votar

|




no-no-no

POR Carlos Ricalde | Si no voto, dicen algunos que le engordo el caldo a los partidos grandes. Y tienen razón, porque los votos ausentes son en la práctica votos para el ganador. Si voy a la urna pero anulo mi voto en señal de protesta, de inconformidad, decepción y hartazgo, como aseguran otros, de todas formas mi voto irá en alguna proporción a la cuenta del ungido.

Si al cabo de “agobiantes” reflexiones opto por obsequiar mi voto en calidad de limosna a un partido chico o a un candidato independiente, como recomiendan algunos más y, añado, solo porque dichos partidos neonatos exponen algunas buenas ideas o porque así le meto una zancadilla a los partidos grandes, una vez más, mi voto terminará por agrandar relativamente la cuenta del cuestionado ganador, aferrado al viejo apotegma de divide y vencerás.

Pues así las cosas, escojo la opción de no votar en la modalidad de explicar porqué, es decir, porque no llegaré al sufragio para legitimar, efectivamente, un sistema amorfo, repugnante como el bicho que imagina Kafka, algo que no queremos pero que aceptamos vivir con él, algo que nos ofende y degrada pero al final apoyamos. ¿Acaso los mexicanos hemos sido poseídos por el Síndrome de Estocolmo? Sabemos de personas que pasan por este trance que desquicia, pero, ¿todo un país? Tal vez será el primero. Escojo no votar porque en el juego de hacerlo por un partido, en realidad lo vendría haciendo por un sistema que sus protagonistas y algunos críticos y analistas, lo llaman Democracia, cuando no es más que una manipulación perversa para legitimar a un ganador por encima de un sin número de perdedores. Un dato, desde que se instauró la “democracia” en México, los “ganadores” gobiernan con menos de un tercio de votos a favor y, por ende, con más de dos tercios en contra. ¿Pues no en una democracia, casi por santísima definición, las decisiones se toman por mayoría? ¿Dónde quedó la bolita? Así no juego y por primera vez en mi vida electoral no voy a votar. En realidad, así como se han puesto las cosas, se perdió la posibilidad de elegir, no es que no quiera, es que así no puedo votar: el bochorno y la auto recriminación me es insuperable.

Sin embargo, apreciado Lector, apartando mi inocuo punto de vista sobre la opción de no votar, que le parece si miramos un poco el chiquero en que se ha convertido el sistema “democrático” y electoral. Para entrar en calor, se observa que Lorenzo se cura en salud, pues asegura que está lidiando con las elecciones más complicadas y más grandes y coincidentes con la mayor Reforma Electoral de la historia de México y que, si ello no bastara, se realizan en medio de la peor crisis de confianza de los últimos 20 o 30 años, (no es culpa de él) que pone en riesgo su viabilidad y la democracia misma. Dice que el árbitro nunca queda bien y por eso Galeano escribía que viste de negro. Dice también que si se dan hechos de violencia el domingo 7, dale con el domingo 7, no es culpa del INE, los que deben garantizar la seguridad de chichimecas, tzotziles y pieles blancas son las fuerzas de seguridad del Estado. Punto. Por otra parte, Lector estimado, ¿no se contagia usted de pena ajena por cerca de 10,000 candidatos que suplican, al borde de la desesperación, que los ciudadanos les demos un contrato multianual? Literalmente la mayoría de esos candidatos no tiene trabajo y sí muchos compromisos de gasto por familia, alianzas, novias (¿por qué no?), aviones, restaurantes y hoteles de lujo, etc., y solo hay 2179 puestos de elección popular. Pues sí, parece que la mayoría de los candidatos pasará apuros como nosotros y sufrirán igual los errores y vicios de los elegidos como mejores gobernantes.

No sé de alguien que promueva la “democracia” cual si fuera una amorosa reunión como la representada en los lienzos de la Ultima Cena, no, pero tampoco la “democracia” debe ser a la mexicana que más bien parece una orgía de vanas promesas de campaña y un festín de saqueo hasta la próxima elección, sembrando el camino de improperios, recíprocos ataques obvios de saña, asesinatos impunes de candidatos e infamias por doquier y pescadores oportunistas como la COPARMEX que pide a la ciudadanía que vote, por quien quiera, pero que vote, al cabo que la patronal va amarrada con el que gane; o la CONCAMIN, que anuncia con desfachatez sus planes de negocio diseñados “especialmente” para el candidato triunfador y así lo ayuden a crear empleo. Puras maromas para sacar ventaja. Y, bueno, tolerante Lector, diga si no es para morir de risa o de púrpura impotencia el garlito de los candidatos independientes. Imaginemos que nuestro a veces ingenuo, pero siempre noble pueblo, decida votar por un candidato independiente, ¡se nos vendrían encima toda la demagogia y todos los males habidos y por haber en el mundo! ¿Sencillamente con quien gobernaría? ¿Con quienes formaría su equipo de trabajo? ¿A quién le daría su confianza? ¿Podría controlar al Congreso, pleno de partidos opositores? ¿Y al Ejército y a los Gobernadores? ¿Exigiría a sus Ministros una carta compromiso ante Notario Público y ante el Papa, pidiéndoles que no lo traicionen? No, ojalá este pobre país no sufra la vivencia kafkiana de un escenario con gobernante independiente, si ya vemos como les va a los que “tienen” un partido y un equipo para gobernar. En esta ocasión, por todo lo dicho, ¡yo no voy a votar!

Cascarita: nuestro país requiere urgentemente una profunda reingeniería electoral, una cirugía mayor para extirpar el cáncer de los partidos sin desaparecer al partido y una abundante transfusión moral para dejar en el olvido degradaciones como la que ahora sufrimos, cual es el caso que nos ubica en el lugar 79 entre 102 naciones, debido al mal uso que hacemos del Derecho. Por un cambio así, si voto y de pilón le entro.

 










Cada colaborador es responsable de lo que escribe y sólo rinde cuentas ante la sociedad y ante sí mismo. Se trata de pensar libremente y hacer pensar en la medida de la inteligencia de cada uno.

Envía tu comentario