Yalitza Aparicio, Orgullo y prejuicio

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En pie de lucha por nuestra patria, por la vida y por la humanidad. Hasta que la dignidad se haga costumbre.

Jacinta Francisco

Hoy en día, los tradicionales medios de comunicación y la aparición de nuevas plataformas digitales definen el salto o la caída, libres de la opinión internacional sobre ciertos fenómenos actuales: la guerra de Siria, el racismo de Trump y la presencia indígena de Yalitza en los máximos galardones de la industria cinematográfica de Estados Unidos. Una vez más, el reconocimiento de lo propio y lo originario está en manos de monopolios e intereses extranjeros.

Yalitza es uno de muchos casos de mujeres indígenas, pobres, discriminadas, que toman la batuta mediática del cine para denunciar su triple condición de explotación como mujeres, indígenas y pobres, como apéndices no sólo de una realidad mexicana que se apoya en el racismo, sino también en el marcado clasismo que convierte a México en uno de los países con mayor desigualdad en América Latina. Y no hablemos de la injusticia, reflejada en otros filmes como presunto culpable.

Originaria del municipio de Tlaxiaco, del Estado de Oaxaca, Yalitza interpreta a Cleo, la protagonista de Roma, como una trabajadora doméstica que trabaja con dos familias de clase alta. El contexto histórico no es menos simbólico, la década del Halconazo del 10 de junio de 1971, muy fresca la memoria del movimiento estudiantil reprimido tres años atrás y, por supuesto, el máximo apogeo del rostro autoritario del PRI.

Por un lado, el homenaje de Alfonso Cuarón a dos mujeres que marcaron su infancia: su madre y la trabajadora doméstica. Por el otro lado, Yalitza Aparicio como hija también de una trabajadora doméstica y mujer indígena. Entre estos dos proyectos de vida, aparece en medio el gigante industrial audiovisual norteamericano y sus propios intereses para promover la superación personal, sin transformar la realidad existente, como una válvula de escape ante el creciente racismo estadounidense, impulsado luego de la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, y su triste réplica en la discriminación que las y los mexicanos han manifestado desde la catapulta de Roma a la gran pantalla.

Roma es la miniatura de una realidad mundial, no sólo mexicana, en la que se encuentran 70 millones de trabajadoras y trabajadores, pero apunta a otros “requisitos” culturales necesarios para perpetuar y profundizar la explotación de esta realidad doméstica: ser negro, latinoamericano, ser mujer, ser pobre. Si alguien se preguntaba por los restos de una economía “feudal” mexicana en este siglo XXI, de un siervo moderno que jura lealtad a su patrón de forma personalizada, oculta, aquí está. Aun con sus propios homenajes, Cuarón llevó ese “feudalismo” de rostro doméstico al corazón de los galardones de la industria mediática norteamericana.

Son algunas de las consecuencias que deja a Roma para la historia del cine mexicano, en su relación directa con la situación de la cinematografía mundial, donde se entretejen discursos culturales con vidas personales, con perspectivas de superación, que rayan en lo romántico para seguir una sola línea audiovisual que no toque las fronteras del pensamiento crítico y la iniciativa social.

¿Qué diría la opinión internacional sobre un filme del caso Jacinta Francisco? De antemano, conocemos la respuesta racista y machista del público mexicano, pero es tentadora la idea de romper con los esquemas tradicionales que presenta la idea norteamericana del sueño americano, y jugar con el riesgo de asumir cánones y discursos propios, que tomen en cuenta la riqueza cultural mexicana, de norte a sur, de las ciudades a los campos, de las unidades habitacionales hasta las pueblos olvidados, atravesados con las condiciones de lucha e injusticia que, lamentablemente, forman parte de la realidad y el imaginario mexicanos.

Edgar Herrera










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