Y nos dieron la una… las dos… y la próxima

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 mujeres mexicanas trabajando
Por. Jovita Zaragoza Cisneros.

LOS QUE SE QUEDAN.

A GUADALUPE.

Llegó a mi casa hace 22 años. Pantalones de mezclilla azul claro, esmerado planchado, blusa blanca manga larga, almidonada. Tenía casi 21 años de edad, pero su apariencia era de 14 años. Bajita de estatura, apenas 1.45 cm y 45 kg. de peso. Su rostro oscuro de rasgos suaves con incipientes manchas de sol y una dentadura perfecta de dientes fuertes, macizos, hilera impecablemente blanca. Su pelo oscuro y lacio debajo de los hombros, peinado de cola de caballo. Dos hijos: uno de 5 años y el otro de 4.

Fue al instante el sentimiento de confianza y simpatía que provocó a todos en la familia. Buscaba trabajo cerca de su casa y de la escuela donde su hijo mayor asistía. Empezó a ayudarme con el quehacer de casa un día a la semana. Caminaba siempre de prisa. Sus pasos cortitos, acordes a su estatura, eran suavemente veloces y ágiles. Callada, apenas y hablaba, parecía evitar cualquier conversación. Le respetamos su silencio. Se volvió una presencia querible.

Sus hijos siempre impecables en su vestir, con ese aire sencillo y digno en todo su actuar, eran un reflejo de su madre. Solían venir algunas veces con ella y llenaban con sus risas y juegos el jardín. “Niños, no hagan esto… no hagan lo otro…” decía ella bajito y mortificada de que causaran contratiempos. Las reglas fueron claras: Que los dejara jugar libremente y podía traerlos cuando ella quisiera o lo considerara necesario. No molestaban en lo absoluto, al contrario. Podían comer lo que quisieran. No había restricción en alimentos, ni para ella ni sus hijos.

Acomodaba el espacio por ella elegido, preparaba sus alimentos en los que nunca renunció a las tortillas y su salsa, preparadas con cuidado y esmero, para luego sentarse a comer con un gusto que despertaba el mío.

Poco a poco, fui sabiendo más de ella y su familia. Era originaria de Toluca. Hija mayor de cinco hermanos (cuatro varones y otra mujer). Sus padres tenían su pedazo de parcela en la que sembraban verduras que ofrecían en el mercado y comerciaban artesanías, también. Cuando les conocí, entendí porque ella era así, con ese aire de dignidad que movía al respeto. Venía de una pareja hecha a base de esfuerzo y trabajo honrado. En el físico era también una mezcla de los dos: más bajita que su madre, pero parecida a su padre en sus rasgos finos y gesto amable. Aunque muy alto su padre.

Su esposo contrastaba en edad y apariencia al de ella. Blanco, estatura mediana, originario de Tlaxcala, proveniente de una familia, como tantas por desgracia, en la que el machismo está profundamente enraizado y la mujer es poco menos que un objeto a controlar. Por supuesto que la supremacía en el color de la piel de él sobre ella fue motivo de discriminación por parte de la familia de él. Pero eso a ella, no le hizo tanta mella. O, por lo menos, no permeó en su ánimo.

El marido de Guadalupe no tenía ni tiene estudios y , en ese entonces, trabajaba para una empresa refresquera, a la que renunció para intentar pasar a Estados Unidos donde se encontraba viviendo uno de sus hermanos. Consiguió prestado para pagar al “pollero” que este le recomendó. Pudo pasar y llegar a Nueva York. Una vez allá, logró colocarse de empacador en un supermercado. Guadalupe y sus hijos se quedaron en la ciudad y siempre acompañados por otras familias, una de ellas, compadres y vecinos de ella y esposo.

La ausencia del padre en la familia pesó en el ánimo de los hijos. Ni los envíos de dinero por parte de él lograron paliar su ausencia. Pero crecían ellos, y las necesidades materiales y afectivas también. Los gastos de material para la escuela primaria, vestido, calzado y comida no eran cubiertas siempre, porque el envío de dinero del esposo no era constante. Tardaron tiempo para acostumbrarse a la ausencia de su padre, pero terminaron haciéndolo.

Guadalupe y su esposo se propusieron ahorrar para invertir en algún negocio que les garantizara el sustento. Después de un largo tiempo consiguieron invertir en una tortillería que alguien le traspasó, allá cerca de su pueblo, en Toluca. No funcionó y terminó por malbaratarlo.

La presencia de Guadalupe no fue constante en mi casa. En este tiempo de conocerle hubieron ausencias que duraron un año y más, debido a que trabajaba también en casa de una maestra que le requería muy seguido para que le cuidara a sus hijos. Pero no perdimos contacto.

El tiempo que estuve viviendo fuera de la ciudad nunca dejé de saber dónde se encontraba ella y sus hijos. Cuatro años después, ya en la ciudad, regresó a trabajar un par de días a la semana, el resto de los días continuaba ayudando a la maestra. Vi sus apuros, su angustia por los gastos que crecían al tiempo que los envíos de su esposo escaseaban. Seguía menos callada. Su forma de hilar las frases eran más fluidas. Sonreía más. En una ocasión, me platicó el porque de sus silencios: “me daba pena porque no sabía hablar español bien, solo en mi dialecto”, dijo con esa sonrisa que nunca ha perdido ni en frescura ni en transparencia.

Un día, ante mi insistencia de saber el porqué su delgadez, sus olvidos constantes y su distracción, me comentó que estaba trabajando en una maquiladora de ropa, ubicada por Tepepan. El turno era variable. Los horarios de la maquiladora estaban establecidos en tres horarios. Mañanas: de 6-3 de la tarde; tardes: de 3 de la tarde a 10 de la noche. Y noche: de 10 a 6 de la mañana. Estaba sujeta al horario que le asignaran. El sueldo era el mínimo, pero le daba tranquilidad contar con las prestaciones de ley.

LOS CIMIENTOS DEL MACHISMO Y SU MURO DE IGNORANCIA.

Pero, amén de los malabares económicos que enfrentaba, a Guadalupe la estaba consumiendo una situación emocional angustiante: en virtud del cumpleaños de una de sus compañeras de trabajo, decidieron festejarles en la casa de Guadalupe, que era la que estaba más cerca. Más tarde que temprano, uno de los hermanos del esposo, que estaba viviendo en el rumbo, le avisó a éste que su mujer “estaba saliéndose del huacal”. El cuñado de Guadalupe se había abrogado el derecho de cuidar lo que consideraba “ honra y posesión de su hermano”, se encargó de informar lo que su mente llena de telarañas y prejuicios le dictó. La respuesta iracunda del esposo de Guadalupe se dejó sentir al otro lado de la línea y fue más allá: habló por teléfono con los padres de ella, quienes vinieron a hablar con su hija. El hermano, no cejó en su papel de informante y de macho encargado de cuidar lo que “pertenecía a su hermano”. Guadalupe fue objeto de una serie de difamaciones y violencia emocional.

Estaba enfrentando todo un sistema patriarcal de dominio y sometimiento. El caso de ella era el de tantas y tantas que pasan de niñas a mujeres, bajo el peso de una tutela controladora y donde se pierde el derecho a decidir. Tanto Guadalupe como sus hijos vivieron con angustia ese periodo donde, a la distancia, el padre cedió el poder absoluto de control a su hermano. Este tendría la última palabra sobre ella y sus hijos. Nadie más.

Por suerte, una pareja cercana a ellos, se dieron cuenta de la situación y se acercaron a apoyarle a ella y a sus hijos. El matrimonio la apreciaba profundamente y dimensionaron el efecto de esa violencia y sus raíces. El, un trabajador de la UNAM, esposa y 3 hijos. Ambos personas con un entendimiento claro de su situación y siempre preocupados por abrir en sus hijos y en los de Guadalupe la superación. Los atinados consejos de ellos, la orientación sobre los derechos de Guadalupe y sus hijos, el derecho a reclamar respeto, les dio las herramientas a Guadalupe e hijos para enfrentar el autoritarismo y violencia del tío.

Ellos, el matrimonio, supieron que era necesario su apoyo para hacer contrapeso a ese acto de violencia ejercida a la distancia por un marido que amenazaba con quitarle los hijos, y por un hermano que veía en la vulnerabilidad de su cuñada y sobrinos, la posibilidad de ejercer sus frustraciones personales y el sentido de “autoridad” concedida por el hermano.

Atizado por el ansía de perder el control, el esposo regresó de allá. Encontró trabajo aquí en una empresa. El desfase de él era ya evidente. Solía presumir a los demás de su estancia allá y, de vez en vez, soltar palabras en inglés mal pronunciado. Por supuesto que en mucho de lo que el contaba había una parte romántica. Como él, muchos de quienes se encuentran allá, buscan dar una imagen de éxito, omitiendo que en Estados Unidos viven en comunas o grupos donde tienen que rentar un departamento o cuarto que comparten, para poder solventar el gasto de renta y comida. Pocos, muy pocos, hablan de eso.

Estuvo trabajando aquí un par de años, tiempo en que embarazó del tercer hijo a Guadalupe cuya edades de los hijos, en ese entonces, eran de 10 y 11 años. Nació una niña y al año de nacida, el esposo decidió regresarse a Nueva York.

A Guadalupe le llegaron rumores que él estaba viviendo allá con otra mujer. Pasó el trago amargo y decidió no investigar.

En la actualidad, los hijos de ambos tienen 24 años, el mayor; 23 el segundo. La más chica, ahora tienen 13 años y cursa la secundaria. Leyó la historia de Malala y quedó impactada con su historia. Dice que le inspiró a seguir leyendo y superarse.

Con el envío de dinero que ha hecho él, y el trabajo de Guadalupe, adquirieron un terreno sobre el que están construyendo su casa final. La salud de Guadalupe ha tenido tropezones últimamente. El segundo hijo ya la hizo abuela. Terminó la preparatoria y tiene un trabajo estable que ofrece la posibilidad de continuar estudiando. El hijo mayor terminó la preparatoria y está por entrar a la carrera. Ayuda en los gastos ejerciendo trabajos temporales. Ha trabajado de mesero, dependiente de diversos negocios. Son muchachos honrados y de disciplina y trabajo.

Guadalupe disfruta ahora su papel de abuela. Pero, sobre todo, continúa en la tarea diaria de apoyar a su hija que se está formando un futuro a través del estudio donde va con excelentes calificaciones.

¿En cuanto a su aún esposo? Esta vez, tiene un año que no deja de enviar ayuda para gastos de casa y para que su hija continúe estudiando. Por ahora, hasta donde el está no ha llegado la andanada Trump . De momento está a salvo. Pero, en caso de amenaza de deportación, se irá a Canadá. El dice que hará lo posible por no regresar a México. Y es que, desde lejos, también se construyen muros de añoranzas perdidas, historias extraviadas, se disfrazan sueños que ya no lo son, desesperanzas y grandezas inventadas con mezclas de utopía.

MUJERES. 8 DE MARZO

Me senté a escribir sobre el 8 de marzo y terminé hablando sobre esta historia que conozco de cerca y que me produce una suerte de emoción, por lo querible que resultan los involucrados en ello. Un solo caso, pero representa el de tantos más. La migración tienen dos rostros: los que se van y los que se quedan. Y de allí se desprenden ramificaciones.

Todos aluden a datos duros que hablan de la persistente violencia de género que continúa y parece crecer. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) 3 de cada 10 mujeres sufren violencia de género. El 90 por ciento de victimas de tratas son mujeres, muchas de ellas, niñas.

Al igual que en otros países, en México, muchas madres y abuelas siguen inculcando en sus hijas una educación en la que aspiren a conseguir un marido para que su vida “tenga sentido” Las presiones a las parejas que no tienen hijos, es una constante que viene de la matriarca de la familia         (suegra, abuela, madre) que usa todos los mecanismos a su alcance para manipular decisiones que solo conciernen a la pareja.

Saltan nombres de tantas y tantas mujeres que han dejado su sangre, sudor, afanes, pasión. Toda su entrega en abrir camino hacia la lucha por la no violencia y reconocimiento de los derechos a la mujer. A veces parece que nada cambia. El machismo se sigue cultivando desde varios lugares. El mayor formador y / o deformador: el hogar. Allí se incuba, allí se construye, allí se propaga.

Por eso quise dedicar estas modestas líneas a Guadalupe y familia; a Mari y esposo que le apoyan de manera desinteresada e incondicional y que propician el cambio en su caminar..

A todos ellos ¡Gracias! por no callar. Por sumarse a esto que nos concierne a todos. Por ir más allá de la mirada egoísta que sigue propagando el machismo. Por comprender que el tema de la violencia de género tiene afectación para el hombre también y que esta se ejerce en la madre, hermana, primas, tías, sobrina.

A todos los hombres que se han sumado abiertamente en las redes sociales en contra de la violencia de género ¡Gracias!

–¡Caray, me emociona! ¡Yo también envío abrazo a Lupita y a todas y todos aquellos que han contribuido para bien en su vida y en el cambio en general! Claro, no sin antes mencionar al valiente Mireles. ¿Leerá alguien cercano a EPN estas líneas? Digo, para que le digan que ¡Ya…ya está bueno! ¡Liberen Mireles…ya! …digo.

Dices bien, Niniane. Dices bien. Vámonos.

zaragozacisneros.jovita @gmail.com

 










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