Una trágica luz en el convento

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Sor Juana Ines de la Cruz_2
POR Augusto Isla

Tratándose de las obras geniales, deberíamos entregarnos al placer de la degustación, como en un banquete en el que, por economía sensual, nos abstenemos de indagar los misterios gastronómicos. Pero no ocurre así, menos aun cuando adivinamos que detrás del manjar hay algo que no alcanzamos a comprender, una rareza de vida. Tal es el caso de Juana de Asbaje. Inquietante por ser mujer escritora en un tiempo y espacio históricos cerrados por naturaleza -valga la expresión- a semejante suceso.

Entiendo, pues, la razón de tantas biografías, de tantas Interpretaciones. Sin embargo pocas son las fuentes remotas: unas cuantas cartas escritas por la enclaustrada, unas publicadas en vida, entre los que sobresale la “carta a Sor Fidotea”, seudónimo del intolerante y misógino, obispo de Puebla, Manuel Fernández de Santa Cruz, en respuesta a sus reclamos dirigidos a Juana Inés por su dedicación a las letras y al cultivo de su intelecto. Otra hallada no hace mucho, y una narración admirativa firmada por el padre Calleja, contemporáneo suyo. Ambas vertientes tendrían que ser leídas con extremo cuidado, pues si por un lado las cartas son circunstanciales y estratégicas, por otro el relato de su devoto no se ubica con la suficiente distancia para comprender aquel enredo. Nos quedaría la obra misma; pero ésta es de tal suerte artificiosa -como corresponde al barroquismo de la monja- que su fuego interior lo mismo se muestra que se esconde. Nos quedaría también el observarla en esa relación que une y desune la vida individual y la necesidad histórica. Tensión y abismo.

De este modo, pues, hurgando el pulso vital de la Jerónima, hay que andar con pies de plomo, a no ser que nos resignemos a entretejer con ella -ahora indefensa- vida y mito, mito y vida, con el alegato -por demás válido- de que son nuestros ojos, los de la posteridad, los que la miran y, por ende, cabe atribuirle prendas equivocas como ser “la primera feminista de América” o aquella de ser “una precursora del Iluminismo”: la una por haber defendido su derecho a pensar y escribir, la otra por haber enaltecido el valor del entendimiento. Peligros éstos que sólo podemos sortear si consideramos que en historia pesan más las diferencias que las semejanzas.

Pero ¿cómo sustraerse al mito no tanto fomentado por la reclusa sino por un imaginario colectivo aferrado a una idea de la mexicanidad que aún nos sigue diciendo algo, pues ella, afirma Robert Ricard, “dado el lugar que supo otorgarle a los indios, a los mestizos, a los negros, a la lengua náhuatl (…) es una mexicana, en el más amplio sentido de la palabra, y su obra representa un eslabón esencial en la formación progresiva de una conciencia nacional en México”. Consciente de su diferencia, no expresa aún voluntad emancipadora. Pero sería injusticia histórica negarle atisbos de indignación, pues el alma americana de la monja arde en versos como éste: “Europa mejor lo diga / pues ha tanto que, insaciable, / de sus abundantes venas / desangran sus minerales”.

El sorjuanismo me es antipático, pero ¿cómo no comprenderlo? El ensimismamiento nacionalista con el ánimo compulsivo busca raíces propias. Si hemos de concederle la razón a Francisco de la Maza, “el guadalupanismo y el arte barroco son las únicas creaciones auténticas del pasado mexicano diferenciales de España y el mundo”. Uno y otro expresan la prodigalidad novohispana con un fuerte acento transgresor. Si el guadalupanismo invierte con extravagancia las jerarquías devocionales, el barroco como flujo de formas lúdicas rompe las normas estéticas clásicas, trastorna la figura estable del ser, lo descompone, lo desvía, lo conduce voluptuosamente al infinito.

En ese retablo, Juana ocupa su nicho. Cito a Lafaye in extenso: “De la adoración absolutamente erótica (más que petrarquista) de la mujer criolla tal cual fue expresada en la pluma de Bernardo de Balbuena, a la divinización de Juana de Asbaje y la devoción de la imagen prodigiosa de la virgen india, hay un largo proceso de transmutación sagrado, una sublimación progresiva de la patria encarnada en una mujer del país”.

¿Cabe decir que fue “prodigiosa” su vida, que fue “rebelde por naturaleza”? ¿En qué consistió el prodigio, en qué su rebeldía? Criatura privilegiada sí fue, no sólo por sus dones sino por haber gozado de los favores del poder lo bastante permisivos como para hacer lo que quería: escribir a sus anchas. Rebelde no fue, aunque supo defenderse con habilidad cuando se vio agredida.

No estoy seguro que Juana Inés necesite nuestro discurso apologético para dejar intacto su genio detrás del cual se oculta una vida que, para salvar su inclinación fundamental, tuvo que recurrir a la lisonja, la astucia, la hipocresía -acaso vicios para nosotros, pero para ella, imprescindibles armas de sobrevivencia convertidas, por abuso, en los mayores enemigos de sí misma. No sólo comprendo esas actitudes: las alabo. Pero ¿por qué la temeridad que ella sabía suicida? ¿Por qué esa Carta Atenagórica que desafiaba el discurrir de un prelado bien visto en aquel medio cuya hostilidad crecía a medida que su fama se derramaba? ¿Quería demostrar que ella, aventajada en todo, también podía adentrarse en laberintos teológicos? ¿Quería decirnos que aquello de “la peor de todas” era solamente un guiño, que sus talentos eran tan grandes para retar en duelo a cualquiera? ¿Por qué ella, tan maliciosa, cayó en la trampa que tendió Fernández de Santa Cruz? ¿Fue valentía o vanidad lo que motivó la crítica de un sermón ya envejecido? Dejo a otros la loa a ese gesto inútil que significó para ella el principio de su ruina.

Como cada uno esculpe su Juana Inés, confieso que no me gusta mítica edificante, tampoco como ese dechado de virtudes paradigmáticas de nuestra vida laica; o como esa fuente de anticipaciones históricas. La prefiero, en cambio, dueña de esa curiosidad masculina que encontró en ella Xavier Villaurrutia; curiosidad por pasión, ansia de aventura, de riesgo, de conocimiento, como la de Simbad o Ulises; afán de saber que la llevó a escalar las cumbres de la filosofía, las ciencias naturales, la música…

En perseguirme mundo, ¿qué interesas?
¿En qué te ofendo cuando solo intento
poner belleza en mi entendimiento
y no mi entendimiento en las bellezas?

Y me fascina ambigua, marginal, trágica. Pero atenta siempre que le pregunto algo sobre la vida, el amor, la soledad; cuando la consulto y me ayuda a reconciliarme con mis miedos, con mis estupores. Qué duda cabe que en ella conviven las frivolidades cortesanas y la meditación profunda; qué duda también que ella, solitaria en lo más profundo de su ser, habitó en las orillas de aquel insoportable mundo como un fenómeno humano singular, abrumado por el estigma de la diferencia, la de ser mujer y además inteligente, sensible; en otras palabras, señora- de una habilidad tan encomiable como la de hornear un buen pan o bordar finamente un lienzo, aunque nosotros, por una manía cultural, exaltemos eso de hilvanar palabras hasta el punto de subestimar todo lo demás.

Y en último término, ¿no fue trágica por ende, ella, tan agraciada, con un cuerpo deseante y condenada a marchitarse sin conocer caricia, obligada a desviar la pasión por el camino de los versos como aquellos dedicados a su bien, su “dulce amor”? ¿Y no resulta trágico, por igual, que nosotros enfriemos sin más la pasión que tal vez hirvió en su pecho en nombre de una “amistad profunda” o de un “neoplatonismo” sustraído de un cofrecillo misterioso? Detrás de los cortinajes de Inundación Castálida, se agitan la alegría y el sufrimiento, atributos de Dioniso, única deidad de la mujer más radiante y enigmática que ha producido esta tierra.

 










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