Una nueva cultura genérica en tiempos de aislamiento mundial.

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En un artículo anterior mencionamos la necesidad de construir una cultura genérica, tal como la concebía Marcela Lagarde en su texto Identidad sexual y derechos humanos. En estas difíciles condiciones de aislamiento mundial, que impactan directamente en la vida y la salud mental de los niños, los adultos mayores y las mujeres, resulta crucial intentar descifrar la actualidad del mundo desde la perspectiva feminista de esta cultura genérica.
Los tres principios de esta nueva cultura de género (solidaridad, sororidad y mismidad) se abren paso en diferentes latitudes del planeta y en grados distintos. No obstante, nos referiremos brevemente a la situación del país del sol naciente como guía de nuestras primeras reflexiones.
En el Japón, uno de los primeros países afectados por el Coronavirus, se resiste el embate biológico gracias a su formidable sistema de salud que se traduce en la no aplicación de una contingencia nacional; su industria y su mercado internos siguen prácticamente activos, influyendo poderosamente en el elevamiento de un espíritu nacional que nada tiene que ver con nuestra triste política moral, fomentada por la Cuarta Transformación. La apreciación y la resignificación de la vida humana y su armoniosa relación con la naturaleza, son resultado de una generosa concesión del gobierno nipón para permitir la libre circulación de sus habitantes ante el espectáculo ofrecido por sus famosos cerezos de flor.
Japón constituye uno de los referentes socioculturales más prominentes para investigar las necesidades, carencias, limitaciones y fortalezas de América Latina y el Caribe para generar una cultura democrática de género. Intentaremos delinear algunas ideas, aclarando que este artículo no agotará sus múltiples aristas de análisis.
¿Cómo podemos siquiera pensar la solidaridad entre hombres y mujeres cuando el 80 por ciento del personal médico en la región está constituido por mujeres, que refleja la extensión de los roles de género de aquéllas para el cuidado de las personas dependientes? Esta realidad arroja también luces sobre la vulnerabilidad de las mujeres ante el Coronavirus, especialmente para las mexicanas cuyo país ocupa el primer lugar de brecha salarial en el continente y, actualmente, en constante amenaza para profundizar los recortes salariales y elevar los despidos.
La feminización del sector laboral médico, que se precariza con la desigualdad salarial, es también acompañada por el peligro que implica el aislamiento de las mujeres y su retorno a los hogares, no solo para reproducir su rol de género para las actividades domésticas y del cuidado de los hijos y adultos mayores, sino que también revela la cuestión de la violencia ejercida por los esposos. De acuerdo a datos del INEGI en 2018, 4 de cada 10 feminicidios ocurren en el hogar en manos de sus parejas, mientras que 6 de cada 10 mujeres han sufrido violencia intrafamiliar.
Las mujeres, los niños y los adultos mayores son víctimas de esta pandemia silenciosa llamada machismo. Colectivos feministas y organismos internacionales han advertido de un aumento de la tasa de violencia en los hogares como resultado de un aislamiento permanente que reproduzca las tensiones psicológicas y económicas del confinamiento, la falta de apoyos y recursos del exterior y el corte abrupto de la movilidad como signo de la autonomía de las mujeres.
Naturalmente que nosotros, como hombres que hemos normalizado la violencia machista y que nos hemos autoviolentado de múltiples formas, tenemos una gigantesca responsabilidad de crear ambientes seguros y equitativos entre los sexos, visibilizando, durante el proceso, otras diversidades humanas con sus respectivas necesidades y temporalidades, como son la infancia, la vejez, los homosexuales, las lesbianas, etcétera.
Mientras que algunos Estados (Argentina, Italia, España, Chile, Israel) han militarizado su dominio autoritario, esto mediante el aislamiento y la asignación de la política de salud pública en manos de la policía y el ejército, otros Estados demuestran el fracaso y la ficción de su supuesta hegemonía mundial, como el territorio estadounidense que se ha convertido en el epicentro de la pandemia; Cuba, país víctima de un bloqueo que ha durado más de medio siglo, demuestra uno de los más elocuentes ejemplos de solidaridad internacional no con un pueblo hermano sino con la humanidad entera. Es la victoria de David sobre Goliat traducida en el campo de la medicina social.
Lo anterior es suficiente para demostrar que esa cultura de género, replicada en la solidaridad cubana, en la sororidad de los colectivos mexicanos y en la mismidad japonesa, necesita prosperar a escala mundial. La pandemia ha revelado las condiciones mundiales en que el machismo sigue matando a hombres y mujeres, ha quitado el velo de las condiciones internacionales, necesarias, para nacionalizar los servicios médicos privados (el caso de Irlanda) y acceder a una mayor justicia social y de salud pública como derechos humanos, constantemente mercantilizados en la era neoliberal.
En otras palabras, podemos apreciar estos tiempos de aislamiento como el ensayo mundial para crear y acelerar las condiciones de una nueva cultura de género, sin que medie una guerra para su victoria, pero sin ignorar la violencia que han practicado los ejércitos del mundo para pisotear cualquier intento democrático emanado de los pueblos y de sus más profundas necesidades y aspiraciones.
Marcela Lagarde consideraba la solidaridad, la sororidad y la mismidad no solo como puntos de partida sino también como fines, como metodologías políticas y valores nuevos orientadores de nuestras vidas colectivas e individuales.
Para las y los colaboradores de Diálogo Queretano, la lectura de Identidad de género y derechos humanos, y haciendo un esfuerzo honesto por intentar traducir las tendencias y contradicciones del planeta entero desde esta cultura de género, podría resultarles estimulante para aumentar su moral en tiempos de confinamiento depresivo. En lugar de reposar la mirada triste en la filosa guadaña de la parca, habría que ganarnos el derecho a una vida digna al reposar nuestras cabezas en libros alentadores, en lecturas que construyan utopías de largo alcance y transformen sus hogares en saludables laboratorios mentales para estos tiempos convulsos. Es nuestra pequeña contribución de solidaridad en el más sincero y puro sentido de la palabra.
Edgar Herrera










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