Un paseo por el jardín imperfecto

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POR Augusto Isla

En el año 2001, Tzvetan Todorov le concede a Catherine Portevin una serie de entrevistas. El fruto de esas conversaciones es un libro que lleva por título Deberes y delicias, una vida entre fronteras (2002). Ella se antoja embelesada con la voz dulce de aquel hombre tan cortés, dueño de una serenidad desconcertante, pues a pesar de haber sufrido la experiencia totalitaria le preocupa antes que nada “llevar una vida mejor, más rica en sentido y belleza, más abierta a lo absoluto, también más feliz”. Nacido en Bulgaria en 1939, Tzvetan se da cuenta, al final de aquel largo dialogo, de que había vivido entre fronteras: países, lenguas, culturas; campos de estudio y disciplinas; fronteras entre lo banal y lo esencial, lo cotidiano y lo sublime, la vida material y la vida del espíritu. ¿Qué ha buscado este admirable desplazado? Simplemente, cómo vivir.

Cuando Tzvetan platicaba con su entrevistadora, tenía 62 años. La adolescencia estaba lejos, pero aún recuerda el 5 de marzo de 1953 día de la muerte de Stalin, protector faraónico, casi dios, “ese rostro bueno, esa sonrisa gentil bajo los bigotes blancos, esa mirada benévola del hombre en uniforme que nos contemplaba desde todas las paredes de la ciudad donde aparecía su foto. Lo veo todavía: color gris claro, un poco de azul, un poco de rojo… Todo era armonioso y apacible, la paz y la seguridad”. Pero detrás de aquella imagen, el infierno; el reino del mal, por así decirlo. Tzvetan desconfiará de las grandes palabras: paz, justicia igualdad, pero también de los promotores del bien colectivo.

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A decir verdad, este políglota que lee en francés, alemán, inglés, ruso, jamás se sintió víctima directa del régimen totalitario ni padeció amenaza personal alguna. “Mi experiencia del totalitarismo no está ligada (…) a sus momentos de paroxismo. No estuve en las ciudades ucranianas cuando toda la población se moría de hambre, cuando los padres terminaron por comerse a sus propios hijos. No estuve en Auschwits en 1944, cuando trenes enteros llevaban a los judíos búlgaros para que los mataran”. Tzvetan gozó el privilegio de ser hijo de un funcionario cultural de alto rango; su padre había estudiado letras y filosofía en Sofía, era un erudito devoto de Chejov y director de la Biblioteca Nacional. Pero no por ello dejó de inquietarle la represión, el adoctrinamiento, el abuso de poder, la extrema escasez: aún se acuerda de la alegría que provocaba el que alguien a su regreso de Europa occidental, pudiera traer algunos rollos de papel higiénico. Sin embargo, aquel joven lúcido desde entonces supo adaptarse a ese régimen que, siendo una trampa, parecía natural. Fueron para él un refugio la amistad, las caminatas en la montaña, el trabajo manual, la lingüística misma por donde escapó de las presiones ideológicas.

A los 24 años, Tzvetan inicia una vida nueva. Una tía le ofrece una beca para viajar al extranjero. Elige París por razones en apariencia banales: admira la pintura impresionista, el canto de Edith Piaf, las amplias avenidas de ese “paraíso de la imaginación”, como le llama Luis Cardoza y Aragón. Una primera frontera, un primer desgarramiento. Tzvetan deja atrás la humana calidez de la familia y los amigos, a cambio de un ideal vago. Le consuela la idea de regresar pronto, pero tardará dieciocho años en pisar de nuevo tierras búlgaras; sufrirá el etnocentrismo francés, la antipática discriminación contra los desplazados, pero su talento brillará en los círculos intelectuales, al lado del generoso Roland Borthes, de la hospitalidad de Jacques Derrida, de Roman Jakobson. Y se entregará a la literatura, “no sólo porque ésta participa de la elucidación del mundo, sino porque le agrega belleza y, de esa manera, lo hace mejor (…) la humanidad es más feliz con la literatura que sin ella”; la literatura es pensamiento: coadyuva a comprender mejor al hombre y al mundo.

En el clima de la libertad que le ofrece Paris, pudo haberse ocupado de la amarga experiencia totalitaria. Pero decide no prestarle un minuto de su atención. Al menos en sus primeros años parisinos. Se rehusará, en cambio, a entrometerse en asuntos políticos, en ese mundo de mentira que es la palabra pública. Medroso, huye de los conflictos. Para qué discutir con los intelectuales si bien sabe que estos prefieren la radicalidad, más que la prudencia de la moderación. 1968 despierta en él sentimientos encontrados: lamenta la vulgaridad, pero participa en el proyecto de Vincenne. En su ensayo Las morales en la historia (1991) –el primero que me introdujo a su pensamiento- apunta: los acontecimientos que se desarrollaron en mayo-junio en Paris y en otras ciudades francesas no fueron, como lo creyeron sus protagonistas en la época, el anuncio de una era nueva, sino, muy al contrario, el último coletazo de un periodo que tocaba a su fin y un adiós: prepararon el fin de los utopismos (de derecha y de izquierda) en el espíritu de los intelectuales.” Estos no se colocaban en la vanguardia, sino en la retaguardia; es decir, retardaban el momento de la caída del monstruo totalitario: patética resultaba la presencia de un Sartre vendiendo La cause du peuple, adoptando posturas marxistas. ¿Cuál sería entonces el papel de los intelectuales? “Representar el papel de Tábano, o también el de aguijón en la sociedad: ésta podrá ser la función del intelectual moderno, si no teme demasiado padecer la suerte de Sócrates”.

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Tzvetan es un intelectual hibrido, un desplazado. En parte muy francés, y en parte no. No olvida que sus orígenes están en la filología eslava, pero tampoco lo que Francia le ha dado, sobre todo su referencia humanista. Le incomoda la pedantería académica de los franceses sólo útil para exhibirse, pero son los pensadores franceses a quienes invoca en su paseo por el “jardín imperfecto” – expresión esta de Montaigne, “hombre bisagra entre lo antiguo y lo nuevo que ha leído a todos los antiguos y al que leerán todos los modernos…”. Montaigne será el punto de partida de un humanismo que culmina en Constant, pasando por Montesquieu y Rousseau.

De hecho, después de su ensayo Nosotros y los otros, Tzvetan se reconocerá como humanista. Y será este pensamiento el que lo aleje de la amargura totalitaria, pues en aquel encontrará la idea de la autonomía y la libertad del hombre, del individuo que tiene su raíz en otra idea: la de la universalidad que es, al propio tiempo, unidad del género humano, inobjetable siempre y cuando le conceda un espacio a la reivindicación de la humana diversidad.

El humanismo es emancipación de la tutela religiosa, aceptación del ser humano tal cual es: imperfecto, torpe, a menudo merecedor de un poco de compasión; habitante de un jardín que se puede trabajar, pero sin pensar nunca en el Edén: al humanista no le es dado prometer la perfección, esencia de las utopías de izquierda y derecha. Siguiendo a Rousseau, admite que el gran problema de la existencia humana reside en la reconciliación entre las exigencias sociales e individuales.

El hombre no es, en sí, bueno ni malo: es “un ser indeterminado” en el plano de la moral: que, necesitando constantemente de los otros para afirmar su propia existencia, puede contribuir tanto a su felicidad como a su desgracia, que posee un margen de libertad en sus elecciones, que por lo tanto es responsable del bien y del mal que hace. El hombre vive en una dimensión social. De ahí, su desacuerdo con Sade que proclama la soledad como la condición verdadera del ser humano. Quiérase o no, los otros cuentan: el niño abandonado muere por falta de cuidados, no a consecuencia de la “guerra perpetua y recíproca”. Por el contrario, esa gran vulnerabilidad podrá estar en el origen del sentimiento de compasión, propio de todos los seres humanos. La autonomía del individuo entendida como la negación del otro se traduce en autonegación.

Fatigado de la tiranía, Tzvetan apela a un humanismo bien temperado como lo sugiere Montesquieu anclado en una universalidad que toma en cuenta la naturaleza heterogénea de cada sociedad y en una confianza en la aptitud de los hombres para gobernarse a sí mismos dentro de ciertos límites. Este humanismo moderado le permite a Tzvetan la experiencia del éxtasis. Educado en el seno de una familia agnóstica puede afirmar con emocionada lucidez: “No sé qué quiere decir hablar con Dios, pero reconozco ese contacto con lo absoluto ante la belleza, la de un paisaje o la de una obra de arte, una Crucifixión de Günewald o de Tiziano, un gesto de Suzanne Farrell en los ballets de Balanchino, una melodía simple de Schubert que me conmueve. Y también en el amor, en el afecto, en la ternura hacia los míos”.

El pensamiento humanista de Tzvetan se expresa no solo en lo trascendente: encuentra su continuidad en un apego a los valores cotidianos. La ternura que vierte al referirse a su madre lo dice todo: “sus gestos de cuidado y bondad valían mucho más que los proyectos revolucionarios”. Por eso, no es de extrañar que al toparse con los pintores holandeses del siglo XVII enaltezca un arte pictórico que sale de las iglesias y entra en las casas particulares, deja a un lado la seda de los monarcas y fija su atención en la gente común. Pintores como Rembrandt, Vermeer, De Hooch, Steen, Ter Borch, Hals, Metsu inspiran su libro, El elogio de lo cotidiano (1998). Dicho genéricamente, “el pintor constata que la belleza puede estar albergada en el objeto más insignificante, en el gesto más común, siempre y cuando él, el pintor lo plasme en toda su calidad. Descubre en sí mismo un poder insospechado: por obra y gracia de sus pinceles puede mostrar que los objetos son dignos de una admiración no sólo estética sino ética”. Si
De Hooch exalta la virtud doméstica, Steen censura las debilidades humanas. En virtudes o vicios, lo que está inscrito es la afirmación de la vida terrenal, el bullicio del mundo.

Una joven comiendo ostras, una chica cortando cebollas, otra pelando manzanas, otra más bañándose en un río, un niño bebiendo; escenas que representan la amonestación paterna, una proposición amorosa, una pareja en la cama, un caballero y una dama bebiendo vino. Aquí está también el ser humano. Es la vida cotidiana, no necesariamente feliz, pero sí susceptible de ser transformada “desde adentro” para que renazca “iluminada de sentido y belleza”. El artista pinta y legisla, tal vez no de manera consciente. Pero es el ensayista moral, en este caso Tzvetan, quien pone en relevancia el entreveramiento de la estética y la ética.

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Sus responsabilidades públicas impiden a Todovou ser un viajero constante. Sin embargo visita el Reino Unido donde traba amistad con Berlin, Estados Unidos donde imparte cursos en Yale y despierta su pasión por el Jazz… y también México donde el tema del encuentro con el otro –obsesión suya- le sugiere su gran ensayo La Conquista de América y Polonia que le daría pie para escribir Frente al límite. Pero estamos en 1991. Han pasado tres décadas desde que visitó Auschwitz por primera vez. El asunto de los campos de concentración estaba lejos de su atención. Como le confiesa a Portevin: “no buscaba demasiado saber aquello que me hubiera preocupado, mi vida me apasionaba, evitaba inconscientemente toda en formación que pudiera arruinarla”. No obstante acaba por encarar este episodio histórico tan doloroso. Frente al límite (1991) contiene, sin duda, las páginas más entrañables de su biografía intelectual.

Se trata de un documento que va contra la idea de que los campos eran un mundo puramente hobessiano. Inevitablemente se entreveran ahí la reflexión sobre el mal, para comprenderlo, pero sobre todo pensar en las formas en las formas en que aparece el bien, vale decir, ese florecer de la moral redentora y también la preocupación por el otro; comprender el mal de los agentes a partir no tanto de consideraciones psicológicas individuales como de una sociedad totalitaria que produce seres fragmentados, durante el día verdugos capaces de anular en su interior todo sentimiento de compasión, y llegada la noche esposos ejemplares y padres amorosos; pero sobre todo fijar la mirada en el bien, en aquella dignidad que va desde lavarse la cara y lustrar los zapatos, – gestos tan apreciados por un Primo levi – hasta la libertad, incluso la de ir altivamente hacia la muerte como si se marchase hacia la vida; o poner atención en el cuidado del otro, tender la mano a los que sufren, bendecir el momento trágico como lo hace Margaret Buher-Neuman agradeciendo al destino haber encontrado, en Ravensbrück, a Milena Jesenska, otrora amiga de Kafka.

Se trata de ejercicios de bondad, de una bondad sin ideología, sin pensamiento, sin discursos, sin justificaciones; se trata del cuidado, nombre con el que Todorov designa la acción moral por excelencia, una acción mediante la cual un yo toma por objeto el bienestar de uno o varios tú, en este sentido, afirma Tzvetan: “los campos confirman esta omnipresencia ya que, incluso en las circunstancias de mayor adversidad que puedan imaginarse, cuando los hombres y las mujeres se encuentran desfallecientes de hambre, transidos de frío, agotados de fatiga, golpeados y humillados, continúan teniendo sencillos gestos de bondad: no todos, no todo el tiempo, pero de modo suficiente para que nuestra fe en el bien salga reforzada”.

Así pues, el pensamiento abstracto que toca los temas de la libertad y la autonomía individual, la reflexión sobre la pintura –ya la de los pintores holandeses del siglo XVII, ya la de Goya- que se ocupa de la mirada sobre lo que ocurre en el mundo terrenal, la observación de la experiencia moral en los campos de concentración, le dan a Todorov, a fin de cuentas un heredero del humanismo moderno, la oportunidad de emprender un fecundo paseo por el jardín imperfecto. Sereno, sin prejuicios, pleno de fe en el hombre y en sí mismo.

Todorov interioriza los valores del humanismo. Aprende lo que significa la moderación del poder, la democracia con su igualitarismo sin menospreciar las jerarquías –por ejemplo, los niños no pueden cuidar a sus padres-; hace suya la idea de la libertad política como un bien inestimable; aprecia enormemente la felicidad doméstica que se consigue gracias a las actividades más simples de la vida: lavar las heces de los hijos, procurarles salud y alimentación; estima el amor y la amistad: “una buena vida es una vida rica en amor”, nos dice en una de las páginas de El espíritu de la Ilustración. Retengo unas líneas alusivas a su intimidad familiar: “Mi padre murió en mis brazos. La familia cuya casa habitaba y lo cuidaba me había avisado que estaba muy mal. Tomé enseguida el avión, mi padre me sonrió y, asegurado de mi presencia, se dejó agonizar, lanzó su último suspiro dos días después, estaba solo con él en ese momento, cerré sus parpados, até su mandíbula para que no se le cayera. Luego lavaron su cuerpo y lo vistieron. Estaba hermoso. Tenía 92 años, y acababa de publicar un libro de memorias”. Todo Tzvetan está aquí. Lo veo en una fotografía con su cabellera blanca como espuma del mar, su amable sonrisa, la mano izquierda sobre el pecho, con la mirada puesta acaso en Nancy, su pareja, lejos del humo de los crematorios que flotan en el bosque.

 










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