Thomas Sankara.  Burkina Faso: la patria de los hombres íntegros

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En el marco de cierre de la Semana de solidaridad con los pueblos que luchan contra el racismo y la discriminación racial –celebrada del 21 al 27 de marzo-, y conmemorando tempranamente el septuagésimo aniversario de su natalicio, se hace el reconocimiento a uno de los dirigentes revolucionarios más emblemáticos del África: Thomas Sankara.

Este soldado, de formación católica y marxista, consagró su vida y su lucha a superar la condición neocolonial de Burkina Faso; la eliminación de las prácticas milenarias de violencia contra la mujer; un régimen que vislumbró la palanca de su emancipación económica desde una autogestión nacional ecológica y, no menos importante, el papel que juega la conciencia y los procesos subjetivos para el sostenimiento y el triunfo permanente de los procesos revolucionarios.

Nacido en la colonia francesa de Alto Volta en 1949, Sankara crece en un ambiente familiar caracterizado por el catolicismo y la pobreza. Éste último factor, además de la participación de su padre en el ejército francés durante la Segunda Guerra Mundial, combatiendo a la Alemania Nazi, Sankara elige la carrera de las armas a los 19 años y será la institución que determinará su futura formación como marxista –lee a Marx y Lenin- y su apuntalamiento como líder de una de las naciones más pobres del continente africano.

Durante la década de los setenta, en la academia militar, Sankara es testigo del envilecimiento de los países vecinos al participar en las guerras contra Malí y Madagascar. En estos conflictos se fue concientizando su concepción de unificar los pueblos africanos frente al enemigo común: el imperialismo europeo y sus instituciones de dominación neocolonial.

Entre las filas del ejército del Alto Volta, Sankara toma contacto con las Agrupaciones de Comunistas que se formaban en aras de iniciar un golpe de Estado; en aquellos momentos cruciales de su vida y del futuro del pueblo de aquel país, conoce a uno de sus más cercanos colaboradores de armas, Blaise Compaoré.

En 1981, Sankara es nombrado como Secretario de Información de la administración al que renuncia poco tiempo después debido a la política anti-obrera del gobierno. Dos años después, luego de pasar por la conmoción producida por uno de tantos golpes de Estado que caracterizarían la historia de este pequeño país, ocupa el puesto de primer ministro, aunque es despedido y posteriormente encarcelado. Se produce un levantamiento popular que, apoyado por las tropas de Compaoré, libera a Sankara mediante un golpe de Estado, distinguiéndose por su contenido popular, iniciando así el período revolucionario de Alto Volta.

En el primer año como presidente del país, Sankara rebautiza el nombre de Alto Volta al de Burkina Faso, que significa la patria de los hombres íntegros. Bajo este gobierno revolucionario, se inicia un proceso de lucha contra la corrupción, contra el tribalismo y el feudalismo que aún subsistían en territorio burkinés.

La corrupción se traduce en una serie de medidas de austeridad gubernamental en la que se proclama la eliminación de los automóviles oficiales Mercedes Benz al modelo Renault 5; la prohibición del uso de aire acondicionado en las oficinas de gobierno; y la reducción de los salarios de los funcionarios, empezando por el propio Sankara, que conserva su salario como capitán en sus tiempos de la academia militar y el uso de una bicicleta suya como vehículo oficial.

La administración de Sankara también concentró sus esfuerzos en la confiscación de las propiedades de los terratenientes tribales para la aplicación de una reforma agraria que beneficie a los seis millones de campesinos, creando las bases de una agricultura autosustentable y que reivindique la independencia familiar y su lucha contra la pobreza.

Uno de los fenómenos políticos de mayor trascendencia es la conformación de un gobierno africano con perspectiva de género, en donde las mujeres ocupan las funciones de ministras en los ramos de la economía y la educación; se enfatiza la lucha contra el pasado, contra la mutilación femenina que es una tradición que aún pesa en la sociedad. Los roles sexuales se ponen en tela de juicio en el propio pueblo burkinés, desde la institucionalización de hombres trabajando en los mercados –espacios pensados para la realización de la condición femenina- para una concientización de género hasta la crítica feroz de aquellos militantes que persisten en su concepción inferior de las mujeres.

Siguiendo en esta línea, el gobierno de Sankara fue el primero en su continente en declarar la enfermedad del SIDA como un problema nacional y encaminó sus esfuerzos a la sistematización de una campaña de vacunación contra el sarampión y la poliomielitis; gracias a los 2.5 millones de burkineses vacunados, la OMS felicitó a la administración africana en turno como ejemplo de un país que coloca en su agenda nacional la salud de su pueblo.

En otros rubros, Burkina Faso inaugura los tribunales revolucionarios, al estilo cubano, como órganos de justicia para los casos de corrupción y cualquier otra medida contrarrevolucionaria; los Comités de Defensa Revolucionarias, para Sankara, conforman las milicias del pueblo que sirvan de contrapeso al poderío del ejército oficial, bajo el peligro permanente de los golpes de Estado que han sido una constante en este país.

En el área ecológica, las medidas resultan simbólicas, producto de un visionario que puso sobre la mesa la cuestión ambiental en los actuales tiempos de crisis verde que vive el mundo. Sankara inicia una masiva campaña de reforestación contra la desertificación de Burkina Faso, con el objetivo de crear la plataforma ambiental como economía autosustentable, como uno de los pilares de desarrollo que permita crear una independencia nacional y una soberanía económica, libre de las reglamentaciones imperialistas del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, que usan la deuda como arma de guerra y como chantaje de las aspiraciones libertarias del Tercer Mundo.

Todas estas medidas, sin embargo, empiezan a generar fricciones fuera y dentro de Burkina Faso, desde el surgimiento de un frente conformado por terratenientes hasta la conspiración internacional de un nuevo golpe de Estado que acabara con la revolución de Burkina Faso.

El 15 de octubre de 1987, Sankara es asesinado por un grupo de hombres armados, dirigidos por su aliado Blaise Compaoré y respaldado por la inteligencia francesa, en un acto de traición que pone fin a la administración, mas no al legado, del renombrado Che Guevara africano, ya que este dirigente había emulado la esencia y la personalidad del comandante argentino-cubano, desde su vestimenta hasta la radicalización del proceso revolucionario de Burkina Faso de 1983 a 1987.

En su primer discurso ante las Naciones Unidas el 4 de octubre de 1984, Sankara remite en ese entonces la lucha sostenida por el heroico pueblo palestino, la responsabilidad tragicómica de Israel como pueblo que sufrió ayer el exterminio de la maquinaria fascista alemán y que, hoy, financia su salud y su paz mentales en un arte de la guerra nacional que se desenmascaró en un genocidio moderno contra las y los palestinos, así como la denuncia sobre las masacres cometidas por los gobernantes blancos sobre la mayoría negra en Sudáfrica.

Para Sankara la lucha fue multifacética, contra un sistema y una economía mundiales que crean las condiciones de desigualdad, tanto para una explotación asalariada como en la formación de una conciencia que criminaliza las diversidades humanas y fomenta el crecimiento de una mentalidad barbárica en el planeta, cristalizada en las muestras fanáticas de violencia supremacista blanca en Europa y Estados Unidos; el patriarcado que, en muchas zonas del globo, aún impone la violencia simbólica de las mujeres que son oprimidas en su sagrado “deber” de ser madres, criminalizadas por la Iglesia-Estado en sus derechos sexuales y cosificadas en la prensa amarillista; la pobreza y la guerra a la que son sometidos millones de niños en Siria, Yemen, Palestina, Congo, India, Pakistán, Chad, Libia, Argentina, Chile, Guatemala, México, entre otros países.

África, Burkina Faso, a través de Thomas Sankara, ha confirmado la más grande verdad de que el poder popular, a lo largo de la historia, se ha convertido en una medida de desarrollo de mayor envergadura internacional, mucho mayor a los partidos progresistas y los clásicos frentes políticos, que han decapitado el potencial telúrico de las revoluciones populares y creando las condiciones de su propio fracaso, de su propia vuelta al pasado en medio de un porvenir prometedor a todas luces.

Sankara y el pueblo burkinés nos han legado la dirección de nuestro propio destino, en la construcción de un socialismo sin explotación de clase, género o raza, dejando atrás todos estos conceptos como una realidad que hoy se sufre, pero de los cuales se retoma su carácter científico para construir una conciencia revolucionaria, una nueva concepción global de la condición humana que es deformada bajo el capitalismo, que es agredida por las guerras del imperialismo y, sobre todo, en la transición mundial de un socialismo del siglo XXI, no al estilo venezolano ni cubano, sin dejar de ser combatidos con ferocidad por el poderío norteamericano, sino un socialismo que revindique la organización y la conciencia de aquellas localidades autogobernadas, como Cherán, en Michoacán, los territorios chiapanecos de las y los zapatistas y el Movimiento de Mujeres del Kurdistán en donde, a través de las armas, se cayó el patriarcado.

Edgar Herrera










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