294, teléfono de la pureza

|




Era la época en que los teléfonos tenían poca evolución y mantenían la misma tecnología incipiente que nos legara Alexander Graham Bell, con muy pocas variantes, consistentes en que una operadora, invariablemente mujer, contestaba, al descolgar nosotros el auricular: “a qué número quiere usted llamar”, o si la persona, por su profesión o presencia social la hacían conocida, bastaba con sólo decir “a la casa de don Fulano”.

Sin mayores complicaciones, sin memorizar números que sólo eran de tres dígitos como máximo, sin directorios (si hubieran existido éstos, cabrían en media hoja de papel tamaño carta), la realidad era que podíamos comunicarnos mediante el revolucionario aparato.

Los años transcurrían y la modernidad tecnológica se asentaba en Querétaro, haciendo su aparición las salas de cine, los comercios, las farmacias, las que con una llamada telefónica resolvían la problemática acortando distancias, ahorrando tiempo, haciendo innecesarias vueltas inútiles para preguntar precios o pedir algún medicamento.

Los principales comercios, los sitios de taxis -coches de “sitio”–, contaban con servicio telefónico en los lugares en que se estacionaban grandes y lujosos carros de las marcas más conocidas y prestigiadas, de diferentes colores. Los negros, generalmente, además de taxis, servían para bodas y entierros, o viceversa. Los demás, para viajes fuera de la ciudad.

Cuando los timbres adaptados a los teléfonos de los sitios de carros sonaban, lo hacían con gran ruido, muy semejante al de las fábricas para anunciar la entrada o salida de los trabajadores, o el sonido del timbre del Instituto Queretano en el viejo molino de San Antonio, audible en distantes lugares del rumbo. Así, igual de estridentes, los timbres del Sitio Obregón, en el jardín del mismo nombre, del Sitio Plaza, afuera de la iglesia de San Francisco, y el Sitio Allende a la sombra del monumento de Neptuno. ¡Ah, la tecnología!

En ese tiempo existía la evolución de la industria cinematográfica y se podían dividir en películas de charros cantantes, afectos a la bebida nacional, y las películas europeas de avanzada, atrevidas cintas en blanco y negro en las que se veía la espalda o parte de los glúteos de Brigitte Eardot, así como la tremenda y pecaminosa Lolita, que seducía a su maestro, o la tremenda “Arroz Amargo”, con Silvana Mangano. Ya desde entonces, y seguro estoy que estas personas seguirán existiendo mientras la humanidad perdure, un grupo de impolutos, puros y rectos ciudadanos, libres de todo pecado, hasta del original, –por aquello de la ausencia de progenitora–, se convirtieron en fieles guardianes de la moral ajena, y se auto llamaron “Liga de la Decencia en Querétaro”.

No juzgo sus intenciones, ni logro comprender lo que pretendían, pero, ¡ah, qué lata dieron!

Se paraban en la entrada del cine, junto al boletero, y autoritariamente impedían la entrada de quienes ellos juzgaban, a su criterio, que no podían ver la película aunque con boleto en mano el afectado quisiera hacer uso de su legítimo derecho, de ampliar su criterio con cosas mundanas que enriquecieran sus conocimientos de lo que ocurría allende nuestras fronteras. No podía, porque la película –que ya la habían visto los de la Liga de la Decencia, y juzgaban no era apta para el candoroso público queretano–, la clasificaban en “C”, pero todo era “C” para ellos, en todo apreciaban sexo y maldad. Pocas películas fueron clasificadas con “E”, para adultos mayores de amplio criterio; las únicas que podía ver un joven a criterio de los modernos inquisidores eran las de Walt Disney, y no todas, porque Blanca Nieves, al ser besada por un príncipe, reflejaba el preámbulo de consecuencias más pecaminosas.

Secundados por algunos clérigos, bien intencionados y con toda seguridad por el aumento de quienes en confesión y ante la presión de la Liga de la Decencia tenían que confesar haber presenciado una película en “C”, acudían escudados en las sombras a la función nocturna del cine para que nadie los viera.

Idearon otro sistema para que los que pretendieran ir al cine sin conocer el contenido de la película, no cometieran pecado, y se destinó un teléfono particular de uno de los integrantes de este grupo de censores. El teléfono 294.

Al marcar el teléfono 294, contestaba una voz masculina la mayor parte del tiempo, pero también una femenina, de mujer adulta, y algunas veces hasta de jóvenes, que en forma anónima decían la clasificación de las películas de los dos cines, el Alameda, en el que casi nunca había problema ya que pocos charros se veían encuerados, pero en el Plaza existía un foco rojo permanentemente, y cuando se estilaba la función popular de los miércoles, más barata y con tres películas por el mismo boleto, las posibilidades de pecar tres veces siempre se encontraban presentes.

294. Teléfono que muchas veces tratamos de ubicar, de indagar quién tenía ese teléfono, quién o quiénes integraban esa familia que censuraba y nos impedía divertimos, limitándonos hasta en lo más íntimo que son los propios pensamientos. ¿Por qué tanta limitación que nos alejaba de la modernidad. Cuánto daño e inseguridad transmitían como producto de su falta de criterio?

Los años pasan y estos paladines de las “buenas costumbres” sólo cambian de cara, tal vez de apellido, y continúan igual. La naturaleza humana no varía. Unos crecen, otros viven en el pasado.

Teléfono 294 y actitudes similares no tienen cabida en la época actual. No insistan, señores.

No hay marcha atrás. Estamos en otra época.










Cada colaborador es responsable de lo que escribe y sólo rinde cuentas ante la sociedad y ante sí mismo. Se trata de pensar libremente y hacer pensar en la medida de la inteligencia de cada uno.

2 Comentarios en “ 294, teléfono de la pureza”

  1. Edmundo Gonzalez Llaca dice:

    Mi estimado Jaime, como siempre muy interesantes tus recorridos por el pasado. Recuerdo que los adolescentes teníamos nuestra propia clasificación de las películas y que representaban lo opuesto a lo sugerido: A, aburridas; B, buenas; C, colosales. Sólo una precisión, Lolita, un clásico literario, no seduce a su maestro sino a su padrastro. Felicitaciones y saludos. Edmundo.

  2. Mario Rodríguez Estrada dice:

    Mi muy estimado Médico…te estás convirtiendo en verdadero y emotivo cronista del añorado pasado queretano…vieras con qué placer leo tu columna?…me translada a mi igualmente pasada niñéz y juventud…te acuerdas que en los intermedios del cine Plaza, el “cácaro” en turno nos deleitaba con la música salida del organo de Ken Griffin?…I had to be you (tenías que ser tú)…San Luis Blues…Abril en Portugal…Marea baja…Luces en el puerto y algunas otras reviven esos dorados momentos…donde nuestra queretana sociedad, después de cruzar la “aduana” de los defensores de la moral, disfrutaba de las mejores películas…nuevamente te felicito…y ahí la llevas!…te saluda…Mario RE.

Envía tu comentario