Tadeos y la "sinfonola"

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Estaba de moda un amplio restaurante en la Av. Bernardo Quintana; se conocía que el servicio era bueno y los tragos bien servidos, sin escatimar de la botella (el mesero solía tener “la mano pesada”) al vaso, sin hacer escala en el “comercial paso por medida”, que limitan la alegría y encarecen el licor, reflejándose posteriormente en la cuenta. Ahí no existía ningún obstáculo; se servía a solicitud del cliente, con la bondadosa y comprensiva “medida” de los meseros. La comida, de primera; de calidad, abundante y bien presentada, sobre todo sus “cortes” que marcaban ostensible diferencia con otros establecimientos. No podía compararse un T-bone, un “sirloin”, o un “New York” con vistosa guarnición, a un bistec aplanado de producción local y mal presentado. Como resultado de la buena calidad y del aceptable servicio, el “Tadeos” estaba en su mejor momento, y como consecuencia lógica, acudían selectos y exigentes clientes.

Parte fundamental del éxito de un restaurante son las instalaciones, y este establecimiento las tenía de primera, un enorme oso polar disecado llamaba la atención por su blanca piel, su gran tamaño y sus garras amenazantes, que imponían, aun estando el animal dentro de una vitrina. Iluminación y mobiliario lo situaban como un lugar muy agradable, para conocedores, para gente que le gusta vivir bien o agradar a sus invitados.

Abraham González y su grupo de amigos son personas que siempre están en búsqueda de lugares en donde se coma bien y los atiendan bien, y el “Tadeos” reunía estas características, por lo que frecuentemente, mínimo una vez por semana, acudían al lugar. En estas reuniones, como es costumbre, reinaba la alegría, el buen humor, la camaradería, las bromas y la amena charla, que se enmarcaban en música que servía de fondo pero que por su género y volumen les impedía platicar, solicitaban al mesero que bajara la intensidad para lograr escucharse entre ellos.

Asintiendo el mesero, se retiró, pero la música continuó igual de fuerte, por más tiempo; la sobremesa se tornaba interesante y amena, y siendo el momento agradable, como suele serlo, con la complicidad de unos tragos, por “X” vez le pidieron al mesero que cambiara la música y la pusiera “a modo” que pudiesen platicar. Como suele suceder, el mesero era sordo, y no dio la menor señal de complacer sus deseos.

Cansados por el desinterés por mejorar el fondo musical por parte del personal del restaurante, uno del grupo bajó de su vehículo un potente reproductor de los conocidos como “cassette de 8 tracks”, con música de ambiente y actualidad. Mediante un convertidor de corriente, y en base a sus conocimientos de electrónica, en pocos minutos “borraron” por completo la aburrida música de mandolinas, oponiéndole las sonoras trompetas y guitarrón, con la potente tesitura de Vicente Fernández, además de que eran canciones de las “que llegan”. ¡Orale! Así se completaba todo para una tarde, casi noche, de gran ambiente, de muy buen ambiente. En la mente de Abraham González se fraguaba otra de sus bromas. El blanco de ellas, Juan Carlos Reyes Buenfil y Enrique Osornio. Para el primero, que viajaba en un “vocho”, se contactó con toda discreción, a través de Chava, auxiliar de Abraham González, a un cerrajero para llevar su vehículo al Campestre, en donde, como en la serie de “Misión Imposible”, con precisión cronométrica llegaría una grúa especial para subir el carro al techo de su casa, ya imaginándose lo que sucedería al otro día, en que se fuera de la fiesta, no encontrando explicación de cómo había llegado, y de la forma de estacionarse en el techo. Difícil misterio a desentrañar.

A Enrique Osornio le habían entregado un nombramiento en que por gestiones ante Arturo Proal de la Isla, Secretario de Cultura del Estado, se le nombraba asesor personal en Educación y Cultura, diploma que personalmente Abraham González le entregó esa tarde, y que por tal motivo festejaban este “honroso cargo”. Pero todo era falso; el diploma, y por ende el cargo. El diploma fue “fusilado”, con todo y firmas, diseñándolo de tal forma que ni el propio Secretario de Cultura podría distinguir la autenticidad de su firma. La mitad de lo planeado ya se había concretado. Enrique “El Güero” Osornio, emocionado, con ojos húmedos, agradecía las gestiones realizadas para conseguirle tan buen trabajo, el que con toda seguridad lo distinguiría ante la sociedad queretana, y por esto brindaban reiteradamente, para festejar el logro. En eso estaban cuando hace acto de presencia, nada más y nada menos, que el Señor Secretario de Cultura del Estado, que acompañado de un grupo de personas acudían al lugar de moda. Los tenía que atender bien. Se trataba del Embajador de Italia y funcionarios de su Legación que acudían a cenar al lugar.

Ante esta situación las cosas se podían complicar. El recién nombrado “Asesor Cultural”, en acto de gratitud, lo más probable era que acudiera hasta la mesa del Secretario Proal de la Isla y, emocionado, agradecerle la honrosa designación de que lo había hecho objeto, y sobre la mesa estaba el flamante nombramiento que se convertía en forma automática en cuerpo del delito, por la falsificación de firmas. Pero la suerte, en parte, pero también porque Arturo Proal los conocía –aunado al ruido de la improvisada sinfonola que se esparcía por el restaurante–, saludó cortésmente y con sus distinguidos visitantes tomó la buena decisión de sentarse hasta la última mesa, la más lejana del ruido grupo.

Para estas horas de la noche, la segunda parte del plan se tambaleaba. La grúa se convertía en la causa del seguro fracaso. Lo demás ya estaba “a modo”. El “vocho” y su dueño, sin problemas, pero la grúa, que se necesitaba del tipo “pluma industrial” para elevar el carro al techo de la casa de Juan Carlos Reyes, no logró entrar al Club Campestre, pero sí estuvo cerca; la intención fue buena. No siempre se sale uno con la suya.

Durante la velada, o más bien “desvelada”, Arturo Proal, en plan amistoso y no exento de broma, les pidió innumerables veces guardar mesura ante el grupo de diplomáticos, quienes viendo el ambiente y la fiesta en la mesa de Abraham, varias veces suplicaron integrarse al animado grupo.










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