Subjetividad y 100 días

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Hoy el presidente Andrés Manuel López Obrador celebra sus 100 primeros días de gobierno de la Cuarta Transformación y yo, desde mi subjetividad, reflexiono sobre esos cien días: ¿Qué ha cambiado en mi forma de percibir la nueva realidad?

En primer lugar, ha persistido mi idea de preservar a toda costa la sensación de mantener mi libertad de pensamiento. A pesar de la polarización que se dio durante la campaña y que siguió después, en que eran severamente vapuleados en las redes y en la prensa, quienes se atrevían a exponer ideas o argumentos que contradijeran al líder López Obrador, donde se perdían amigos por el sólo hecho de opinar libremente, yo me sostuve crítico de López Obrador y les escribí a mis amigos que seguirían siendo mis amigos con independencia de las opiniones, suyas y mías, que la amistad está por encima de las opiniones políticas, también la libertad.

Escribo en las redes sin temor a lo que piensen mis amigos que siguen a AMLO, sin miedo a perderlos, sin pensar que me van a excluir de su lista o que me van a atacar por criticar. Si lo hacen será con argumentos y diálogo de altura, sino no es así, no vale la pena una respuesta. Lo que no se vale es la violencia de la lógica, la falta de rigurosidad de la argumentación y la carencia o fragilidad del análisis.

Desde que estuve en el seminario y fui religioso, la lectura de los libros prohibidos por la iglesia fue esencial para mi formación y mi retiro de la misma, especialmente en Filosofía. No sólo leí a Kant, a Nietzche, a Marx o a Hegel, la biografía de Lutero me fascinó, pero sobre todo a Sartre, a Kierkegaard, a Jaspers y a Heidegger. Si eso hacía dentro del seminario, cuántas lecturas de libros prohibidos he realizado después, una vez que dejé la religión en búsqueda de la libertad de pensamiento. Pues ahora, en estos cien días, a pesar de que mis hijos y muchos amigos cercanos son afines a AMLO, he reafirmado mi libertad de pensar libremente. Para mí no hay valor que pueda opacar la libertad de decidir, de pensar, de ser y de manifestar las ideas.

Durante la campaña, tuve oportunidad de leer el libro coordinado por Héctor Aguilar Camín ¿Y ahora qué? México ante el 2018. ( Nexos , Debate, 2018), que incluye un brevísimo análisis de los temas que más flagelan a nuestro país, hecho por plumas de reconocido prestigio, como Luis de la Calle, María Amparo Casar, Jorge G. Castañeda, José Ramón Cossío Días, Eduardo Guerrero, Santiago Levy y José Woldenberg, entre otros. Claro que faltaron muchos, como Lorenzo Meyer, Leo Zuckermann y muchos otros articulistas del Excelsior , el Universal o el Reforma . Lo importante en mí es que se reactivó esa vena de análisis que había dejado a un lado por haberme concentrado en el Psicoanálisis. Ahora veo que es muy útil juntar los dos en uno: el psicoanálisis del discurso político. En este esfuerzo sigo a un filósofo eslovaco que me ha seducido por sus análisis del discurso político: Zizek.

Slavoj Zizek, comienza su libro Bienvenidos al desierto de lo real , haciendo referencia a un viejo chiste de la República Democrática Alemana, que transcribo porque es de gran utilidad para el análisis de la subjetividad de la Cuarta Transformación. Dice Zizek: “Un trabajador alemán consigue un empleo en Siberia, consciente de que su correo sería leído por los censores, les dice a sus amigos: “ establezcamos un código: si la carta que os envíe está escrita en tinta azul, lo que en ella os diga será verdad; si está escrita en tinta roja, será falso”. Un mes más tarde sus amigos reciben una primera carta, escrita con tinta azul: “Aquí todo es maravilloso, las tiendas están llenas, la comida es abundante, en los cines ponen películas occidentales, los apartamentos son amplios y tienen buena calefacción, hay un montón de chicas dispuestas a tener una aventura…lo único que no se puede conseguir es tinta roja”. (Conste que habla de Siberia, no de Venezuela). El chiste es más refinado de lo que parece, pues aunque el empleado alemán no puede decir que lo que está diciendo es falso, de la forma preestablecida y por la censura, aún así puede transmitir su mensaje incluyendo una referencia al propio código en el mensaje codificado, como parte del mismo mensaje. La mención a la falta de tinta roja produce el efecto de verdad independientemente de su propia verdad literal.

Si analizamos el discurso de López Obrador con este lente de Zizek, nos damos cuenta que casi todos caemos en esta circunstancia de censura liberal, comenzamos con decir que tenemos toda la libertad que queremos, para limitarnos a continuación para decir que lo que falta es la tinta roja. Esto se ha visto desde la campaña, pero sobre todo en las conferencias mañaneras.

Muchos analistas y reporteros han demostrado que lo que falta es la tinta roja ya que los términos para designar el conflicto actual: centralización del gobierno y falta de equilibrios, guerra contra el crimen organizado, democracia, libertad, política exterior, abucheos a gobiernos opositores, son términos falsos que mistifican nuestra percepción de la Cuarta Transformación en lugar de pensarla. En este preciso sentido, nuestra propia libertad sirve para sostener y enmascarar nuestra más profunda falta de libertad de pensamiento.

Está claro que algunos han logrado evadir esta falsa disyuntiva, recuerdo algún artículo de Leo Zuckermann, en que comienza confesando que es neoliberal (porque así lo han catalogado otros), pero que, en economía, la Cuarta Transformación va descarrilada. Es decir, comienza afirmando que no hay tinta roja, para poder afirmar que tiene razón al no encontrar la lógica de las decisiones económicas de la Cuarta Transformación. Lo que dice la tinta azul es que López Obrador ve la palabra política donde dice economía. Claro que me estoy refiriendo al concepto de economía política de Marx. Esa es la tinta roja oculta en el lenguaje del presidente.

En 1976 me tocó impartir la materia de Economía Internacional en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Entre mis alumnos recuerdo a Carlos Imaz (El Señor de las ligas o de los montones de efectivo en el gobierno del Distrito de Federal de AMLO), que hacía grupo con López Obrador, que mantenía una postura marxista irreductible, pero yo no cedí a la presión de que les diera el enfoque marxista de la economía internacional y tuvo que leer a los clásicos, empezando por Adam Smith y David Ricardo. Hago esta mención para indicar algunos elementos de la formación del discurso del presidente.

La cancelación del NAIM, el Tren Maya, la refinería de Dos Bocas Tabasco, la supresión de subsidios a las mujeres violentadas, del presupuesto de las guarderías, los despidos masivos que incluyen personas que votaron por López Obrador, son lecturas incomprensibles de la Cuarta Transformación si antes no se tiene en cuenta que no hay tinta roja.

Sin embargo, Zizek continúa su razonamiento con la afirmación de que nuestra propia libertad sirve para enmascarar nuestra más profunda falta de libertad. Este autor hace una cita de Gilbert Keith Chesterton: “Podríamos decir, en términos generales, que el pensamiento libre es la mejor salvaguarda contra la libertad…la emancipación de la mente del esclavo es la mejor forma de evitar la emancipación del esclavo. Enséñale a preocuparse si quiere ser libre y nunca será libre”. Zizek se pregunta: “ ¿No es esto particularmente cierto en el mundo posmoderno, con su libertad para deconstruir, dudar y distanciarse de uno mismo?” Afirma con contundencia que la lucha por la libertad necesita una referencia a un dogma incuestionable.

¿Cuáles son los dogmas de la Cuarta Transformación? Curiosamente, para responder esta pregunta tendríamos que empezar a deconstruir algunos conceptos del pasado de AMLO. Deberíamos empezar por considerar la teoría de la dependencia, es decir la visión marxista de la colonización, del desarrollo de la dependencia, de la explotación del trabajo, de las finanzas internacionales, de las relaciones de poder nacional e internacional, con sus contradicciones aparentes, pues algunas veces AMLO da la impresión de ser “desarrollista” al ir en contra del libre comercio impulsado por los gobiernos neoliberales y añorar el “Milagro Mexicano” de los años cincuentas y sesentas, de buscar la autarquía alimentaria y productiva de tiempos de Echeverría y el proteccionismo del comercio internacional, pero otras veces, llevado de la mano por Marcelo Ebrard, cede ante el imperio de la realidad y de la realpolitik, AMLO no puede confesar libremente su discurso marxista, porque eso sería una falla política . Marcelo es de El Colegio de México, no es del antiguo clan marxista de la UNAM del que viene López Obrador. Hay diferencia de edades y de enfoques.

La lógica subyacente al discurso presidencial es la elección forzosa: eres libre de elegir siempre y cuando elijas lo correcto. Zizek hace mención a una paradoja y pone como ejemplo la discusión de un sacerdote con un escéptico: “¿Crees en Dios?” “NO”. “!Deja de evitar el tema! Dame una respuesta directa!” . En opinión del sacerdote, la única forma de respuesta directa es la afirmación de la existencia de dios: lejos de ser equidistante, la negación atea de la fe es un intento de evitar el tema del encuentro divino”.

Sucede lo mismo con los temas del neoliberalismo, la corrupción y la visión de la historia, la política y la economía. En los términos en que se plantean por el presidente es imposible elegir neoliberalismo, honestidad del pasado histórico, o contrapesos dentro de la democracia. Nadie del pasado se salva. No es una visión maniquea de la realidad, el discurso presidencial implica un papel instituyente que tiene la cultura, el cual nos comprende en una cosmovisión, que no es otra cosa que una construcción intelectual que soluciona de manera unitaria todos los problemas de la ética, la política, la economía o la sociedad a partir de una única hipótesis: la corrupción.










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