¡Romanos!

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Grupo non, muy singular, con el que me tocó realizar la carrera de Derecho en la Universidad Autónoma de Querétaro, formando parte de la Generación 83-88, heterogéneo y políticamente plural, ya que fuimos cinco candidatos registrados a diferentes puestos de elección popular, y contábamos con un diputado en funciones. En él se encontraban reunidos lo mismo que hijos de reconocidas familias, que estudiantes que tenían que trabajar para sostener sus estudios, al igual que un peinador o “estilista”, un integrante de los “forcados”, un policía de Caminos, guapas compañeras, dos invidentes, muchos inquietos jóvenes, y hasta un médico.

El calificativo inicial no es a la ligera. Tiene sus bases muy sólidas en la forma en que se expresaban con respecto al grupo los mismos maestros, incluso los Directores de la Facultad con los que coincidimos en el transcurso de la carrera: Francisco Guerra Malo, Salvador Franco Sánchez, y mi compañero de secundaria y preparatoria, Arturo García Peña.

Maestros como Guadalupe Ramírez Álvarez, Enrique Burgos, Jorge García Ramírez, Braulio Guerra y muchos más, podrían dar testimonio de que los inquietos y traviesos alumnos, cuando se trataba de estudiar, se transformaban en eruditos, en enciclopedias andantes, y algunos, con muy frecuentes dolores de cabeza por tanto conocimiento.

Estas cortas etapas de comunión con el saber, generalmente muy cortas, contrastaban con la hiperactividad de mis apreciados compañeros, a quienes agradezco haberme distinguido como su Jefe de Grupo, pero no por otro mérito, sólo por mi mayor edad, y, claro, “mayor experiencia”.

Pero al representarlos no estuvo exenta la situación de momentos poco cómodos, como cuando el grupo decide por votación unánime, ya que vivíamos bajo un concepto de democracia, el no acudir a clases al otro día, y en mi calidad de Jefe de Grupo, me encomendaron ir a comunicarle al Sr. Director, Lic. Francisco Guerra, la decisión.

Todavía recuerdo su extrañeza de mi proceder y su contestación al comunicarle la decisión grupal y colegiada de la inasistencia. “Doctor, de ellos lo puedo esperar, pero no de ti”. Qué pena, pero estaba cumpliendo mis funciones de Jefe de Grupo, y con el testimonio de algunos compañeros que observaban desde las ventilas de la Dirección, encaramados en otros que los sostenían de los tobillos, solo para observar que su representante no “vendiera” el movimiento a cambio de una calificación.

Chucho Rodríguez, de San Miguel de Allende, y Gustavo Pérez Olvera, de Querétaro, compañeros invidentes, pioneros en la carrera de Derecho, nunca se sintieron en desventaja con el resto del grupo, a pesar de ser blanco de constantes bromas, sin el insano propósito de denigrarlos como seres humanos. Bromas infantiles, como “Chucho y Gustavo están enojados: no se pueden ni ver”, lo cual daba por resultado que ellos mismos hicieran broma al chocar en los pasillos diciéndose: “ayer si ves por dónde caminas…”.

Gustavo, de carácter bonachón, Chucho, con mayor impulsibilidad, pero ambos realizando un enorme esfuerzo por igualarse en condiciones y poder obtener el título, bajo muy difíciles circunstancia, que todos, absolutamente todos reconocimos el esfuerzo de que por medio de una grabadora tenían que registrar las clases para posteriormente escucharlas una y otra vez y memorizar los conceptos fundamentales. Y, claro, siendo la grabadora un instrumento que suplía la deficiencia visual, frecuentemente fue objeto de bromas. No se les escondía, pero sí ponían “diurex” en el contacto, cubriéndolo totalmente, y al estar Chucho siempre sentado a un lado de maestro, todos observábamos sus infructuosos movimientos al tratar de introducir la clavija en el contacto.

En una ocasión retiraron la “cassette” de su grabadora, cambiándola por un ratón blanco. Al realizar Chucho los habituales preparativos, poniéndose la grabadora cerca del oído ya bajo volumen probar si estaba en condiciones de grabar la clase, no escuchando nada la puso en el escritorio del Maestro y al abrirla para revisar la cassette apareció el ratón que, corriendo por el escritorio, trataba de escapar. Esto fue observado por todo el grupo, todos circunspectos, nadie hizo movimientos en falso que los pudieran descubrir.

En la clase de “Derecho Romano”, con el apreciado Maestro José Arana Morán, el grupo todo estaba al máximo de la emoción al surgir día a día una mayor admiración hacia el pueblo romano y a sus jurisconsultos, fuente de nuestro Derecho, y alguien, discretamente, con una larga vara de trueno, cortada de un seto, había formado un aro a manera de corona. Se acercó a Chucho, y le dijo al oído: “Chucho, ponte esta corona de laurel, es a tu medida”. Desconfiado Chucho, preguntó con inseguridad: ¿ya todos tienen la suya? ¡Claro, todos tenemos la nuestra, ya las “tres” nos vamos a levantar para con el brazo derecho extendido gritar: ¡Romanos!

Con pícara sonrisa, Chucho tácitamente demostró que estaba en el juego. ¡Atento Chucho!, le dijo el compañero, ¡ahí vamos: una, dos, y …tres! Eufórico Chucho fue el único que ruidosamente se levantó y, con brazo en alto, gritó; ¡Romanos…!, ante la sorpresa del Maestro Arana Morán.

Un lunes. Nos extrañó la ausencia de Jesús Rodríguez; su lugar vacío al lado del escritorio del Maestro. Se apreciaba por todos como algo inusual. Aunque venía cada semana de San Miguel de Allende, nunca faltaba. La clase inició y, ya casi para terminar, apareció, con la cara y codos escoriados, el bastón blanco plegadizo, torcido; la ropa desgarrada y todo lleno de polvo, con sangre en los “raspones” de la frente. La primera impresión causada fue que lo habían atropellado, pero no por un vehículo pequeño, con seguridad había sido un “trailer” por lo aparatoso de sus consecuencias.

Impresionado alguien, le preguntó: “¿te atropellaron, Chucho?” A lo que fúrico contestó: “¡no sé quién fue el pendejo que abrió unas zanjas en mi camino, me caí y no podía salir, se soltaba la tierra de la orilla y por más que gritaba tardé casi una hora para que me sacaran!”

Todos los que ese día acudimos a la Universidad nos dimos cuenta de que el fin de semana se realizaron trabajos para la introducción del drenaje en la Calle de Hidalgo, pero a nadie se le ocurrió, tal vez porque era igual que nosotros, pensar en el compañero que a diario por ahí pasaba con el propósito de superarse. Nos sentimos mal; nos sentimos iguales a él para algunas cosas; también estábamos ciegos.










Cada colaborador es responsable de lo que escribe y sólo rinde cuentas ante la sociedad y ante sí mismo. Se trata de pensar libremente y hacer pensar en la medida de la inteligencia de cada uno.

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  1. Mario Rodríguez Estrada dice:

    Buen artículo Doctor…nos place mucho leerte…así como tus libros de anecdotas…te envío un afectuoso saludo…Mario RE.

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