Roma 12 / ROMA El juego de los premios

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Un juego. Lo dijo muy bien el crítico de cine Jorge Ayala Blanco: los premios son un juego. El cine es un juego. Que por supuesto hay que jugar. Por eso vamos al cine. Juegas o no juegas. Y punto. Un juego lleno de intereses múltiples: económicos, sociopolíticos, mediáticos. Trampas. Y más en la industria del cine que es enorme. No hay que enojarse.

Roma ganó tres Óscares (mejor director, mejor película extranjera y mejor fotografía) y le faltó por lo menos uno más, no el de Yalitza, quien ya ganó todo lo que podía ganar en su primera incursión cinematográfica, sino el de mejor película del certamen gabacho y tal vez mejor guión realizado. Pero ganó el nacionalismo gringo. Es su juego.

Por su factura y por su poesía pienso que Roma es una joya cinematográfica, fina y popular, la mejor de las concursantes, extranjeras y gringas. La película es un poema de amor roto y sublimado que, pese a todo, saca adelante y cobija a seres prodigiosos: los hijos propios y ajenos. Y además es un espejo para que mucha gente pueda verse en sus vidas: las sirvientas, las mujeres rotas, la memoria y la infancia, los padres ausentes, el México de los 70, la represión política, los muchos Méxicos, los rotos y los perfumados, el atroz paso del tiempo, muy JEP y sus Batallas en el desierto ( Sábado , 1980; Era, 1981).

Muchos dirán que es pura nostalgia aburrida, pero José Emilio Pacheco nos enseñó la diferencia entre azucarar las cosas y la melancolía que sostiene la mirada crítica sobre la alegría y la tristeza del tiempo vivido. Un poema de la Edad Luz no es un corrido mexicano. Roma tampoco es una denuncia de la vida de Livo-Cleo; es un reconocimiento puro de amor a Livo que nadie podía reencarnar mejor que Cleo-Yalitza. Allí está la magia.

Por supuesto que hay que jugar, dice el duro de Jorge Ayala Blanco a Carmen Aristegui. O no juegas. Punto. No pasa nada. Como sea, pasa el ruido de los premios con sus fallos, aciertos y errores, y quedan las buenas películas, las buenas obras, los autores vitales, con premios y sin premios. Quedan y vuelven siempre porque se hacen clásicos que siempre que vamos a ellos nos dicen cosas nuevas y nos enriquecen.

Los rusos (que son tantos), Cavafis, Pessoa, Joyce, Kafka, Marguerite Yourcenar, Elías, Bukowski, Las enseñanzas de don Juan, Octavio, JEP. Cada quien sus clásicos y sus autores de culto, no pasa nada. Y diré algo más: algunos autores no hay que leerlos todo, solo un poco y de vez en vez; otros, nunca acabas de leerlos y releerlos en tu corta vida: Paz… Me siento más ruso que español y más hijo de la Chingada que de Sor Juana, y más americano que Trump. Lo siento. Desvarío.

Pasada la prueba del tiempo ya veremos qué nos dicen pasado mañana Green Book (“Una mirada sin fronteras”), “La favorita”, Bohemian Rhapsody, Cold War (“Guerra fría”), Roma (Alfonso Cuarón, 2018), Corazón del tiempo (Alberto Cortés, 2009), entre otras.

Si hay premios, hay castigos. El peor castigo es no leer el libro, no ver la película, ignorar la obra, olvidar al autor, no ver al protagonista.

Hoy Roma nos ha dado en México, a una buena parte de la población del país, un poco de afecto y ternura entre clases diferentes en un tiempo convulso por la violencia, la inseguridad, la desigualdad, la injusticia, la confrontación política. No borra las diferencias sociales pero las trasciende. Nos ha dado sobre todo un poco de entusiasmo inusitado en nuestra libertad democrática, sin anular las críticas, las disidencias y las indiferencias. Gracias, Roma, Cuarón, Yalitza, Marina, Nancy, abuela, niños, el maloso de Fermín, el padre fantasma, el chofer de la casa.

El feroz paso del tiempo nunca se detiene ni vuelve, pero la Roma de Cuarón lo ha enriquecido.

A Marina y Dersu y Guadalupe, por los años enriquecidos.

Postscriptum triste:

–Yalitza limpia discretamente el teléfono de los críticos y se lo pasa a otros críticos.










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