Reflexiones sobre un socialismo latinoamericano. Argentina como eslabón perdido de un futuro próspero.

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Mario Roberto Santucho

“El escándalo de la Inquisición no hizo que los cristianos abandonaran los valores y las propuestas del Evangelio. Del mismo modo, el fracaso del socialismo en el este europeo no debe inducir a descartar el socialismo del horizonte de la historia humana”.

Frei Betto

Desde el aumento vertiginoso de los gobiernos derechistas -Bolsonaro, Macri, Trump- en tensa coexistencia con administraciones “izquierdistas” -Obrador, Morales, Maduro-, el continente americano vive nuevos tiempos violentos que, para los conocedores de la historia, mucho recuerda a la época de la Guerra Fría, la guerra entre las dos más grandes economías capitalistas: Estados Unidos y la Unión Soviética.

De nuestro vecino del Norte queda claro su poderío mundial como industria-empresarial, bajo la lógica de la plusvalía como resultado de una economía de guerra que se sigue reproduciendo en cientos de miles de millones de dólares, traducidos desde la oscura presencia de cientos de bases militares en Latinoamérica, Oriente Medio y Europa, violando claramente las soberanías nacionales y continentales, así como el torpe navegar de los destructores y acorazados del Pacífico y el Atlántico, listos para intervenir en cualquier momento en las zonas de mayor disputas conocidas actualmente, entre ellos, Corea, Siria, Ucrania, Taiwán, El Salvador y Venezuela, zonas de alta tensión para que cualquiera se convierta en la triste sede de una tercera conflagración mundial. Ayer fueron Sarajevo y Varsovia.

En semejanza, bajo el engañoso y dogmático espíritu socialista, la Unión Soviética no era más que otro imperialismo, cuya economía aeroespacial, con énfasis en la industria pesada, despreciaba la industria ligera alimentaria y perpetuaba una estructura de trabajo-capital que fue confirmando, a través de las décadas de los sesenta y setenta del siglo XX, un aumento de la dependencia hacia el mercado mundial, en medio de una mayor integración global del capitalismo, que se afianzaba en una normalización de las relaciones geopolíticas entre norteamericanos y soviéticos, en aras de la supervivencia de sus propios imperios y en correlación directa a la desolación que azotó al resto del planeta, especialmente el Tercer Mundo -las dictaduras latinoamericanas, las sociedades consumistas de Europa, las guerras civiles en Oriente Medio, las masacres y el empobrecimiento continental de África-, exceptuando el boom económico de la mayoría de los países asiáticos, y con la triste excepción de la crisis económica de Vietnam luego de su victoria sobre los Estados Unidos.

Lo que hace unas décadas puso en vilo al planeta entero, bajo la hoz de la muerte atómica, se vivió en la guerra de Siria hace unos años. Ahora somos participes inquietantes de un aumento de las tensiones entre el coloso ruso y el imperio yanqui en territorio venezolano. Por el momento, se esgrime un intercambio verbal de sentencias condenatorias, que mucho recuerda a la escalada de tensiones entre Pyongyang y Washington en 2017, dentro de una lógica diplomática de fuerza por sobre la vulnerabilidad económica del pueblo venezolano y el resto de América Latina.

Retornado a nuestro continente natal, las contradicciones internas no son menos dramáticas. El subdesarrollo, la crisis de la conciencia de los pueblos americanos, el apuntalamiento de los líderes regionales como nuevos mesías laicos de este siglo, las fake-news, el narcotráfico, la llegada y ocupación colonial de las pampas argentinas y aguas del Amazonas por tropas de Israel, el amo común que representa nuestra economía dependiente, y que ha llegado a los extremos de aumentar, tan solo en Argentina, la pobreza en un 35 por ciento, la magra ingesta de una comida diario en 3,5 millones de niños y niñas, sin mencionar la corrupción galopante de la cúpula macrista.

En medio de este trágico panorama, no obstante, persiste la resistencia: la nueva generación de jóvenes estudiantes; las confederaciones de trabajadores; los intelectuales y organizaciones de izquierda; los territorios indígenas autónomos; las colectivas feministas, entre otros, que intentan renovar, inaugurar, una continuidad histórica: la lucha de la memoria contra el olvido.

En esta línea revolucionaria, el pasado de lucha y militancia marxista en Latinoamérica constituyen uno de los hitos de apoyo para la interpretación y transformación de las condiciones de crisis sociales, no sólo en el ámbito económico, sino también en la recuperación de todo espíritu crítico y de cambio, que son aniquilados por los discursos de odio que han dividido las luchas por la justicia social, como han sido el racismo, la xenofobia, el machismo, la discriminación de las identidades sexuales y los dogmas religiosos.

Tomemos de referencia histórica el caso argentino como paradigmático del futuro del continente.

A principios del siglo XX, Argentina era el décimo país con altos ingresos per cápita. Gracias al énfasis de la manufactura que crecía a la par de su agricultura, generando un excedente importante de cereales y carne roja para su exportación, este país se apuntalo como la décima economía mundial luego de la Segunda Guerra Mundial.

Posteriormente a esta conflagración global, Argentina descolló como nación pionera del uso pacífico de la energía atómica, de la tecnología de reacción en el rubro de la aviación; la vanguardia educativa del continente, considerado el país más lector en la región, la autoría nacional de tres premios Nobel y tan sólo un diez por ciento de pobreza en todo el país.

Sin embargo, toda esa prosperidad se vino abajo en la década de los sesenta y setenta. No fueron los gobiernos argentinos, sino los capitales globales, la intervención del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, quienes doblegaron la voluntad de los dirigentes políticos nacionales para encaminarlos a la construcción de una economía dependiente, asalariada, poco industrializada, como condición esencial para el mantenimiento de la hegemonía norteamericana, traducido en la conexión mundial de estos capitales globales para consolidar el neoliberalismo abanderado por Ronald Reagan y Margaret Thatcher, homólogos de la Casa Blanca y de Londres respectivamente.

En Argentina, ante la impotencia de los gobiernos argentinos -burgueses- para tomar las riendas del país, surge una oposición política-intelectual que cuestionó el rostro barbárico del neoliberalismo latinoamericano: el Partido Revolucionario de los Trabajadores -PRT- en 1965 y, cinco años después, su brazo armado, el Ejército Revolucionario del Pueblo -ERP-.

Esta organización de tendencia marxista leninista, inspirada por las revoluciones y luchas de Argelia, Cuba y Vietnam, conformó un importante grupo de estudio sobre la realidad latinoamericana.

Su principal dirigente, Roberto Santucho, fue un destacado marxista que, apoyado en la teoría leninista sobre el imperialismo, formó una concepción realista y actual del continente americano. Gracias al estudio historiográfico y sociológico -desde historiadores nacionalistas argentinos hasta intelectuales marxistas, destacando a Silvio Frondizi- Santucho conformó un programa político-militar con el objetivo clásico marxista: la toma del poder en las condiciones envolventes de la realidad social argentina.

No se trató de un grupo de jóvenes aventureros, apasionados por una sed de adrenalina, sino en la construcción de una vanguardia revolucionaria que había meditado sobre las obras clásicas marxistas y, posteriormente, estudiaron el desarrollo histórico desigual de Argentina, trazando las estrategias y tácticas -abstención política, propaganda de la guerrilla-, como un universo definido, aunque imperfecto en la práctica, sobre la viabilidad de la lucha armada en el Cono Sur, cada vez más asolada por las dictaduras del Brasil y Chile.

Santucho murió con la ferviente creencia de una Argentina socialista, un socialismo latinoamericano que echara raíces a partir de su formación social indígena, aspecto retomado por Mariátegui en la década de los veinte. Un socialismo que fuera el principio del fin de una sociedad capitalista que había agotado su existencia histórica, y que ese capitalismo había creado las condiciones imperialistas de su propia negación histórica y, al mismo tiempo, sentando las bases materiales, las riquezas en abundancia bien planificadas, que caracterizó Marx en esta primera etapa posterior a la toma del poder: la dictadura del proletariado, en clara oposición de la minoría burguesa por sobre un Estado conformado por las y los trabajadores armados,

En el capitalismo dependiente argentino, como se demostró líneas más arriba, existió un periodo histórico caracterizado por la riqueza y la abundancia, por la conformación de una cultura espiritual. No obstante, no olvidemos que todo ese desarrollo económico seguía atado a las expectativas de un mercado mundial, de principios de siglo XX, y el papel que tuvo la burguesía argentina y los terratenientes de las pampas en la conformación de este modelo progresista.

Ahora imaginemos cómo pasaría Argentina, y toda América Latina, de este “reino de la necesidad al reino de la libertad” que tomaría forma en manos de las y los trabajadores de Buenos Aires, Tucumán, Córdoba, Rosario, Santa Fe, etcétera.

Desde la Comuna de París hasta los inicios de la Revolución Cubana, se ensancha el potencial humano, alienado, de toda forma de trabajo mental y físico esclavo, que previó Marx una vez superadas las trabas económicas del capitalismo, y en que el socialismo sería la primera fase de la eliminación de la explotación de los seres humanos, de la desaparición de las sociedades divididas en clases, y el nacimiento de una nueva sociedad que sustituya su antigua concepción de plusvalía, como lógica de las guerras y de una economía mundial desigual del presente, por una nueva mentalidad solidaria, una cultura de la paz que sea la negación histórica más importante del culto de la guerra capitalista que seguimos conociendo.

Edgar Herrera










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