Queretaneidad. Alma y carácter de los queretanos

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Autor Invitado: Leslie Dolejal | El doctor Edmundo González Llaca nos presenta un libro titulado Queretaneidad, alma y carácter de los queretanos, que contiene muy pocos elementos para hacernos un juicio de valor sobre la sociedad que desea describir y la cual sitúa invariablemente en el pasado. Una sociedad que, evolucionando, ha llegado a convertirse en una de las urbes más importantes del país, donde lo netamente queretano debe asumirse no desde los apellidos, sino desde el conjunto de su gente en aras de su pluralidad.

Debo decir que esperaba encontrar un trabajo más serio dado el título, el cual profundizara en los símbolos de identidad y las costumbres de un pueblo tan arraigado. Quería encontrarme de frente con el ex Convento de San Agustín y la cúpula con los musicantes, con el retablo de Santa Rosa de Viterbo, con la piedra fundacional de la ciudad, ocupada el 26 de julio de 1531 como pila de bautismo para bautizar a los indios y empotrada hoy en una de las paredes de la capilla de indios llamada El Calvarito, quería leer sobre la tradición conchera que viene hasta nosotros desde 1534, escuchar sobre la Santa Cruz de madera hurtada por los indios, la primera que Fernando de Tapia mandó a hacer con madera de pino traída del Cimatario, la cual dicen se conserva empotrada en otra que está en la capilla de la familia Rodríguez, esperaba ver allí en el libro citadas las guerras de Reforma, Independencia e Intervención, quería, en suma, mirar con la mirada de alguien que es queretano de cepa el orgullo de una ciudad con tanta historia que hasta de su arquitectura más simple y ecléctica uno queda maravillado del sincretismo.

Quería escuchar de Conín, de González Bocanegra, de Tomás Mejía, del prodigio del agua, del trazo que hace Alanis de la ciudad, de la primera misa en el Cerro de la Cruz practicada no se sabe aún si por Fray Jacobo Daciano o Fray Rangel, del Barrio de indios y del Barrio de españoles, de las misiones, de cómo el queretano con una identidad tan visible, tan contundente, aunque su ciudad y Estado tuvieran nombre purépecha, tenía derecho a decir que su nombre también era español, y por sobre todo, quería enterarme finalmente de lo que todos sabemos: que Querétaro ha sido un bastión indomable para la cultura, cuya apertura auspicia hasta nuestros días la pluralidad, representada para mí en el visible sincretismo de los musicantes, que corona, también a mí parecer, al gran barroco mexicano.

Además de ello deseaba escuchar que el queretano promedio es una persona culta, prudente, con ganas de ser partícipe de una sociedad que le exige y a la cual responde cumpliendo las expectativas que la realidad le impone. Contrario a ello el sobrado título de González Llaca apenas nos muestra un pensamiento confuso que no logra rescatar los verdaderos valores de identidad que hacen de Querétaro, aún con todas sus problemáticas sociales, una sociedad estable, con políticos de alto nivel en las decisiones de la patria, y artistas sin mucho renombre, y con él, que hacen de la ciudad y de la entidad, un caso particular de originalidad y talento.

Quería leer y justificar, por mencionarlo al paso, que el Fondo Editorial de Gobierno del Estado de Querétaro, coordinado por el Coordinador de Asesores del Gobernador, Juan Antonio Isla Estrada, por ello había reabierto una línea editorial que busca documentar tanto la historia y para ello se ocupan investigadores. (Aunque el libro del doctor González Llaca esté publicado en Librarius, editorial de Municipio, y Juan Antonio Isla Estrada sea una persona que “ame tanto los libros” que no le importe publicarlos con citas de Wikipedia y onomatopéyicas erratas).

Quería, en suma, encontrar algo distinto a una dicharachería, o encontrar la dicharachería queretana en su más, sin medias tintas, en pleno apogeo, pero para mí desgracia Edmundo González Llaca definía lo queretano no sólo con vaguedad, adjudicándole características que se dan en todos los pueblos pequeños y que son sólo parte de la naturaleza humana: Querétaro era una sociedad de chivatones. (Pág. 77), Una de las características de la queretanidad es su hipocresía. (Pág. 68), La gran aportación al mundo de Querétaro es el chisme. (Pág. 87). Características que no definían lo propiamente queretano, sino a muchos, muchísimos pequeños pueblos, y por ello se transformaban en simples vaguedades. (Ya sobre este tipo de conductas el investigador Diego Prieto me había indicado que llevaba años aquí estudiando las costumbres de los chichimecas).

Además de esto el doctor Edmundo González Llaca ocupaba un formato literario inocente para redactar su libro. Un clásico formato de pregunta y respuesta que muchos escritores imberbes ocupamos en la secundaria, cuando teníamos derecho a picaporte. Si esto fuera literatura, sólo en dos pasajes poéticos se salvaría, (pese a las evidentes licencias de conjugación y ortografía, y amén de que el barroco “queretano” sólo admite por definición ser barroco mexicano): ¿Por qué no envejecemos como los atardeceres queretanos? En lugar de arrugas y canas, unos rayos menos intensos de luz que permiten (sic) contemplar la belleza del sol; en lugar de palidez sepulcral, rodeados con vivos colores amarillos, rojos y naranjas. En lugar de declive, un final que parece apogeo. (Pág. 58); Yo no estoy segura si la Jacaranda (sic) es el único árbol que se habla de tú con el barroco queretano o el barroco queretano fue hecho para no demeritar las jacarandas. (Pág. 25).

Hay sin embargo belleza cuando Edmundo González Llaca acude a la nostalgia: Ser queretano no sólo era una circunstancia, sino también una relación, una relación con la gente. (Pág. 37). Considero este momento literario colmado de gran belleza y de acierto, pues no define al queretano, sino al sentimiento que el personaje tiene sobre lo que considera valioso en su vida, algo valioso que él identifica con pertenecer a un lugar determinado visto en retrospectiva, con las manos vacías y preguntando qué es lo que ha perdido.

Sin embargo el personaje emblemático de La Chilanga es aburrido, los inicios de los textos aburren, la reiteración no se ve justificada.

También la falta de cuidado en lo que se dice hace del trabajo un asunto cuestionable; hablando de los queretanos como pueblo, escribe: El contacto cotidiano con la divinidad (sic) nos hace conscientes de nuestros límites y fugacidad. (Pág. 64). ¡Pero esto no se puede decir tal cual! ¡Cualquiera pensaría que el agua de Querétaro causa locura colectiva! En todo caso, el contacto con la divinidad es un asunto que pocas personas experimentan, y aquí, claro, es parte de la experiencia todos los queretanos. Esto es una mentira flagrante: los queretanos, si va a redactarse bien esto, experimentan un intenso contacto con la religiosidad, cosa muy distinta a la divinidad. Si experimentaran el contacto con la divinidad cotidianamente estarían muy lejos de ser hipócritas, chismosos y chivatones, como el mismo Edmundo González Llaca los define. Todos pecados capitales porque obedecen a la mentira, y la mentira obedece a la soberbia. Cosa abominable a Jehová.

Hay aciertos sin embargo cuando menciona las fuentes y el agua como elementos de identidad. Las emblemáticas fuentes no sólo son ornamento, son el trofeo de haber traído el agua a la ciudad. Sería muy bella una tesis que conectara en la historia al Marqués de la Villa del Villar con el Ingeniero Ignacio Loyola Vera y con Francisco Garrido Patrón por este hecho, así como otra tesis que conectara a Fray Junípero Serra con Cayetano Rubio y Camacho Guzmán al abrir y continuar la ruta hacia la Sierra Gorda. No son asuntos históricos simples. Todos estos hechos se conectan en la continuidad de los actos y forman una línea en las personas que solucionan o buscan solucionar al problema. En este sentido las fuentes cobran su propia dimensión: son los actos de otros que nos han dado una identidad.

Sin embargo poco coincido cuando Edmundo González Llaca afirma en este tono de castración y denuncia por el pasado: Esclavos de la aprobación pública, generaciones de queretanos se atormentaron por pensamientos y deseos prohibidos (sic). Ser y manifestarse como realmente se era (sic), representaba una audacia peligrosa; era preferible atender a las expectativas que tenían los demás que a la esencia personal. La vida estaba dividida, la real (sic) se cumplía a escondidas o en el círculo cerrado de la familia o los amigos, con los demás se recurría a la máscara que complacía a la sociedad. (Pág. 72). No coincido porque veo mi momento muy distinto al suyo. Aunque no le resto realidad ni mucho menos.

También ser queretano era, o es, un asunto de abolengo: Para los queretanos el nombre no es algo fortuito ni circunstancial. El árbol genealógico no está seco ni muerto, tampoco es un simple adorno, sino algo vivo y presente.(Pág.15). Y para justificar lo dicho cita a un exgobernador: Socarronamente Noradino Rubio, que fue gobernador de Querétaro, decía cuando se presentaba a alguien: miéntame a tu madre… para que te conozca. (Pág. 15). Pero Noradino Rubio fue gobernador de Querétaro en el periodo que va de 1939 a 1943. Para darnos una idea de esto, cuando Noradino Rubio inició su periodo de gobernador, Salvador Alcocer Montes tenía nueve años de edad, Francisco Cervantes Vidal, uno, Hugo Gutiérrez Vega, si no me dicta mal el seso, cinco, Florentino Chávez Trejo aún no había nacido. Y conste que estoy nombrando a los poetas, digámoslo así, que comienzan a generar un movimiento literario distinto en la ciudad. A nuestros decanos. A los que logran apartarse de los rezagos del Modernismo y pespuntan obra distinta a raíz de su entorno cotidiano. Es decir que Edmundo González Llaca nos está hablando de un Querétaro de hace 76 años. Aún con un sistema de hacienda de campo y ganadería. Y con una ciudad quizás con no más de unos 10,000 habitantes. Aunque de este dato no estoy seguro e incluso la pequeña cifra pueda ser exagerada. Pero en todo caso, el ser queretano para Edmundo González Llaca queda acotado a la dinastía, a lo que es capaz de portar en sí mismo un apellido como historia, como genealogía, no una persona como persona y a lo que sus actos puedan demostrar, y esto es también un asunto que genera una forma de racismo: el no apellidarte de tal o cual es motivo no sólo de ser un extraño, sino de no ser “alguien” para los demás. Esta generación de un pensamiento en las personas trasciende a la creencia, y las creencias se transforman en actos. Sería cuestionable pensar que el abolengo, siendo un asunto de castas, sea algo netamente queretano también. La creencia de que lo benévolo viene de una casta la veo más como parte de una sociedad dependiente para su subsistencia de unas cuantas familias cuyos apellidos continúan vivos hasta nuestra actualidad. Pero esto es también, en todo caso, es un asunto social que en muchas partes ocurre y ha ocurrido.

Hay momentos también en que Edmundo González Llaca se desdice: Porque ser queretano es una circunstancia. (Pág. 47). Y parece retomar un cauce abandonado en su exposición. El ser queretano es mucho más amplio ahora. Ya no es cuestión de apellido. Sino cuestión de un estar, llegado o nacido, viviendo dentro de un territorio. No es, como lo guía él en la respuesta a la Chilanga, (pregunta por demás absurda: ¿los queretanos son profundos o superficiales?), un ser profundo o superficial lo que dicta el ser queretano, no estamos en la clase de filosofía: todo ser y todo pueblo es profundo y es superficial, todo ser es bello y abominable porque estas son características que ha prodigado la naturaleza. Pero hay descubrimiento en cuanto afirma que los queretanos son profundos por su religiosidad, superficiales porque ser queretano es una circunstancia. Aquí admirablemente Edmundo González Llaca entra a un tono mayor: ser queretano es temporal, una circunstancia. Pero más aún, lo apropiado sería ver fuera del contexto lo que en verdad dice: todos somos una circunstancia, todo está flotando en el tiempo y el tiempo nos transcurre hasta que acaba. El queretano es superficial por naturaleza, una naturaleza que nos gobierna a todos hasta que pasa. Vivir me va a matar. Parece decirnos. Y ser circunstancia es un acto de conciencia que nos conecta profundamente con la religiosidad. En realidad Edmundo González Llaca en muchas de las exposiciones se está definiendo él mismo y al hacerlo nos descubre algo de belleza.

Ahora bien, más allá de lo que yo hubiera deseado encontrar en el libro, más allá de los rituales y de lo que cualquiera piense cuando se cree queretano, los queretanos me parecen un ejemplo de prudencia, ante todo, los veo como una sociedad en constante transformación, misma que ha sido dura pero a la vez benéfica porque ha asentado los valores de una sociedad. Plasmar, a su vez, una retrospectiva entre lo que fue y lo que es me parece prudente, y necesario. Pienso sin embargo que lo que es ser queretano ha venido ampliándose por necesidad, no es la misma sociedad que la de hace 50 años, digamos, ni siquiera es igual a la de hace 30, y sin embargo leo en su libro lo mismo que he venido escuchando desde siempre al preguntar por los queretanos: me imagino que preguntas por los que quedamos (Pág.59,) como si fueran parte de una especie en extinción a la cual debieran prestar atención tanto los biólogos como los ecologistas, cuando, aceptémoslo, más bien esta forma de expresión obedece a un coloquialismo que en el fondo arraiga el creer ser representativo de una raza o estirpe que Edmundo González Llaca define bien por el reconocimiento de apellidos, los cuales finalmente vincula con una tradición. Aunque en particular, uno vea cientos, miles de queretanos cotidianamente andar por las calles de esta bellísima ciudad. Y uno piense que con los decires de González Llaca ellos no sean queretanos, no porque no tengan derecho a haber nacido aquí, o porque no sean chismosos, ni hipócritas, ni chivatones, sino porque el queretano, el verdadero queretano, el que sí lo es, es un ente mordaz que no los acepta dentro de su territorio, un territorio donde el ritual, sea el que sea, determina que ellos son excluyentes porque piensan que son parte de otra “cosa”, esa cosa que González Llaca nunca nos define, y la cual deja a interpretación de sus lectores.

Ahora es el momento de la obligada pregunta al doctor Edmundo González Llaca y espero la conteste: ¿qué es la queretaneidad, nos puede aproximar a ella o en realidad el título está sobrado para regresar a exponer el tema? Porque el alma y carácter de lo queretano, me parece, si hemos de relacionarlo con su arquitectura, dándonos esa licencia, con la hermosa arquitectura del Centro Histórico, con toda propiedad, no tendría un estilo barroco, sino un estilo ecléctico: la arquitectura del Centro Histórico está formada de muchas corrientes y por ello es un estilo plural. Y si ha de verse poéticamente como una piedra, el ópalo, pues como que cualquier piedra podría estar justificada en el asunto también como licencia, y a mí me parece que su carácter tiene más de la cantera rosa que de ópalo: un pueblo metido en sus costumbres es lo más permeable, conducible y previsible.

Además debo confesar dos cosas, me es imperante y necesario hacerlo, la primera es que no soy queretano porque no nací en este lugar, (espero esto no sea un impedimento para leer mi apreciación sobre lo escrito), la segunda es que tengo con esta ciudad un vínculo que me ha dado el amor de una forma hermosamente circunstancial: mis hijos. Mis hijos son queretanos aunque se apelliden Dolejal. Éste es su territorio aunque no los esté educando ni como chismosos, ni como chivatones, ni como hipócritas. No lo hago porque esas justamente me parecen características deleznables en los hombres.

Por último, agrego el primer comentario que hice de la obra Queretaneidad, alma y carácter de los queretanos, del doctor Edmundo González Llaca, en una conversación feisbukera con Julio Figueroa Medina, quien tiene un lunar en la nalga izquierda, hablando de lo escrito en la página 81 del libro:

Me deslumbran las citas de periódico, pero sobre todo las correlaciones que de esas citas hace la Chilanga pletóricas de gracia; en el fondo del libro habita un asunto racial, como si la queretaneidad fuera una raza a parte; el papel educador del personaje que responde a todas, sin negarse a una sola pregunta, de ser queretano, lo identifico más con un piadoso misionero saliendo de La Cruz a Jalpan a mostrar la verdadera fe a los infieles que como alguien sencillamente vivo. Otro detalle es saber quién es la Chilanga, ¿son todos los chilangos?, porque de ser emblemático el personaje, (lo es porque La Chilanga es un apelativo, no un nombre propio), las dificultad para creer que ella represente a sus coterráneos es absoluta: cualquiera de los que tengo el gusto de conocer preferiría ir hacia las fuentes de la historia y mirar lo que es una sociedad para darse cuenta de las realidades antes que andar preguntando cosas insustanciales a gente que responde vaguedades. Este tipo de conducta es más propia de gente que quiere ser aceptada en un núcleo social, y atiende a necesidades terapéuticas. Por otro lado, tratar de explicar a alguien qué es la queretaneidad respondiendo preguntas de un extraño insustancial, no sólo es también morboso, tiende a perfeccionar los recuerdos en aras de mostrar un mejor regionalismo.

Y esperando que “Las meninges de Velázquez”, citadas en la página 75 del libro, estén perfectamente conservadas en el Museo del Prado, me despido.

Santiago de Querétaro, Querétaro, a 4 de febrero de 2015.

 










Cada colaborador es responsable de lo que escribe y sólo rinde cuentas ante la sociedad y ante sí mismo. Se trata de pensar libremente y hacer pensar en la medida de la inteligencia de cada uno.

3 Comentarios en “ Queretaneidad. Alma y carácter de los queretanos”

  1. Mario Rodríguez Estrada. dice:

    Señor Leslie Dolejal: ¡Qué bárbaro!…bateo de 1000 contra el pitcheo de mi querido y estimado amigo Don Edmundo González Llaca…diseccionó usted de tal manera su libro, que nos obligó a leerlo de nuevo y reparar en sus perspicaces y puntuales comentarios, permítame felicitarle…solo deseo me conceda, modestamente comentarle, que Edmundo, aunque parezca querer englobar en su libro, a TODOS los queretanos, no es así, pues dado que existen muchos méxicos, existimos en este bello y caro, de cariño, solar, que es nuestra amada ciudad, muchos tipos de queretanos, que somos muy diferentes al tipo, por él marcado…que entran en la clasificación de PERFUMADOS, conforme a la clasificación que hace otro escritor ilustre de nuestra tierra, Don José Félix Zavala, y nosotros, yo el primero, me honro en ser, orgullosamente de la antípoda social de los JODIDOS…no obstante nos llevamos muy bien, luchando de vez en cuando, contra algunos de ellos, que se han apoderado de todos los medios y los puestos gubernamentales, y claro está, conquistado a las más bellas doncellas queretanas…ojalá se me dé el tiempo para escribir algunos de mis tontejos artículos, dando mi punto de vista sobre la llamada queretaneidad…le saluda y le abraza…su amigo de “Aquellos Tiempos”…Mario RE.

  2. Leslie Dolejal dice:

    Gracias, Mario, por supuesto que sólo me limité a lo escrito en el libro, y lo hice porque me pareció sobrado el título, el cual sí engloba a todos los queretanos. No me parece que en parte alguna del mismo exista la aclaración que usted me hace: que se habla de un sector “perfumado” de la población, y tampoco la redacción del trabajo insinúa que don Edmundo González Llaca haya tenido la intención de hacernos saber a sus lectores que aquello es una crítica a ese sector de la población. Por el contrario, trata de englobarla. Como usted verá también, me remito sólo a este libro, pues sabido es de todos el prestigo que don Edmundo goza como hombre de letras e intelectual, así que el mínimo respeto a otro escritor es citarlo y hacer un análisis de su trabajo. Le doy las gracias por el comentario que me extiende, y espero perdone mi mala memoria, pues no lo recuerdo, pero comprendo que siendo esta una ciudad donde aún nos conocemos, donde uno maravillosamente no es tan extraño ni extranjero como parece, esta sea una de las bellezas que debieran ser nombradas como características de la queretaneidad. Un saludo. Su amigo: Leslie Dolejal.

  3. Leslie Dolejal dice:

    Característica que de de hecho es nombrada por González Llaca: Ser queretano no sólo era una circunstancia, sino también una relación, una relación con la gente.
    Míre usted hasta dónde dan ciertas líneas verdaderamente bellas. No cabe duda que uno puede continuar extendiéndolas sin que ellas pierdan actualidad.

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