¿Qué tan tolerante eres?

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 Jose_Antonio_Meade_SEDESOL
Hay mucha diversidad,
Prepotencia e ignorancia,
Y nos urge, de verdad,
Olvidar nuestra arrogancia,
Nadie tiene la verdad,
Busquemos la tolerancia.

A medio año habrá elecciones y el ambiente político se irá calentando. Las discusiones a favor y en contra de uno y otro partido, de uno y otro candidato irán aumentando en intensidad, lo que no tendría nada de malo si se hicieran democráticamente, pero lo que me preocupa en nuestra baja capacidad de diálogo y sobre todo de tolerancia. En un mundo cada vez más diverso, aceptar al otro con sus singularidades se convierte en un desafío central. Ser tolerante, en forma simplista, es lo mismo que ser respetuoso, indulgente y considerado con los demás.

Es una cualidad personal que se define como el respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás, aunque sean diferentes o contrarias a las nuestras y está cualidad forma parte de nuestra educación. Un niño puede aprender a ser tolerante viendo que sus padres lo son, a través de cuentos e historias didácticas, en la convivencia con otros niños aprendiendo a ganar, a perder, a compartir sin pelear, a respetar sus diferencias y no burlarse de los demás; conociendo diferentes culturas; a través de los viajes en familia y conociendo los beneficios de la conciliación y de la paz. Estamos inmersos en la diversidad en un mundo poco tolerante, por lo que resulta fundamental brindarles a nuestros hijos y nietos las herramientas éticas para la construcción de una humanidad mejor.

Si nos remontamos al período de la Ilustración, veríamos que ahí se propuso la formación de una ciudadanía universal, cosmopolita, racionalista y homogénea, para que las diferencias locales y regionales, étnicas y raciales, religiosas e ideológicas, pudieran quedar superadas en la gestación de un espacio público común. El ideal ilustrador de la ciudadanía mundial no se alcanzó, los estados nacionales conservan su especificidad y particularidad ante los otros, los vecinos, los enemigos, los extraños y los extranjeros y en el interior de su territorio se ejerce un poder que tiende a imponer y consensar formas homogéneas de lenguaje, cultura y modos de vida.

La tolerancia se puede ubicar en cinco niveles: el primero (ligado a la tolerancia religiosa), consiste en la aceptación resignada de la diferencia para mantener la paz; el segundo, refleja un estado de indiferencia, pasiva y relajada ante la diferencia; el tercero, consiste en reconocer el derecho que tienen los otros a ejercer sus atributos, aunque no sean atractivos para nosotros; el cuarto expresa apertura, curiosidad, ganas de aprender y finalmente el quinto es de adhesión y admisión entusiasta por la diferencia. La tolerancia primaria acepta a los diferentes, sabe que el rechazo o acoso contra ellos sólo complica las cosas. Los diferentes se ven obligados a convivir y coexistir, muchas veces después de largos choques y combates bélicos y políticos. Para algunos, consideran erróneo e incorrecto el tolerar, puede representar una debilidad de carácter y una concesión innecesaria y prefieren la aniquilación del adversario, mientras que otros, valoraran como positiva la diversidad y al otro, se le ve como alguien diferente de quien se puede aprender y rescatar algo para nosotros mismos.

El antagonismo y la confrontación llevan a la larga a la violencia, la guerra y la dictadura. Un cristiano ve en un islamista radical la personificación del mal, mientras que un musulmán puede ver en la cultura moderna la decadencia de sus valores absolutos. Un militante de izquierda radical verá en el empresario a un sujeto explotador y abusivo, mientras que un empresario “exitoso” podrá ver a los excluidos como elementos indeseables y prescindibles. La “Democracia”, como estado de vida, debería ser el reconocimiento a la diversidad y la convivencia de las diferencias ideológicas, religiosas, políticas y culturales en un marco legal e institucional común. En una democracia se gana y se pierde. Habrá momentos en que una de las partes puede llegar a ocupar el espacio público, pero siempre debe haber la posibilidad de que quienes han perdido o que no ocupan el poder lo recuperen o lo alcancen a la larga, lo que debiera obligar a quienes ocupan provisionalmente el poder a actuar de la mejor manera posible y con apego a las normas existentes. Quienes se encuentran en la oposición o constituyen una minoría ideológica, étnica, sexual, racial y cultural, algún día pueden tener las garantías de que no serán arrasados, de que tienen derechos y de que pueden llegar a convertirse en una fuerza mayoritaria. Estos grupos tienen que renunciar a la violencia y a la ilegalidad para que puedan ser reconocidos como pares e iguales en la disputa democrática. Claro que esto implica un cambio de actitud de los actores sociales y políticos y cuando se vive un proceso de transición a la democracia los viejos actores tratan de acomodarse y su actitud va desde la simulación hasta un proceso de “travestismo” ideológico y político, especialmente en los grupos privilegiados que no están acostumbrados a perder y que sólo quieren “aparentar” que se avanza hacia la democracia pero tienden a concentrar el poder económico, político, cultural, informativo y comunicativo. El régimen democrático al que debiéramos aspirar debería permitir la rotación y movilidad del poder en todos sus sentidos sin que corra la sangre En un régimen democrático avanzado unos podrían perder espacios, poder e influencia, mientras que otros pueden incrementar sus poderes y la democracia debería permitir que estas disputas ideológicas, políticas y sociales, con sus consecuentes reajustes, no degeneren en la violencia estatal. ¿Estaremos cerca de este ideal? Creo que no.

Pero volviendo a este año electoral, nuestra sociedad vivirá un ambiente de encono. Cada quien se sentirá obligado a tomar partido, a defender a su gallo, a criticar y a descalificar a los demás, a querer imponer a los demás sus puntos de vista y sus preferencias. Yo creo que ya aprendí las experiencias pasadas y trataré de evitar entrar en ese juego, quiero conservar a mis amigos y la buena relación que tengo con los integrantes de mi familia. Tengo muy claro por quién votaré y por qué, me gusta oír las opiniones de los demás y sus argumentos, cuando los hay, pero desgraciadamente muchas discusiones carecen de argumentos y están basadas en fanatismos y les aseguro que el tema político saldrá a relucir en todo tipo de reuniones y ojalá pudiéramos actuar con inteligencia y alcanzar al menos el cuarto grado de tolerancia (apertura, curiosidad, respeto, ganas de aprender) con lo que los debates se enriquecerían, las ideas se aclararían y los enojos y pleitos disminuirían en forma considerable. ¿Usted qué opina?

memo_casa@yahoo.com










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