¿Qué pasa con la violencia en la frontera?

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Es evidente que el asunto de la violencia tiene crispado al país. Todos los días, a cualquier hora, se habla en los medios de casos cada día más terribles y sangrientos, cada uno es considerado único, inédito, evitable. Son estremecedoras las imágenes de niños calcinados de la comunidad mormona. El miedo de estar en el lugar fatal, en el sitio inadecuado, en el momento no deseado nos lleva muchas veces a juicios apresurados, o a dar fuerza a apreciaciones de diversos grupos de interés o a opiniones de comunicadores llenos de miedo o de una verdad mediática solamente, así como a supuestos redentores o provocadores del caos.

Si queremos entender qué es lo que pasa con la violencia tendremos que abordarla desde muy diversas perspectivas, una de ellas está en intentar ver el contexto en que se da. Más en el caso de la violencia en la frontera, donde es útil incluir el ámbito de los intereses de la seguridad de Estados Unidos prevalecientes sobre otros intereses económicos, sociales o fronterizos desde el fatídico 9/11. En todos los casos es necesario investigar a fondo, no sólo el por qué, sino el para qué, el contexto, la historia, las motivaciones, las causas profundas, las relaciones cercanas y lejanas.

Es preciso ver todo el panorama y verlo también como un fenómeno utilizable dentro de las estrategias de política exterior de Estados Unidos. No es la primera vez que se provocan hechos violentos para buscar la intervención en un país. El caso de la familia Le Baron podría ser entendido dentro de esta perspectiva. La historia nos obliga a considerar esta posibilidad.

Existen informaciones de conflictos de esta comunidad mormona con otras vecinas por problemas del agua y de enfrentamientos constantes entre ambas, por eso es obligatoria la investigación, para ver los contextos. Las conclusiones o juicios de políticos y de la prensa estadounidenses pueden tener un interés específico para hacerlos.

Derivar calificativos como los expresados, por ejemplo, por políticos republicanos de considerar como “terroristas” a los perpetradores de este crimen y al crimen organizado, es volver a expresiones del siglo XIX y principios del XX en donde numerosas voces de políticos y editoriales de prensa calificaban a los gobiernos mexicanos de incapaces de gobernar para buscar anexarse nuevos territorios de nuestro país. Intervencionismo trasnochado, para buscar logros políticos. No hay que olvidar que está muy cerca el inicio de la contienda electoral y Trump busca reactivar el discurso antimexicano. Este caso constituye una excelente excusa para él. Se trata de ciudadanos con ambas nacionalidades. Una comunidad binacional, claramente un asunto de política exterior.

La crítica a la frase “Abrazos, no balazos” que el senador republicano Tom Cotton calificó como cuento de hadas, se inscribe dentro de este contexto. Es preciso tener en cuenta que los intereses políticos y del crimen organizado estadounidense sólo ven el lado de la oferta, no de la demanda de drogas, sólo ven la corrupción del lado mexicano y no la del estadounidense, la DEA no es una blanca palomita, ni tampoco está exenta la organización del Rifle. La venta de armas es un negocio muy lucrativo para los estadounidenses y un beneficio financiero para el Tea Party. Requieren de situaciones como las que analizamos ahora para su conservación y crecimiento.

Ha surgido mucha información sobre este caso específico, que por lo menos hay que ponerla en el radar de la investigación para enfocar adecuadamente el suceso. La presencia coincidente del embajador estadounidense en Sonora, el asunto de los pozos y la sequía de las comunidades circundantes, el papel de las autoridades locales y federales y el activismo partidista de algunos de los miembros de la familia Le Baron, en el ojo de huracán desde hace más de diez años, la constitución de grupos de autodefensa, la presencia de carteles para el tráfico de drogas y de armas, el robo de combustible, historias de enfrentamientos anteriores de la comunidad con organizaciones como el Barzón, la lucha entre cárteles, el trasiego de armas y de drogas en la zona.

Todo lo anterior combinado con las respuestas inmediatas tanto de parte de funcionarios mexicanos como estadounidenses, que responden a los más diversos intereses. Entre estos, se dan los enfoques diferentes de la lucha contra el crimen organizado y de la Iniciativa Mérida. A tal grado que el editorial del Wall Street Journal insiste que si México no puede es necesaria la intervención de Estados Unidos. Magnífica oportunidad para distraer la atención del impeachment.

Esto puede explicar las respuestas violentas de la prensa norteamericana contra las autoridades mexicanas. Se ha buscado presionar a México para que acepte la “ayuda” estadounidense a través de la Iniciativa Mérida que ha rechazado claramente López Obrador. La prensa de ambos países ha criticado a las autoridades mexicanas por la política adoptada en la lucha contra los cárteles. México pone el acento en la escasa atención de las autoridades estadounidense para detener el tráfico de armas. En parte eso explica la presencia de Marcelo Ebrard en el sitio de la masacre. Hay un acuerdo reciente derivado de la matanza de mexicanos en El Paso, Texas, en el que se autorizó a México a participar en la investigación. Ahora, en reciprocidad, posiblemente intervenga el FBI en la investigación del caso de la familia Le Baron.

Otros elementos que se consideran en el contexto nacional han sido los discursos y entrevistas de prominentes generales del ejército mexicano, desde el discurso del General Homero Mendoza, jefe del Estado Mayor del Ejército, en presencia de funcionarios mexicanos y estadounidenses, en el que admite que el ejército experimenta un fuerte desgaste por la multiplicación de sus tareas en relación con el crimen organizado y la seguridad pública, pasando por las críticas del General Gaytán Ochoa a las políticas de López Obrador y las opiniones del General retirado Sergio Aponte Polito, por la actuación en el caso Culiacán, que llevaron al presidente López Obrador a referirse a la imposibilidad de un golpe de estado, que motivó alarma en muchos comunicadores y editorialistas. Existe una clara confrontación de López Obrador con lo que ha representado Calderón para la lucha contra el crimen organizado.

Está claro que el “momento” de esta disidencia militar es aprovechado por la inteligencia estadounidense para rematar con el caso de la familia Le Baron y la ejecución de 10 personas en Ciudad Juárez, junto con el abandono de la captura de Ovidio, el hijo del Chapo, solicitado por Estados Unidos, que hacen viable la exigencia de retomar la “guerra” contra el crimen organizado y la necesidad de implantar la Iniciativa Mérida. Aparece reiteradamente la palabra guerra. La visión de Calderón contra la de López Obrador. No admiten el cambio.

Tanto la exigencia de extradición del hijo del Chapo, y la estrategia de ir por las cabezas del narco, como la de intervenir para “acabar de una vez por todas” con el crimen organizado de parte de Estados Unidos, son elementos de la guerra de baja intensidad que ha desplegado este país desde hace décadas. Una serie abrumadora de exigencias, críticas y acciones para presionar hacia la consecución de sus propios intereses. Es la política de Trump de alta presión para empujar a sus límites toda situación que le sea favorable. Esto ha hecho en Turquía, Irán, Siria, Cuba, Bolivia, Nicaragua y Venezuela. Lo hace ahora en México.

Esta es mi interpretación del contexto que pongo a su consideración amable lector.










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