Psicópatas

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Netflix transmite una interesante serie, ‘Mindhunter’, cuyo tema es la investigación del comportamiento criminal, en este caso emprendida por dos agentes de la FBI que se desempeñan en la Unidad de Ciencias de la Conducta. La pareja de investigadores entrevistan a reos, concretamente asesinos seriales, para conocer los orígenes personales y familiares que los han conducido a perpetrar los homicidios, en algunos casos hasta de la propia madre.

En el curso de sus trabajos, se integra a la Unidad una perspicaz psicóloga, Wendy Carr, a quien el más joven de los agentes le pregunta si Richard Nixon, presidente de los Estados Unidos, puede ser considerado como un psicópata. La respuesta de Wendy es rotunda: “si no fuera un psicópata no sería presidente”. Me doy, entonces, a la tarea de indagar el perfil de la psicopatía. De acuerdo a los teóricos Kasdin y Buela Casal, los psicópatas padecen un desorden de la personalidad que les impide adaptarse a las normas sociales: leyes, instituciones, a las que, dicho coloquialmente, ‘mandan al diablo’.

Cuando se trata de dirigentes políticos desarrollan un gran poder de manipulación de las multitudes. Son egocéntricos, megalomaniacos – se perciben grandiosos, inigualables en su superioridad –; confunden la realidad con sus íntimas fantasías a las que se aferran, como si fuesen dueños de la verdad. Su narcicismo es portador de un absoluto desprecio a los derechos de los demás. Sufren, como nadie, la crítica de los otros: riñen por ‘quítame estas pajas’ con tal encono que parecerían dispuestos a ‘sacarles los ojos’. Mienten con exasperante frecuencia. Son hábiles en el ejercicio del engaño o, como diría mi abuela, de la marrullería; son, por tanto, obsesos del control, incapaces de delegar, de escuchar al otro, de compartir. Se muestran inflexibles, es decir, son ajenos a toda empatía verdadera.

Sin duda, poseen atributos. La tenacidad, sobre todo, cuando se proponen algo. Son astutos, meticulosos, fríos. En la plaza pública o en cualquier espacio mediático; se alimentan de esa sobredosis de adrenalina que los mantiene vivos, aunque signifique un deterioro de su salud. De ahí su impulsividad irrefrenable. Estimado lector: cualquier semejanza con nuestra realidad, es mera coincidencia.

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