Planeta Tierra. La lucha por nuestra unidad sociecológica.

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El imperialismo es el pirómano de nuestros bosques y nuestras sabanas.

Thomas Sankara

Por este bosque daré hasta mi última gota de sangre.

Raimundo Mura, líder indígena

El tema mediático del momento es la tragedia en los bosques tropicales del Amazonia, un área de la Tierra que ha merecido el título de “pulmón del planeta” gracias al equilibrio permanente entre los ingresos y salidas de dióxido de carbono y oxígeno y, en consecuencia, el desarrollo armónico de una rica biodiversidad, compartida por las comunidades humanas indígenas y las especies de flora y fauna aún por clasificar.

La importancia que ahora ocupa la Amazonia reside en revelar las gigantescas fuerzas de la naturaleza que han conformado la historia de la humanidad desde sus orígenes, el hecho real de que aquélla es nuestra más ancestral determinación histórica, atravesando la Edad de Piedra hasta la Edad Contemporánea, desde las relaciones que construimos en sociedad a través del tiempo hasta nuestro propia identidad individual con los diferentes entornos ecológicos que han definido nuestro devenir humano.

Desde las primeras civilizaciones, la humanidad se ha caracterizado por ser una especie interdependiente, con el objetivo de aumentar su riqueza material y garantizar su supervivencia, así como evolucionar en la técnica, en el arte, la política, la ética, etcétera. Pero su conexión ancestral con la naturaleza es una cuestión que queremos tratar de discernir entre las llamas que hoy consumen nuestros bosques y envenenan nuestro ríos.

Es un hecho que los responsables del aumento de la crisis ecológica que hoy vive el mundo, no se reduce al daño que hoy amenaza a los 7 millones de kilómetros cuadrados de áreas verdes que conforman a la Amazonia. Tampoco podemos encontrar a Bolsonaro y Evo Morales como los culpables solitarios de este desastre de escala global. Tanto uno como otro, han promovido decretos y tratados que promueven la ocupación de tierras privadas y comunitarias para el mercado mundial capitalista.

Hoy existe sobre la mayor parte de la Tierra, encadenada en toda su esfera, el capitalismo como sistema mundial; su rama industrial agrícola, convertida en monopolio, es la responsable, hasta ahora, de la deforestación de 35,000 kilómetros cuadrados en Brasil para la creación de campos de cultivo de soja y actividad ganadera, con el fin de alimentar el mercado europeo en consumo de carne.

Por supuesto, el antecedente de dichos campos es la quema de cientos de hectáreas de selva que, desde hace dos semanas, los ganaderos locales y los hacendados, organizados en grupos de Whatsapp, han iniciado la campaña del Día del Fuego, siguiendo la lógica de la ganancia de los monopolios norteamericanos y franceses en territorio indígena brasileño.

La fórmula perjudicial para el planeta entero es la siguiente: se provocan incendios con el fin de destruir la biodiversidad existente para dar paso a campos activos en actividades ganaderas y agrícolas, reforzando al mismo tiempo la industria minera, y luego de 10 a 15 años de uso, abandonan dichos cultivos, dejando a su paso una tierra estéril y la muerte de especie únicas en aquel ecosistema, destruyendo gradualmente la sostenibilidad y el equilibrio ecológicos.

Si la humanidad apenas se ha salvado de un holocausto atómico, no podemos decir lo mismo de su fatal destino que está intrincado al destino de la Tierra como planeta que, a lo largo de millones de años, ha creado diferentes ecosistemas y formas de vidas más o menos desarrolladas, entre ellas, la especie humana.

El mito de la victoria del hombre sobre la naturaleza se sigue perpetuando desde la ignorancia de los mandatarios mundiales que creen burlarse de la naturaleza ancestral, partiendo de sus ideologías neoliberales y el mercado común que hoy dinamiza al capitalismo existente. Ese capitalismo es el responsable de convertir a los seres humanos en mercancías, en desechos, en obreros explotados por todas las industrias existentes, en reducir el poder de los Estados-Nación del siglo XXI al poderío económico de los monopolios que, cada vez más, definen el curso humano hacia catástrofes mayores, desde guerras de baja intensidad en América Latina hasta guerras abiertas en Oriente Medio.

Ahora bien, la naturaleza tiene un carácter humanizado. Desde nuestra primera intervención directa para transformar los ecosistemas a nuestro favor, por nuestra perpetuación como especie, formamos un vínculo dependiente con los entornos ecológicos que, a su vez, tienen un impacto en nuestra conformación futura, anunciando los cambios venideros que le dan significado a nuestra existencia como seres humanos en la Tierra.

Nos estamos confrontando a la realidad histórica que ha conformado a la humanidad que, luego de miles de años de catástrofes naturales y crisis civilizatorias, llega a comprender, al menos una parte de ella, que su pasado, presente y futuro han estado determinados por un tronco común que es la madre tierra, el resultado de nuestra conciencia como seres sociales y, al mismo tiempo, como seres ecológicos que hemos sabido materializar una relación armónica con diferentes ecosistemas para las generaciones futuras y el curso permanente de la naturaleza.

En otras palabras, las crisis sociales más grandes, las grandes conmociones internacionales del momento, aquellas que activan la llave del final de una era, tiene su fundamento último en nuestra relación más o menos equilibrada con nuestra naturaleza, con nuestro planeta hogar, íntimamente relacionado al modo de producción que han aparecido en las diferentes etapas de la era humana.

La crisis de la Amazonia es un producto de la crisis del sistema capitalista mundial, de la necesidad de convertir en mercancías el agua y la tierra; de justificar la intervención estatal sobre tierras habitadas por indígenas ancestrales; el crecimiento de los gases de efecto invernadero en los cielos y territorio del mundo, convirtiendo éste en un problema mundial; la dislocación de nuestras relaciones sociales al enfrentar a los seres humanos en su lucha por la supervivencia contra el terrorismo neoliberal; el aumento de la población planetaria que sobrepasa la productividad natural de la Tierra.

En estas líneas está explícita la necesidad de cambiar radicalmente nuestro modo de vida actual, nuestras ataduras económicas por una nueva forma de producir a escala global.

Reivindicamos un socialismo ecologista, retomando la realidad existente que hoy lucha no sólo por los bosques y ríos, sino también por una identidad y una unidad americana que está en peligro. Retomamos a nuestro primer teórico americano, José Martí, con el fin de sistematizar las luchas comunitarias en una plataforma continental y fundar el viejo sueño martiano de una República nueva americana, un pueblo unido contra el imperialismo de los Estados Unidos, que supere de una vez por todas las rencillas entre fronteras ilusorias o los temas arcaicos que nos distraen de los verdaderos dilemas para la humanidad.

Aquellos que se horrorizaron por las pintas feministas en Ciudad de México o la Catedral de Notre Dame en Francia, ¿en dónde está su indignación ahora que el mundo se juega su destino desde la vida y muerte de estos ecosistemas?

Hoy América sigue siendo una sola, pero hay que revelarle sus fuerzas, hay que despertar al gigante dormido. Después de todo, siguiendo fielmente al maestro, es un mundo lo que estamos equilibrando.

Edgar Herrera










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