Perspectivas del feminismo socialista en el siglo XXI

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A la memoria de Raquel Padilla Ramos

(1967-2019)

La cuestión histórica del feminismo socialista tomó mayor importancia teórica y práctica a partir del triunfo de la Revolución de Octubre de 1917, ejecutado mediante órganos de poder y organización de obreros, campesinos y marinos, mejor conocidos como soviets.

La huelga de masas que acabó con el zarismo, comenzó en febrero con la movilización espontánea de las mujeres que exigían el final de la guerra y la lucha por el pan. Luego de un difícil proceso de flujos y reflujos sociales, que duró casi un año y amenazó con estancar el proceso revolucionario, el Partido Bolchevique moviliza a las masas para la toma del poder que se consumaría en octubre de 1917.

El feminismo y el socialismo, por tanto, adquirieron un carácter científico al robustecer la posibilidad, necesidad y deseabilidad históricas del socialismo por sobre el capitalismo, pero también superó la visión del marxismo clásico (Marx y Engels) para identificar la opresión de género como una forma de sumisión más antigua y que se manifiesta de forma barbárica hasta nuestros días.

El pasado fin de semana, fue asesinada la historiadora y etnóloga Raquel Padilla Ramos, activista por los derechos territoriales y culturales de la nación Yaqui. Sus últimos proyectos fueron en defensa del patrimonio indígena y la creación de una Red de historiadores para el apoyo de las luchas indígenas del noroeste de México.

Para México, un país históricamente discriminatorio hacia sus pueblos originarios, un país machista que se posiciona en el primer lugar de feminicidios en América Latina, el asesinato de Padilla resulta dolorosa, pero entre el dolor también surge el pensamiento que eleva la pérdida y la convierte en ira organizada y en proyecto político. En otras palabras, en una revolución feminista como revolución social que eleva al cuadrado el principio que transforme la derrota del ayer en la victoria del mañana: la creación de una sociedad nueva que quebrante los límites de esta sociedad patriarcal y capitalista.

Entre 2018 y 2019, asistimos a un fuerte período de movilización y organización de mujeres que visibilizaron el derecho a decidir sobre sus cuerpos, conocida también por Interrupción Legal del Embarazo o, simplemente, el derecho al aborto.

Hoy en día, la casi totalidad de los Estados-Nación de América Latina se ha convertido en un grave obstáculo no sólo para promover los derechos sexuales reproductivos de hombres y mujeres, sino que también se constituye como el grosero patio trasero del neoliberalismo que pretende destruir todas las ricas formas de vida comunitaria latinoamericana, pero demostrando su inviabilidad histórica, como así lo ha confirmado la unión de las naciones indígenas del Ecuador en octubre de 2019.

Por tanto, en el complicado contexto continental de nuestro primavera latinoamericana, oscurecida por el golpe de Estado que se consumó el día de ayer en Bolivia y la cruenta guerra civil que se intensifica en Chile, el feminismo socialista está lejos de ser considerado un accidente, sino todo lo contrario, en un proyecto político y cultural que supere el actual estado de cosas.

En México, entre septiembre y octubre de 2019, se llevaron a cabo dos asambleas feministas metropolitanas, como parte del programa socialista de Pan y Rosas, organización existente en Alemania, Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Estado Español, Estados Unidos, Francia, México, Uruguay y Venezuela. Las conclusiones generales coincidieron en la superación histórica, real y efectivamente, de esa cultura patriarcal y de ese proyecto capitalista (neoliberal) vigentes en América y Europa. ¿Esto resulta en una utopía que se enclaustró en el pasado revolucionario? No.

En Oriente Medio, el pueblo de Kurdistán, geográfica y culturalmente ubicado en los Estados de Turquía, Siria, Irán, Irak y Armenia, es una formidable experiencia histórica de cómo las mujeres y los pueblos originarios se convierten en un Estado miniatura dentro de un Estado mayor, en la negación para su superación y destrucción.

En 1978, se funda el Partido de los Trabajadores del Kurdistán, de orientación marxista leninista en sus orígenes, con el objetivo de crear una república socialista, pero posteriormente devendría en una Confederación Democrática, en el contexto de un pueblo perseguido y exterminado tanto por los nacionalismos árabes como por los ejércitos de la OTAN.

Dentro de la Confederación Democrática, surge el Movimiento de Mujeres del Kurdistán como parte integrante de esta lucha contra el militarismo, el ultranacionalismo y el genocidio. Durante años, especialmente en el contexto de la guerra contra el Estado Islámico, las mujeres han sufrido innumerables crímenes de lesa humanidad, en donde se han registrado aterradores casos de canibalismo sobre sus hijos y mujeres atadas a la pared, violadas sistemáticamente hasta que mueran de hambre o sed.

Entre los principios generales de la Confederación Democrática, se encuentran el derecho a la autodefensa armada contra los invasores fundamentalistas y soldados de la OTAN, el protagonismo de las mujeres en este proceso y, especialmente en este contexto de guerra, la convivencia de los diferentes grupos étnicos y religiosos de la zona.

La Confederación Democrática supera con creces cualquier manifiesto, panfleto o acuerdo progresista conocido para la afirmación de una sociedad nueva. Lo importante de esta experiencia popular gravita en la unión de la teoría y la práctica, pues profundiza en la afirmación de Marx y Engels en la ideología alemana: “para nosotros el comunismo no es un estado que debe implantarse, un ideal al que haya de sujetarse la realidad. Nosotros llamamos comunismo al movimiento real que anula y supera el estado de cosas actual”.

Ese comunismo como “movimiento real que anula y supera el estado de cosas actual”, que es la Confederación Democrática del Kurdistán, este particular proceso histórico en que la lucha de las mujeres socialistas o la cuestión del feminismo socialista, desentraña estrategias y tácticas por definir en el resto del mundo.

El camino que siguen las y los compañeros kurdos no debe convertirse en un dogma para aplicar en América, Europa, África y Asia. Parte de nuestras propias interrogantes han sido respondidas y seguirán por responderse en los años venideros, principalmente con el aumento de guerras civiles o de las polarizaciones populares como resultado histórico de la imposición del neoliberalismo en América Latina y de su propio carácter como continente subdesarrollado.

Ecuador, Chile y Bolivia son países que han construido sus propias tradiciones revolucionarias, todos con la capacidad de movilizar a las masas para expulsar u obligar a los dirigentes neoliberales a realizar concesiones, pero que no han coronado sus esfuerzos para destruir las economías existentes y ampliar todas las riquezas disponibles al servicio de los pueblos americanos. Sin embargo, coherente a este proyecto de política económica, esa tradición revolucionaria popular deviene necesariamente en la construcción de una cultura nueva, representativa y democrática de los sujetos realmente existentes, como las naciones ecuatorianas, la juventud organizada de Chile y, por supuesto, el feminismo socialista con sede organizativa en Argentina.

No negamos la existencia múltiples feminismos, enfrascados en discusiones intestinas que no se traducen en la transformación de las sociedades existentes, pero el feminismo socialista es coherente a este principio de la praxis, pues recupera lo mejor de toda la cultura acumulada en la historia del feminismo y del socialismo, pero también del conocimiento generado a partir de la interacción de los diferentes grupos humanos con sus distintos entornos ambientales.

El objetivo de ese feminismo socialista es unificar todas las facciones que son víctimas de las estrategias de cooptación y anulación que hoy se disparan en varias zonas del planeta; superar las fronteras políticas de los Estados-Nación y destruir sus proyectos de expoliación económica; crear, actualizar o retomar una cultura nueva que retome lo mejor del pasado humano y elevarlos a la construcción de un hombre y mujer nuevos, promotores de la paz mundial y de la evolución social, dejando atrás los tiempos de guerra y revolución.

Esto no significa que las mujeres socialistas marchen solas en su misión histórica de eliminar al patriarcado y, con él, al capitalismo. También resulta necesario reflexionar sobre la creación de esta tradición revolucionaria latinoamericana que multiplique a las y los revolucionaros, sean socialistas, cristianos, anarquistas, siempre conscientes de su papel y la posibilidad de cambiar el curso de la historia a su favor.

Edgar Herrera










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