Otra vez América. Parte 2: Los aprendices de la república nueva.

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Es un mundo lo que estamos equilibrando.

José Martí

El proyecto de liberación nacional, concebida por Martí, fue la continuación de los movimientos independentistas del siglo XIX, interrumpidos por décadas de caudillismos, dictaduras, guerras intestinas e intervenciones extranjeras que amenazaron la civilización de “Nuestra América”.

Aquellas independencias fueron capitalizadas por los criollos y mestizos que, con el tiempo, se convirtieron en las oligarquías locales que impidieron la unidad continental, mediante la creación de Estados-Nación que emprendieron, directamente o no, proyectos de balcanización americana (la partición de Centroamérica en 1840, la guerra norteamericana de conquista y rapiña contra México de 1846-1848), revelando la inviabilidad de estos modelos políticos, subordinados cada vez más a los capitales estadounidense y europeos.

La segunda independencia americana, la definitiva, no obstante, estaba prevista como un largo y complejo proceso en que cada etapa debía consolidarse para no comprometer la totalidad del proyecto continental.

En Martí existen ideas clave para comprender las luchas de su época y las nuestras, así como referentes para direccionar el destino de los pueblos que hoy conforman la humanidad: la democracia, la educación, la justicia social, la independencia económica, la unidad, la identidad, la diversidad de las fuerzas sociales existentes, las tendencias geopolíticas y la lucha política.

Todos estos conceptos derivaron en el proyecto martiano de la “república nueva” de América, cuyo fundamento geográfico y social se encontraba en la liberación de “las tres islas hermanas” de Cuba, Puerto Rico y República Dominicana. En esta zona del planeta se concentraban las viejas contradicciones del arcaico imperio español, con la sumatoria de las nuevas contradicciones y peligros del Amo del Norte, un área decisiva, de ahora en adelante, para el destino de los pueblos americanos.

Esa “republica nueva” llevaría en su sello un pueblo unificado por una agricultura poliproductora, base material necesaria para romper con la dependencia colonial y los modos de producción esclavistas, convirtiendo el anhelo de justicia social en un hecho fundamentado; una educación y una filosofía centradas en el hombre y la mujer como sujetos históricos, en los futuros gobernantes que respondan, creadoramente, a sus realidades sociales; promover una política democrática de masas que, para el “maestro”, tuvo su antecedente en el nacimiento del Partido Revolucionario Cubano como un órgano representativo de la voluntad popular, -de ahí la elección anual su delegado y directores- como un ensayo democrático de esa “república nueva” por fundar en el Caribe y proyectarla al resto del continente.

Como se puede ver, todos elementos –justicia social, democracia, educación, unidad, identidad, independencia económica, soberanía nacional, lucha política- están íntimamente vinculados a la lógica del proyecto de liberación nacional, formulados a la luz de los peligros de la época imperialista en ascenso y, a su vez, acompañados de la necesaria reflexión de las posibilidades civilizatorias, reales, que se encontraban en el seno de las masas americanas, con el fin de crear esa “república nueva” que continúa como un proyecto por realizar.

Hasta aquí hemos sintetizado la contribución de Martí en la historia americana, que también pertenece a la historia de la humanidad, pero a partir de ahora intentaremos esbozar, seguramente de forma incompleta, la dirección histórica que han tomado algunos de estos elementos martianos en el alba del siglo XX.

Historiográficamente hablando, el siglo XX se inauguró con el triunfo de la Revolución Rusa de 1917, nacida al calor de la Primera Guerra Mundial, ejecutada brillantemente por el arte de la insurrección de masas -éstas formadas políticamente por años de huelgas y protestas que impactarían gradualmente en la economía imperial rusa- y la dirección permanente del Partido Bolchevique, decidida a conquistar el poder mediante la instauración, a nivel federativo, de los soviets, o asambleas de trabajadores, campesinos y militares, originados en el ensayo revolucionario de 1905.

Las noticias de Rusia impactarían en la propia conciencia de las masas americanas, detonando el nacimiento de partidos comunistas centroamericanos, lo que significaba un salto adelante en el ascenso de esa identidad continental -establecida mediante lazos internacionales con el pueblo ruso-; la formación de un partido comunista como órgano creado de forma democrática –a partir de la organización de sindicatos obreros militantes del bolchevismo en Centroamérica en 1920-; la identidad nacional, continental, construida a través de un interés de clase obrera, sector social creado mediante las relaciones capitalistas entre asalariados-patrones y consolidadas, en última instancia, por la presencia del capital extranjero, creando las condiciones objetivas no sólo del capitalismo americano, sino también las condiciones materiales y los agentes del cambio social, abanderados por el proyecto emancipador del comunismo soviético, elevados a la práctica universal con la creación de la Tercera Internacional Comunista en 1919.

A grandes rasgos, es la fisonomía de las sociedades americanas de principios de siglo XX, forjándose al calor de las revoluciones mundiales y elevando al cuadrado las previsiones martianas de liberación nacional, no sólo identificando al enemigo como Estados Unidos, sino también revelando la lucha contra los mecanismos imperialistas de penetración económica y subordinación política mundiales, que se extienden del Río Bravo hasta la Patagonia.

Se había inaugurado, a la vez que retomado, la tradición olvidada martiana para América en una nueva etapa, esta vez bajo el cariz del comunismo soviético que, en mayor o menor medida, ahondaba el ideario del “maestro” para y con las nuevas condiciones históricas presentes.

Esta tradición de la década de los veinte fue violentamente clausurada por las dictaduras nacientes de Centroamérica y los errores sectaristas cometidos en los partidos de vanguardia, aunque retomando su ímpetu revolucionario con nuevas organizaciones militantes, insurrecciones armadas, mareas sociales y, principalmente, con la aplastante victoria de la Unión Soviética sobre la Alemania Nazi, extendiendo la esfera de influencia comunista en Asia y Europa del Este, estimulando aún más la conciencia y el imaginario emancipador de América Latina, coronada finalmente con el triunfo de la Revolución Cubana.

Se han cumplido 60 años desde la gesta heroica en Cuba, lo más cercano a una “república nueva” para América, derivando en la historia de una isla que, si bien ha logrado sobrevivir a la industria militar norteamericana, no ha logrado aniquilar el peligro del cerco económico que ha estrangulado al pueblo cubano.

Difícil es pensar, desde hace mucho tiempo, que Cuba lleve por sí sola, y ante los cambios de relaciones internacionales, la formulación de una estrategia continental para la creación de esa “república nueva” que eche sólidas raíces al conjunto de la especie humana. Sin duda, se han multiplicado las condiciones mundiales de liberación nacional –la guerra imperialista sobre Libia y Siria, la tradición revolucionaria en Sudán del Sur, Yemen, Palestina- pero pocas veces se han traducido, esa infinidad de sacrificios y epopeyas, en un programa de transición como lo vislumbró Martí en su época de complicada transición.

Los aprendices del maestro no son fácilmente identificables en la historia americana y en la historia mundial, pero todos comparten una guía y una moral pocas veces vista en nuestros días, que a su vez se articulan en las lecciones extraídas de su caída en la lucha: la conciencia revolucionaria de transformar la realidad existente por una nueva; la capacidad de convertir la derrota de hoy en la victoria de mañana; de transformarse en un sujeto político, ético y estético de la revolución social, siempre abierta al conocimiento y a la defensa del negro, del indio, de la mujer, de la infancia, a ésta que dedicó sus más bellas letras en la Edad de Oro, una publicación mensual suya de poemas y cuentos, su forma última de transmitir el aprecio de la libertad desde la cuna y su lucha como norma categórica para la construcción de tiempos de paz.

Edgar Herrera










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