Otra vez América. Parte 1: abriendo las puertas del camino revolucionario.

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Pensar es prever.

José Martí

El “autor intelectual” del asalto al Cuartel Moncada logró heredarnos un pensamiento continental, popular, nacional y antiimperialista, pilares fundamentales que echarían a andar la rueda de la historia americana a favor de las y los oprimidos desde el agitado y violento siglo XIX, el final del dominio español y la tutela imperialista de los Estados Unidos.

En su juventud, José Martí creció y se formó desde el romanticismo artístico y el liberalismo de corte político y económico; adoptó críticamente los referentes pedagógicos de los maestros cubanos de su época, como signo de los tiempos de una educación más humana y alejada de todos los nacionalismos e ideologías artificiales, o en otras palabras, la asunción de una nueva filosofía para la liberación de los hombres y mujeres, sin pretenderse dominante, sino como una guía moral y espiritual; conoció el castigo de su actividad revolucionaria mediante el exilio intercontinental, empujándolo a España, primero, y desembarcando, después, en el caribe, para desentrañar la identidad americana que defendería contra la identidad “civilizatoria” norteamericana.

Entre los países que formaron parte de su itinerario revolucionario, se encuentran Venezuela, Guatemala, México, Estados Unidos y, finalmente, coronando su carta de ciudadano del mundo, en Cuba, la tierra que lo vería caer con armas y correspondencia personal en las manos, las primeras dirigidas al envejecido imperio español y la segunda como una afrenta anunciada al imparable “monstruo” norteamericano.

A muy grandes rasgos, de forma incompleta seguramente, ésta es nuestra introducción al héroe cubano que, antes de Lenin, esbozó la idea de un imperialismo real, existente, que a los pocos años convertiría a Cuba en un país ocupado por los famosos marines, primero, y por los mafiosos, después, transformando a la isla en el epicentro de la prostitución y el bandidaje neocoloniales.

Martí también enfatizó la impronta de la educación para la conformación de una conciencia y una identidad americanas, luchando permanentemente contra los modelos positivistas de conducción económica y dirección política, tanto impuestos por la fría mentalidad mercantil estadounidense como los modelos europeos de repúblicas, importados por los regímenes americanos, conduciendo ambos caminos a un callejón sin salida o de barbarie sobre el destino de los pueblos de América, entre ellos, la población negra, indígena, las mujeres.

En Cuba, retomando los errores y derrotas de una larga guerra de liberación nacional (1868-1878) que no logró coronar el triunfo definitivo, Martí emprende la tarea de moldear el Partido Revolucionario Cubano (PRC), retomando la lucha de la independencia en 1895, con un nuevo enemigo vigente hasta la fecha: los Estados Unidos. No obstante, con su rápida caída en combate, la dirección del PRC pasa a manos de burgueses cubanos, interesados principalmente en la intervención militar para continuar con su explotación neocolonial, esclavista, esta vez, sujeta a los intereses del amo del Norte.

Algunos elementos que continúan actualizando las guerras y luchas populares del siglo XXI son: la importancia de una dirección de masas para realizar no sólo reformas claves en los límites que impone una sociedad capitalista construida en las condiciones históricas determinadas, sino también la idea de consolidar todas estas medidas progresistas en la conquista del poder por parte de dichas masas; la elección, siempre consciente y nunca dejada al azar, de las estrategias de lucha adoptadas, una vez más, a las condiciones históricas del momento; la construcción de una conciencia e identidad de masas, elevada al terreno de la escala continental, siempre coherentes a esta realidad social de mayor magnitud, respetando la diversidad de pueblos y, al mismo tiempo, aceptando el reto de su unidad combativa y cultural, tanto construidas en tiempos de paz como en su ausencia; la identificación de los enemigos tanto fuera como dentro del país, del continente, no sólo como adversarios personales sino como grupos o sectores claves que perpetúen la dominación económica y, por tanto, la opresión política de una clase sobre otra, evitando los monstruosos errores de una estrategia de conciliación de clases que decidan, en última instancia, -y como efectivamente ocurrió poco antes de la dominación estadounidense en Cuba-, el destino de las masas.

Lamentablemente, en el curso de los siguientes años, nuevos problemas harían más complejo el eterno anhelo de liberación nacional: el robustecimiento de la dominación norteamericana mediante dictadores títeres, la formación de una casta militar al servicio de los monopolios creados en la isla, principalmente sobre el azúcar y la privatización de las tierras; la influencia del estalinismo como política de Estado de la Unión Soviética que, a su vez, impactaría en el carácter del Partido Comunista Cubano (PCC), como un partido alineado a la hegemonía burocrática del aparato Estatal creado por Stalin y, como consecuencia, en la práctica de la tradición revolucionaria cubana, hacia la conversión de los partidos “progresistas” en órganos de conciliación de clases irreconciliables.

Desde la década de los veinte hasta los cincuenta, devendría a su vez la tradición combativa de las y los estudiantes contra las dictaduras sucesivas sobre la isla, destacando Julio Antonio Mella –asesinado en México por órdenes del dictador Gerardo Machado-, Antonio Guiteras –fulminado en Cuba luego de la experiencia de los 100 días de un gobierno popular-y Fidel Castro.

Fiel a las distintas manifestaciones insurrectas contra Batista, el último de los dictadores de la historia cubana, el 26 de julio de 1953 los hermanos Castro –Fidel y Raúl- se movilizan con un centenar de jóvenes armados para atacar el Cuartel Moncada, el segundo en importancia del país, acuartelado por 1000 tropas, alejado de toda posible ayuda represora. Con el objetivo de conquistar los arsenales disponibles y movilizar al pueblo cubano en una nueva etapa de la lucha revolucionaria, el ataque pierde su factor sorpresa y la mayoría de los guerrilleros son capturados y asesinados; los supervivientes, entre ellos Fidel, se enfrentan a un juicio maquillado al estilo soviético –con bayonetas caladas por soldados en la sala- por un Estado de Derecho que orilla a Castro a apuntalarse en su propio defensor.

Durante uno de las sesiones, uno de los verdugos cuestiona a Fidel Castro sobre la autoría del asalto al Moncada:

“Nadie debe preocuparse de que lo acusen de ser autor intelectual de la Revolución, porque el único autor intelectual del asalto al Moncada es José Martí, el Apóstol de nuestra independencia .”

El 26 de julio de 1953 no sólo pertenece a Cuba, sino también a los anales de la historiografía americana fundamentada, transmitiendo, de una generación a otra, la práctica de las tradiciones revolucionarias que, gracias a su dialéctica de la movilización consciente, siempre responde a la necesidad –como madre de la invención- de transformar las condiciones existentes de una injusticia social como característica inequívoca de las sociedades capitalistas en que hoy sobrevivimos.

La liberación nacional sigue siendo todopoderosa porque es verdadera, acorde a los nuevos tiempos que exigen la creación de ese hombre y mujer nuevos, de esas sociedades que han perdido sus sendas civilizatorias y caído en la barbarie conocida de estos tiempos frágiles de paz: los feminicidios, los Estados fallidos, el narcotráfico, las sectas religiosas, el desequilibrio ecológico, la amenaza termonuclear, las nuevas guerras del imperialismo que se avecinan sobre los pueblos de cada continente.

La obra de José Martí es universal porque es humana; el ideario martiano, la praxis revolucionaria cubana, la historia americana, están intrincados de tal manera para comprender cabalmente la construcción de esa identidad civilizatoria, auténticamente americana, como la entendía Martí, pero también en cómo nosotros las podemos reformular desde nuevos conceptos y nuevas necesidades, acordes a nuestra época que se debate entre la civilización y la barbarie.

¿En qué medida se ha actualizado o deformado el proyecto martiano de liberación nacional a 124 años de su caída en combate? ¿Cuáles han sido sus cismas y sus pantanos en la historia continental que también es la historia mundial? ¿Qué lecciones debemos extraer para enfrentar con heroicidad y solidez el peligroso magma de la conflagración mundial que se desborda en nuestros días?

Por ahora estas ideas permanecerán en suspenso hasta su próxima vuelta.

Edgar Herrera










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