Obama El Insólito II

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El presidente electo Barack Obama arribará a la Casa Blanca contra todos los pronósticos y superando incontables prejuicios que debió vencer, los cuales fueron mayores obstáculos que el candidato republicano, su natural adversario político. Mucho de lo insólito del futuro presidente norteamericano consiste en que pocos pensaron que sería capaz de dejar en la carrera a Hillary Clinton y luego, mediante una cantidad de aciertos en su campaña y algunos factores que se sumaron favorablemente, romper con una barrera psicológica y hasta de clase en una de las sociedades más racistas del mundo.

Obama es el resultado de un pasado de luchas sociales y reivindicaciones que tuvo su momento estelar con Martin Luther King Jr., probablemente la voz con mayor autoridad en materia de derechos humanos en la historia contemporánea de los Estados Unidos. Obama ‘el insólito’ se fue abriendo paso ante el asombro del mundo en un campo minado de obcecaciones y rechazos. La historia de la persecución racial entre el pueblo norteamericano es extensa, penosa, dramática, pero describe una lucha férrea, un sueño indeclinable por la equidad y la justicia. El hoy presidente de aquel país es el mejor ejemplo de obstinación contra el maltrato, la ceguera por razones étnicas y de color de la piel.

Luther King confrontó la violencia sistémica, la represión de las fuerzas de seguridad y la resistencia al cambio con llamadas a la resistencia no violenta, a la revolución de la estructura de los órganos legislativo, jurisprudencial y moral (en el sentido de costumbres) que mantenía la segregación racial en casi todo el país. Su participación en el movimiento de los derechos civiles culminó con las leyes antidiscriminación racial de 1964 aprobadas durante el mandato de Lyndon B. Jonson y tras la muerte de su promotor, John F. Kennedy. El 4 de abril de 1968, mientras estaba en el balcón de un hotel de Memphis, el luchador social que aún no cumplía 40 años recibe un balazo del radical James Earl Ray (fallecido hace una década en un hospital penitenciario de Nashville luego de luchar contra la muerte y por culpa de una enfermedad degenerativa del hígado que le había causado un monstruoso vientre). Cuarenta años después de su asesinato, llega a la silla presidencial un miembro de raza negra.

Un periodista que observó el vuelo de este hombre nacido en Honolulu hace 47 años nos dice que “La vida de Obama es la de un militante afroamericano, un abogado de los desposeídos, un agitador social y político que decide participar en la vida parlamentaria y aspira a alcanzar el máximo poder posible para poner sus ideas en práctica. Sus ideas, en cambio, muy reflexivas y dialécticas, fruto de la discusión y de una buena capacidad de escucha, son muy moderadas y centristas, movidas casi siempre por un impulso conciliador. Obama no es el negro airado prototípico porque desde muy joven, probablemente desde el final de su adolescencia, se esforzó por alejar su vida y su carácter de esta imagen negativa”.

El triunfo de Obama es una epopeya dentro de una sociedad conservadora en la que predominó la hegemonía sajona hasta que en la vida pública y en el éxito empresarial empezaron a irrumpir ciertos personajes. Los prietitos en el arroz. Luego entonces su carrera política constituye una hazaña personal y colectiva sin precedentes y una vindicación del reconocimiento de una comunidad mayoritariamente descendiente de esclavos, tradicionalmente marginada en toda América (no sólo del Norte).

Los blancos radicales, los escépticos, los fanáticos ocultos en sus capuchas blancas, tuvieron que contener el aliento, hacer una tregua en su delirio extremista, para observar el ascenso de un político de color al peldaño más alto del poder norteamericano. Muy lejos estaban todos de imaginar que alguien con esa pigmentación sería el sucesor de 43 presidentes de origen sajón, criollos, descendientes de migrantes irlandeses, judíos, de todas las razas, menos la oscura. ¡Jamás!

“Soy el hijo de un hombre negro de Kenia y una mujer blanca de Kansas”, con estas palabras se presentó Obama ante un público de quien sospechó aún tenía dudas sobre su origen. Este es el perfil de un hombre insólito que, a pesar de todo, logró arribar a los despachos de la casa principal de Washington:

1. Barack Obama es mulato: de raza mixta (padre negro y madre blanca) a efectos, por así decirlo, etnográficos, y de raza negra a efectos sociodemográficos (es decir, a ojos del electorado). El propio presidente electo podría subir a un estrado y decirle a los racistas más recalcitrantes: “Repita conmigo: el presidente de los Estados Unidos de América no-es-blanco”.

2. Es afroamericano — la categoría reservada en EEUU a los descendientes de africanos, pero también una manera sutil de describir el color de piel—; en el sentido, no ya censal, sino literal y cercano en el parentesco: su propio padre era oriundo de Kenia, donde viven los Obama que no buscaron una vida mejor fuera de África (como hiciera en su día Barack Obama padre).

3. Su segundo nombre de pila, Hussein, es un homenaje de su padre a un familiar musulmán, lo cual, dado el grado de islamofobia reinante en EEUU (especialmente, tras los atentados del 11-S) hace que la mera concurrencia del senador en la contienda electoral y su capacidad de contrarrestar los prejuicios xenófobos y racistas adquieran una connotación heroica.

4. Y, como acotación escénica o como mera disgresión, si se quiere, el nombre del candidato carece de resonancias patricias, dinásticas o populistas. Nada del ‘Average Joe’ (el típico Joe). Su padre tuvo a bien llamarlo Barack, que significa, en swahili, bendición, o el bendecido. Es un nombre que evoca el vocablo árabe ‘barakah’ y que guarda una relación estrecha con el concepto teológico de carisma: para los fieles cristianos, el don que Dios transmite a una persona con el fin de que sea aprovechado para el bien de la comunidad…

Hasta aquí las circunstancias que los estudiosos de todos los ‘handicaps’ del marketing político veían en el carácter multirracial y multicultural del senador de Illinois quien logró integrar en su biografía lo que parecía una dificultad insuperable y así potenciar su perfil de presidente integrador, multiétnico, universal; y, en segundo lugar, introducir en el imaginario del electorado un antídoto eficaz contra los prejuicios heredados (desde los padres fundadores de la patria) y alentados en algunos momentos de la campaña desde el Partido Republicano y la prensa reaccionaria. Por tanto, la victoria de Obama ya ha conseguido un hito, que es demostrarle al pueblo estadounidense que una persona que no responde a los estereotipos de la ‘raza política’ puede trascender más allá del límite permitido ‘de facto’ por el sistema (algunas instituciones que han tenido liderazgos de mujeres y hombres oscuros de piel en el Congreso, el poder judicial, los gobiernos estatales y dos veces consecutivas en la Secretaría de Estado).

Han tenido que pasar dos siglos para que una nación pueda mirar a los ojos de una raza sin avergonzarse. En aquellos días, una ley del territorio de Virginia declaraba a los negros, indios y mulatos como un ‘bien’ patrimonio de los blancos. Hoy uno de ellos preside el país más poderoso del mundo. Se empieza a conocer como ‘Obama, el insólito’.

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