Noche de insomnio

|




A Francisco Perusquía que toma café y duerme bien.

Son las tres de la mañana y no puedo dormir. Fui a comer con un amigo y al final pidió un café tipo americano, y no resistí criticar su falta de sensibilidad gastronómica: “Las siglas del café –dije en tono doctoral y mamilas- significan: “C” cargado, “A” amargo, “F” fuerte, “E” escaso. (Para darle énfasis al asunto deletreé) C… A… F… E….

Al ver que no me interrumpía, lo seguí abrumando con breviarios culturales. También, dicen otros, que el café debe ser caliente como el infierno; negro como el diablo; puro como un ángel y dulce como el amor. Y tú salvajemente pides un maldito café americano que es el reverso de la medalla”.

Sin impresionarse mucho me contestó: “Ya estuvo suave de teoría, a ver pídete un exprés doble”. Por acceder a su pérfida provocación, ahora estoy en mi cama, ya cumplí con mi dosis diaria de enajenación televisiva y estoy más fresco que un ostión después de su siesta.

Quizá lo mejor para dormir sea reflexionar en lo hermoso que es dormir. Prueba de que la realidad es una verdadera lata es que todos los animales duermen y los racionales lo hacen una tercera parte de su existencia (en época de crisis y todos los lunes deberían ampliarse a la mitad). Ahora bien, todas las mañanas al levantarnos, la mayoría de los humanos sentimos que es una ración homeopática, pero cuando ese tiempo se está en vela no deja uno de pensar que a la naturaleza se le pasó la mano, y que es un desperdicio que vivamos tanto tiempo desconectados del mundo.

Ahorita, por ejemplo, son apenas las tres y media de la madrugada, y esa neurona argentina, que no es la de Messi, más bien de agente de la border patrol en la frontera, y que todos llevamos dentro, me impulsa a hablarle por teléfono a mi culpable amigo para despertarlo. Mejor no. Pero lo cierto es que estas malévolas intenciones me hacen pensar que mucha de esta agresión, mal humor y violencia que existen en las ciudades, es resultado, tal vez, de que todos andamos en la calle terriblemente desvelados. Quizá Marx inventó su teoría sobre la lucha de clases al día siguiente que un burgués no lo dejó dormir con el radio puesto.

Cabe reconocer que ésta es una cultura que exalta la avidez y el estado de alerta. Recuerdo envidioso la sangronsísima frase: “Camarón que se duerme se lo lleva la corriente”. Eso significa vivir el sueño como sinónimo de derrota, de pasividad, de indolencia; de seguro la imaginó una langosta ejecutiva. Por mi parte señalaría que camarón que tiene insomnio lo enajena Televisa, y quién sabe que sea peor.

Pero debo consolarme; en Francia, si mal no recuerdo, una cuarta parte de sus habitantes padecen insomnio y de ellos tres millones acostumbran tomar cotidianamente somníferos. Es que la época actual es de tensiones, y cuando el organismo pasa mucho tiempo con la guardia en alto se le olvida lo que son las treguas; es época de dudas, y de acuerdo con el significado etimológico de la palabra, dudar es dividirse, hacerse dos, y dormir exige precisamente lo contrario, regresar a uno mismo para ser uno solo.

El insomnio, en cambio, es una especie de eclipse, no es de día, no es de noche, no estoy despierto, tampoco dormido. Además el sueño cambia radicalmente todo el planteamiento del quehacer diario, en el que se sale al encuentro de las cosas, se las conquista, se las vence. Para dormir la conciencia debe inclinarse, ser humilde; simplemente poner las condiciones y esperar a que él -el hermoso sueño- llegue de puntitas. ¡Maldito café!

Ya son casi las cinco, me lleva… Tengo que sacarle algún provecho a estar despierto. Recuerdo que Cioran escribe que se aprende más en una noche de insomnio que en cien de dormir bien. ¿Será? Yo no tengo ganas de aprender nada, me arrastro en la cama, me maldigo, imagino mi rostro en la mañana. Me fastidia estar acostado y me da una flojera inmensa pararme. El insomnio maltrata la autoestima, arruina el presente y cubre de fantasmas el futuro. Me siento en un off side absoluto, no encuentro mi lugar en la cama, en el tiempo, en el espacio, en el universo.

Mi desgracia es que no tengo en mi buró ni los banales discursos de Josefina Vázquez Mota, ni los rutinarios de López Obrador, ni el listado de lugares comunes de Peña Nieto. De Quadri no conozco ni su tono de voz. Si al menos tuviera la grabación de un informe del Gobierno del Estado, pomposo y almidonado, sobre los logros del programa “Oportunidades”. De seguro ellos me salvarían y quedaría dormido automáticamente.

Y si vendiéramos en una USB todos estos discursos -los de “Oportunidades” serían más caros- como somníferos garantizados. Sería un medicamento poco agresivo para, el cuerpo, aunque viéndolo bien, no tanto para la mente. Los daños colaterales al cerebro serían impredecibles e irreversibles. El insomne, al aguzar el oído y escuchar los discursos de nuestros próceres caería fulminado, pero después de oír tantas palabras vacías, exageradas y mentirosas, podría levantarse tarado y balbuceando incoherencias.

Creo que la desvelada me está afectando y empiezo a divagar.

En fin, ante la filosofía capitalista de la acción, rescato desvelado la trascendencia del dormir, la más dialéctica de nuestras funciones. Pues si bien detenemos la vida un poquito y reducimos el ritmo de nuestras funciones vegetativas, también suspendemos nuestro sentido crítico y destrozando inhibiciones abrimos las compuertas a la imaginación, al sendero más barato de las utopías y hasta, por qué no decirlo, a las predicciones. ¡Qué hermoso es dormir!

Es más, no se habrá equivocado la humanidad en poner todo al servicio de la razón y la conciencia. ¿Qué será la esencia de la vida? ¿La vigilia? ¿El sueño? Por si las dudas no vuelvo a tomar café.










Cada colaborador es responsable de lo que escribe y sólo rinde cuentas ante la sociedad y ante sí mismo. Se trata de pensar libremente y hacer pensar en la medida de la inteligencia de cada uno.

Envía tu comentario