Mario “Bombero”

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Estimado lector: para ti los vehículos automotores son cosa conocida y cotidiana. Naciste en la modernidad, en la era mecánica; te acostumbraste a verlos y te rodean desde que tienes memoria, pero imagínate a un poblado a 200 kilómetros de Querétaro, por caminos de brecha, de tierra suelta, cruzando por arroyos o por ríos desbocados, cambiando en unos Cuantos kilómetros de clima, de vegetación, de paisaje, de orientación, de modo de vida. ¿Qué resulta?: otro mundo. Un mundo tranquilo, apacible, rodeado de vegetación y de paisaje, que por cotidiano y perenne te produce costumbre, te produce tedio, hastío e incluso te conduce a la indolencia.

La indolencia de la tranquila quietud de lo intrascendente y cotidiano; la sub-provincia, el pueblo, la comunidad, la villa tranquila y quieta; otro mundo. Esto era Jalpan. Sí, Jalpan, lugar de arena y de ranas; las ranas ya se fueron y de la arena queda poca.

Son las 12:30 del día. Plaza Principal de Jalpan, Mucha gente acude ese día al centro. Son como 15 personas ya, y a estas horas del día el movimiento es inusual. Un joven pecoso, conocido por todos, hasta por los que la memoria les falla, después de acumular diez sobrenombres, camina despreocupadamente, camina mecánicamente, en su espacio, en su territorio, en su Jalpan; ahí nació, ahí está creciendo, aprendiendo a vivir, es su mundo, el único mundo que conoce. No conoce otro. Jalpan de la sierra, corazón de la huasteca queretana; para él no existe más mundo, y siguiendo el legado filosófico del “estagirita”, no existe nada más de lo que existe en nuestros sentidos… Filosofando inconscientemente cruza la calle empedrada, que desde que la bipedestación se lo permite lo ha realizado, para libremente circular por su territorio, “por su corredor ecológico”. El es de Jalpan, y Jalpan es de Mario.

Para su mala fortuna, el Gobernador estaba de visita, con su comitiva, cuando despreocupado –porque no había nada de qué preocuparse–, camina cruzando el arroyo, y siente un fuerte impacto que lo dejaría marcado por toda la vida. Lo había atropellado un jeep; su destino estaba marcado, la marca de este vehículo dejaría huella en el primer niño que encontró: en Mario Olvera, quien a partir de ese momento, sería conocido como “Mario jeep”, hasta la fecha. En virtud de que en ese entonces no se contaba en Jalpan con atención médica, ya no digamos especializada, sino siquiera primaria, Mario tuvo que ser trasladado a la capital del estado para que, en el ese entonces Hospital Civil, fuera sometido a una complicada intervención quirúrgica, que ameritó el implante de una placa metálica en el fémur fracturado. Al regresar a Jalpan, corría la versión de que en virtud de ese implante, el famoso Mario “daba toques”, por lo que se le agregó uno más de sus múltiples motes: “Mario eléctrico”.

Mario creció, logró salvar las secuelas del accidente, estudió y se capacitó, lográndose integrar un tiempo al Ayuntamiento como Regidor. Todos lo respetaban. Sabían que se trataba de un sobreviviente del encuentro de un ser humano con una mortífera máquina: el “jeep”, que en su modalidad de vehículo con tracción en las cuatro ruedas lo había atropellado.

Pasó el tiempo, y con la fama adquirida de quien recibió el embate de 800 kilos de fierros, adquirió confianza en sí mismo y la admiración de amplio sector de la sociedad. Algunos cariñosamente lo habían conocido como “Mario bolitas”, o “Mario cócona”, por las pecas que adornaban su rostro, pero el apodo que a pulso se ganó y con riesgo de perder la vida, ante la amenaza de inminente linchamiento, fue el de “Mario bombero”. Sí, bombero. Binomio de hombre yagua, para “apagar incendios”, pero no es fácil explicar el asunto.

Resulta que durante la festividad del “Santo Niño de la Mezclita” celebrada en la Misión de Jalpan, y con gran arraigo entre lugareños, que se extiende más allá de nuestra fronteras, hasta legar a los emigrantes que ven en la imagen de un Santo Niño, que fue trasladado de Ayutla, y como una buena estrategia para reactivar la fe y las finanzas de la parroquia de Jalpan, algún párroco avezado “sustrajo” la tal imagen desde Ayutla para traerla a Jalpan, a un lugar “más digno” para su adoración. Huelga decir la inconformidad resultante de los lugareños de Ayutla, que se sublevaron ante este acto de “rapiña” a favor de la parroquia de Jalpan. Este acto fue de tal magnitud que en alguna ocasión incluso tuvo que intervenir el ejército para calmar los encendidos ánimos de los “ayutlenses”.

Pues bien, en la festividad del 6 de enero, y con gran afluencia de visitantes, para la cual incluso se contratan autobuses procedentes de diferentes lugar de la región y del extranjero, viendo a la imagen remedio de sus males y siendo objeto de su fe, Mario, alumbrado por las insanas luces con cierto contenido etílico, aceptó un reto de un grupo de amigos, acudiendo al templo para combatir el fuego de las veladoras, con el producto líquido secretado por sus riñones.

Imagínense este irreverente acto. Ante la fe de cientos de personas. El embate del “jeep” no fue nada comparado con el de los que, en el tumulto vieron al irreverente Mario afinar la puntería con un ojo cerrado y disparar a los pabilos encendidos de las veladoras con certero chorro y tratando de optimizar al máximo con ágiles movimientos y, cual concurso, apagar el mayor número de veladoras.

¡De milagro! ¡De puro milagro! Mario “Jeep”, Mario “Bolitas”, Mario “eléctrico”, Mario “cócona”, se había ganado a pulso el nuevo mote, seguramente el más descriptivo: “Mario bombero”. El irreverente “bombero”.

Valga decir que ese día pernoctó en la prisión municipal. Afortunadamente, las “fuerzas” vivas, poco afectas a las manifestaciones espurias y populares de la fiesta religiosa inventada, acudieron en su auxilio.

Hay que ver la cara de satisfacción con la que el multinombrado Mario abandonó el reclusorio municipal.










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