Mandar obedeciendo

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AMLO-Conferencia

Se cumplió la profecía y el tigre se quedó en su jaula. Reverso del 2006, señal de los tiempos trepidantes que vivimos, en tres horas de la noche del domingo sucedió lo que antes se habría llevado una semana. Fue la culminación de la larga marcha de un movimiento social que, rebasando a partidos y estructuras clientelares, aglutinó a agraviados, excluidos y clasemedieros empujados a la precariedad.

Se ha constituido una nueva mayoría de centro, que incluye a la tradición de izquierda más respetable. Por su legitimidad de origen, el poder alcanzado no es la restauración del absolutismo. Fiel a la carga histórica que su triunfo convoca, el nuevo presidente deberá inaugurar la era del “mandar obedeciendo”, empezando por una correcta lectura de su triunfo.

Inmune a las balas, catapultado incluso por el veneno enemigo, Andrés Manuel López Obrador alcanzó un respaldo popular que no tuvo ninguno de los últimos cinco presidentes. Si bien es cierto que 47 de cada 100 mexicanos no celebran hoy esta victoria, también lo es que en su catástrofe, el PAN recogió el justo repudio que le guardan 78 de cada 100 mexicanos. El PRI, en tanto, se hizo de un portentoso rechazo del 85 por ciento de los mexicanos. El antiguo partido de Estado quedó reducido a tres pequeños Broncos y en el PAN se afilan largos cuchillos.

Ni en mis sueños más salvajes habría anticipado esto. En 2014 pensé que Morena sería el mausoleo de ese perseverante hombre llegado de fuera y que no parece conocer la fartiga, a quien las circunstancias colocaron en lo alto de una columna, como a Simón el Estilita, que esperamos no se vuelva penitencia. Si por “cambio de régimen” nos referimos a instituciones, reglas y lenguajes, y si por “cuarta transformación” se alude a un nuevo papel de la ciudadanía, habrá que armarse de paciencia para presenciar, a partir del primero de diciembre, actos simbólicos (el cierre de Los Pinos, el final de la primera dama y las pensiones presidenciales, por ejemplo), entretejidos con políticas públicas orientadas a la abolición de los privilegios y la colocación de los cimientos de un gobierno que deje de funcionar como consejo de administración de la minoría que tripula nuestra economía.

Con todo y mi escepticismo, deseo que se reanude la transición interrumpida por la frivolidad que se instaló en Palacio Nacional el año 2000, y que fue seguida por doce años de violencia y corrupción. Me parece feliz noticia que, en este ajuste institucional que alcanzó dimensiones épicas, el movimiento social en Querétaro haya incluido varias curules locales, varias federales y un escaño en el Senado. Tengo la esperanza de que la incorporación del doctor Gilberto Herrera al Congreso de la Unión será útil al movimiento social local y a nuestra Universidad.

Es cierto, Jerónimo, se ganó el gobierno y eso son apenas las nuevas condiciones para inaugurar un nuevo tiempo. Problemas nuevos se inauguran. Al tiempo que se enfrentan, lo que sigue es esclarecer el tipo de ciudadanía que está brotando de esta coyuntura y emprender la siguiente fase de nuestra historia cívica, que consiste precisamente en construir el poder popular.

 










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