Los perros, El Alegre y Rosita

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POR Andrés Zurita Zafra

Los perros

Se sobresaltó cuando vio lo rápido que iba el perro hacia él, con el hocico abierto y la furia en los ojos, luego era otro y otro hasta que lo rodearon siete. Había salido en la tarde a la tienda de Modesto, donde se echó unos aguardientes con los amigos de tantos años. Era viejo, reumático y alcohólico. A qué quedarse en su casa a esperar la muerte, le decía a sus amigos. En la tienda del barrio polvoriento estuvieron Miguel, Roberto y Mario, habían platicado como siempre de cuando eran jóvenes y se fueron al norte; y también de las muchachas que ahora eran abuelas recatadas, pero en sus tiempos, con sus risas estruendosas y las carnes duras y en su lugar, habían sido fuente de discordia entre ellos.

Se tambaleaba por el alcohol ingerido, su bastón bailoteaba en su mano, lo levantó para asestar un golpe pero sintió la mordida en la pantorrilla izquierda, como trampa de metal que atrapa a un animal. Ya en el suelo manoteó, quiso gritar, pero sólo escuchó el gruñido de los perros como en una guerra campal.

Los jaloneos furiosos cesaron cuando ya no opuso resistencia.

“Cuando los perros andan en brama, no dejan dormir” recordó una frase de su madre.

El Alegre

Le decían El Muchacho Alegre o simplemente El Alegre. Cantaba en las cantinas mientras los parroquianos levantaban el brazo para saborear su cerveza. En ese tiempo tenía veintitrés años, las mujeres eran su vicio, aún cuando era casado, le gustaban las mujeres ajenas. A veces se paraba en una esquina del rancho y los vecinos murmuraban “seguro anda con fulana”.

Cuando Pedro lo vio merodeando por su casa, los celos lo convirtieron en un energúmeno; llegó a su casa y le puso una golpiza a su mujer con lo que encontró a la mano, incluso con una reata de lazar. La sangre corrió por el cuerpo de Elvira.

A los pocos días Elvira le llevó comida a Pedro, que estaba en la parcela preparando la tierra para sembrar, cerca de la loma de calizas y yucas. Cuando regresaba por la zona de riego se encontró al Alegre que silbaba una canción montado en su caballo.

Ella se detuvo y lo saludó, a él se le hizo raro la risa de Elvira y la luz de sus ojos

—¿A dónde vas?— le dijo la mujer con una mirada capaz de bajar al arriero con más prisa.

Él se bajó del caballo y la saludó de mano.

—Voy a traer mi ganado— le dijo El Alegre.

—Quiero mostrarte algo— le dijo Elvira y lo jaló hacia el centro de la milpa que ya tenía elotes. Él la siguió curioso, separando las hojas del maíz. Como a cincuenta metros se detuvo.

—Mi marido me pegó porque dice que tú y yo nos estamos revolcando. ¡Tengo tanto coraje!, mira nomás cómo me dejó—. El Alegre se sorprendió por las marcas de los golpes en el cuerpo de Elvira que se había levantado el vestido por arriba de los muslos.

—Quiero que lo hagamos ahorita para que los golpes sean con provecho—, dijo mientras se recostaba en el surco, sobre su rebozo. Él se acercó despacio, acarició con las manos las llagas en el cuerpo de Elvira.

—Tengo mucho coraje— volvió a decir y su mirada se perdió en el azul intenso.

—Por Dios que yo no andaba con Elvira—, dice don Tacho, ahora que recuerda el suceso y se ríe mostrando los únicos dientes que le quedan.

Rosa

Muchas veces fue a Estados Unidos y regresó, trabajaba en los campos agrícolas y tocando su violín. Una vez que regresó le dijeron que su hija Rosa se había ido con el novio, le entró el sentimiento y se fue a la tienda de Carmela donde tomó cerveza hasta que no se pudo mantener en pie.

Rosa aún no tenía seis años y ya acompañaba a su mamá cuando eran las once de la noche y su papá no había llegado a casa.

—Seguro está en la cantina—, decía su madre. Más que cantina era una tienda donde había unos cuantos productos en el anaquel de madera verde y cartones de cerveza apilados en el piso. En ese tiempo no había refrigeradores, pero no se necesitaban en ese pequeño rancho de la montaña donde comenzaban los pinos y siempre estaba fresco.

Ella tenía miedo y apretaba su pequeña mano entre la callosa mano de su madre, llegaban frente a la puerta de metal y la pequeña Rosa entraba, mientras su madre esperaba a que los dos salieran. El hombre de bigote espeso salía apacible, echaba un brazo sobre los hombros de su mujer y con la mano derecha sujetaba a Rosa. Caminaban en la oscuridad, en las calles resbaladizas por la fuerte pendiente y las areniscas. Atrás quedaban las voces de Las Jilguerillas, el dueto de voces agudas que los hombres del rancho preferían cuando tomaban.

Yo soy el muchacho alegre

que me amanezco tomando

con mi botella de vino

y mi baraja jugando….

Por el sonido de Carmela se mandaban saludos y se dedicaban canciones, así todos se enteraban de quienes iban a salir al norte, a la cosecha de la uva en California.

Cuando su padre volvió a ver a Rosa, todavía tenía cara de niña, pero ya traía a su primer hija en la espalda, dormida entre el rebozo.

El padre de Rosa puso una tienda en el rancho y todas las tardes tocaba su violín, pero se volvió a ir porque la tienda era pequeña y no alcanzaba para mantener a la familia.

Pero la mala suerte lo acompañó esa vez, murió en un pleito de cantina, los paisanos se cooperaron para enviar su cuerpo en avión.

Rosa ahora tiene arrugas en la cara, es abuela, sus hijos crecieron y también se fueron a trabajar a Estados Unidos, hace cinco años que no los ha visto, pero le hablan por teléfono. Cuando camina en las calles oscuras siente su mano pequeña entre la mano de su padre.










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