Los daños

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POR Augusto Isla | Hace muchos años, escribí sobre “El régimen administrativo en el Estado moderno”. Fue el tema de mi tesis de licenciatura. Dicho régimen es un legado de Francia que México implantó. Está vinculado a conceptos como servicio público, expropiación por causa de utilidad pública, contrato administrativo, Consejo de Estado (conseil d’Etat), éste último como institución defensora de los derechos ciudadanos frente a la administración pública. El tribunal de lo Contencioso administrativo es una derivación de aquel Consejo de Estado, hoy dichosamente adoptado en nuestra entidad, tiempo después de aquellas horas en las que yo propuse su creación.

Evoco esta experiencia personal a propósito de los atropellos del municipio en nuestra ciudad académica, concretamente en la calle Ezequiel Montes, devastada por la obra pública so pretexto de mejorar la movilidad. Los daños a los comerciantes son evidentes y han provocado grandes pérdidas. Impunemente.

Sé que la crítica a esas atrocidades no mella la armadura de la necedad del munícipe, quién con furor jamás cansado se empeña en continuar su errático proceder sin convenir con los vecinos lo que al interés de los afectados conviene.

Pero a éstos, los afectados, les recuerdo que, independientemente de su callado malestar, cuentan con un instrumento legal (justamente el tribunal aludido) para reclamar la reparación de los daños. Si ejercen su derecho o no, es cosa de ellos. Es obvio que la queja es insuficiente: hay que ejercer los derechos, luchar por su respeto. Ejercerlos, lo he dicho en esta columna, es la única senda para fortalecer el estado de derecho. La democracia no es sólo el sufragio, sino también la construcción cotidiana de la legalidad, ese decir ‘no’ al capricho del gobernante, ese decir ‘no’ a la corrupción, que es, entre otras cosas, el abuso de la autoridad movido por no sé qué desprecio al ciudadano, esa discrecionalidad avasalladora de la que no habla ‘el Joven taravilla’, tan propenso a los lugares comunes, a las vaguedades de un boquiflojo, a ver sólo la paja en el ojo ajeno, que no la viga en el propio.

 










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