LOS ALACRANES

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En una fotografía aparecen López Obrador y Salgado Macedonio, ambos miran a la cámara en estrecho abrazo; en otra, sonríen viéndose el uno al otro. “Dios los hace y ellos se juntan”. Dos alacranes. Ambos con una larga trayectoria delincuencial: el presidente, presunto homicida de su hermano, incitador a la violencia, vulgar, algo más que un necio autómata, una máquina movida por un resorte (…) que lo hace moverse y dar vueltas siempre al mismo paso y sin detenerse nunca… como diría La Bruyère. Pero no. Es más que un necio: es un desquiciado que emponzoña lo que toca; México es un país envenenado por el odio, el resentimiento de un alma podrida. La destrucción es una ponzoña: un aeropuerto, abandono de los niños con cáncer, clausura de estancias infantiles y albergues de mujeres maltratadas. Un impío. Como todo aquel que pierde la razón.
El otro, el desdichado senador, un patán, acusado de violador por varias mujeres; basta verlo: un monstruo por dentro y por fuera, un monstruo que hoy aspira a gobernar el estado de Guerrero, con la venia del señor de Macuspana, quien cada vez que lo cuestionan, lo defiende con un “ya chole”, harto ya de ser confrontado con su desatino. Porque a decir verdad no ha sido el anodino presidente de Morena, Mario Delgado, quien aprueba la ignominiosa candidatura, sino el tiranuelo tabasqueño, pues no se mueve la hoja de un árbol sin su trastornada voluntad. Comprensible después de todo, dado que la suerte de los guerrerenses nada le importa. Al arácnido narcisista solo le interesa el seguir apoltronado en la silla embrujada, desde donde reparte insultos, calumnias, escupe cada mañana sus berrinches como cuando era niño, el mimado de su madre, acostumbrada a sus mentiras, a sus caprichos, a sus desarreglos emocionales. Pobre mujer aquella que nunca imaginó a su criatura enloquecida ocupando Palacio Nacional.










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