Las voces de Antonio Porchia

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POR César Cano Basaldúa

1. Antonio Porchia, italiano y argentino, toma con naturalidad el camino de la decepción. La suya no es la vida de un hombre redimido por la alta cultura. Tampoco la de un erudito tocado por la gracia de la inteligencia en medio de la penuria. Carece del ascendiente concedido por los grados universitarios, no se alista en las filas de alguna intrépida vanguardia, no integra el índice de revistas acreditadas, no ostenta su amistad o consanguinidad con alguien irrebatible, no es parte de la leyenda de otro, no exhibe el comportamiento de un intelectual o de un aspirante a ilustre sapiente. Su vida y su persona son cotidianas y comunes salvo por un hecho: durante años escribe brevedades en prosa (al final de todo, parte de la mejor poesía en español del siglo XX) y que él bautiza como Voces.

2. Autor y escritura constituyen una rareza cuando menos: publica muy tarde pues tiene 58 años cuando aparece su primer libro, costea las primeras ediciones de sus Voces (y termina por obsequiar el tiraje a la Sociedad Protectora de Bibliotecas Populares), es ignorado durante décadas por la mayor parte del público lector del siglo XX, no se confecciona una imagen como artista ni produce teorías para dar marco a su escritura, y es más bien conocido por los oficios ejercidos para subsistir (toda una herejía cuando de currículo y renombre se trata): tejedor de cestas, apuntador en un puerto, jardinero, impresor, albañil. Así pues, este hombre sin estudios que lo validen, sin prosapia cultural que lo ampare, sin amistades o relaciones que certifiquen su escritura, ¿qué fue lo que escribió?

3. Si Antonio Porchia inventó un nuevo género para la literatura, si recreo alguno ya existente, si conjuntó los rasgos de variadas maneras del lenguaje, si cruzó de la margen de la vida a la orilla opuesta de la cultura prominente a través de un puente de significados complejos pero cuyos nudos son términos no por fuerza cultivados, si ilustra la ausencia de teorías o se ajusta como estampa de algún tipo de pensamiento (han insistido en su afinidad con Nietzsche o con los proverbios bíblicos), si construyó una autobiografía análoga a la vida de cualquiera, si la paradoja tanto como la aporía son los territorios erizados de enigmas donde se instala, si no hay escritura como tal en sus hechuras (por eso precisamente les llama voces, dicen algunos) y la oralidad es madre y maestra, si todo su contenido y esfuerzo se reduce a ocurrencias, si filosofa sin sistema o es el más secreto y metódico de los pensadores populares, si el no haber pretendido ser escritor sirve ahora para negarle ese título (y tal vez se podría hablar del “señor” Porchia, quien pergeñó algunas sentencias de estilo vernáculo), si las Voces encarnan como ninguna otra cosa ese afán de contener y comprender enunciado por el Wittgenstein del Tractatus Logico-Philosophicus (El mundo es todo lo que acontece), si –en suma– logra la profundidad o se desplaza por la superficie, es lo menos impresionante. Lo verdaderamente insólito es cómo ha motivado todas estas especulaciones y muchas otras con sólo un corpus muy delgado de escritura.

4. Para este lector ofensor de lo correcto, Porchia significa cosas lejanas, opuestas o desconocidas a su ser y a sus intenciones. Que su escritura semeje un reiniciar perpetuo (cada Voz es una contienda por principiar la historia de los objetos, cada palabra busca producir el instante de su origen no en la lectura sino en la lengua, cada signo de puntuación busca articular de manera originaria los conceptos, cada construcción es un tanteo por recobrar el orden de la vida –scriptum est vita–) no quiere decir sea así más allá de algunas lecturas. La demasía en la interpretación está sujeta a nuestra historicidad pero también a un fenómeno lingüístico concerniente a la singularidad del caso Porchia: si carece de o se le niega la nombradía literaria y cultural (cualquier cosa que signifiquen estos dos vocablos), entonces se puede ensayar una especia de restitución, un recuperar la condición se supone que dada tanto por el cultivo, el cuidado de lo vivo (y se afirma la vida de una lengua por medio de su práctica), como por el acervo o cúmulo de los saberes propios del leer y escribir. Ahí comienza el desarreglo de la problemática porchiana: no aspira a significar las grandes cosas pero se le confiere una atención y una curiosidad no buscada en primer término. Así, este ejercicio de inteligencia evoluciona hasta ser un enigma y un desafío: dice con simpleza cuando todo decir es cuando menos laberintico. Pero, estoy seguro, también estas dudosas palabras son parte de esa labor poco impresionante de intentos de entender sabiendo no hay entender único ni último.

5. No tengo problema en quedarme con una síntesis biográfica: Antonio Porchia Vescio nació el 13 de noviembre de 1885 en el pueblo italiano de Confleti. Emigró, con su madre viuda y cinco hermanos, a Buenos Aires en 1906. Amistó con integrantes de la Federación Obrera Regional Argentina, así como con pintores y escultores anarquistas de la Agrupación de Gente de Arte y Letras Impulso. Publica por primera vez casi a los sesenta años. Roger Caillois alguna vez le espetó: “Por esas líneas yo cambiaría todo lo que escrito”. La mítica revista Sur e le niega la publicación en sus páginas pero rectificará años después cuando las Voces eran ya un éxito de lectura en Europa. Aun así, sigues siendo por muchos años más un autor semisecreto y de culto. Muere el 9 de noviembre de 1968. A 131 años de su natalicio, su existencia modesta y la enorme calidad de sus Voces siguen ganando lectores adeptos que tal vez suscribirían lo dicho por Alejandra Pizarnik: “Su libro es el más solitario, el más profundamente solo que se ha escrito en el mundo y no obstante, releyéndolo a media noche, me sentí acompañada, o mejor dicho amparada”.

VEINTE VOCES

Esta brevísima selección es también una invitación para conocer la escritura de Antonio Porchia. La numeración es nuestra y no significa orden jerárquico alguno.

1. La verdad tiene muy pocos amigos, y los muy pocos amigos que tiene son suicidas.

2. No ves el río de llanto porque le falta una lágrima tuya.

3. Mientras vivo, yo sólo sé de mí. Después, yo sólo no sabré de mí.

4. Estoy tan poco en mí, que lo que hacen de mí, casi no me interesa.

4. Un amigo, una flor, una estrella no son nada, si no pones en ellos un amigo, una flor, una estrella.

5. todo juguete tiene derecho a romperse.

6. Mi pobreza no es total: falto yo.

7. Si no levantas los ojos creerás que eres el punto más alto.

8. Mis ojos, por haber sido puentes, son abismos.

9. Y si llegaras a hombre, ¿a qué más podrías llegar?

10. Quiero por lo que quise, y lo que quise, no volvería a quererlo.

11. Quien se queda mucho consigo mismo, se envilece.

12. Cuando todo está hecho, las mañanas son tristes.

13. Veía yo un hombre muerto. Y yo era pequeño, pequeño, pequeño. . . ¡Dios mío, qué grande es un hombre muerto!

14. Hay sueños que necesitan reposo.

15. Se apiadan de las víctimas, las víctimas.

16. Cuando no se quiere lo imposible, no se quiere.

17. El hombre ciego lleva una estrella sobre sus hombros.

18. Te depuras, te depuras. . . ¡Cuidado! Podría no quedar nada.

19. A veces pienso en ganar altura, pero no escalando hombres.

20. Hallé lo más bello de las flores en las flores caídas.

 










Cada colaborador es responsable de lo que escribe y sólo rinde cuentas ante la sociedad y ante sí mismo. Se trata de pensar libremente y hacer pensar en la medida de la inteligencia de cada uno.

Un Comentario en “ Las voces de Antonio Porchia”

  1. Julio Figueroa dice:

    Bien por Porchia revisitado por sus fieles, viejos y nuevos lectores.
    Es bueno regar a nuestros autores para que sigan viviendo y nos sigan alimentando.
    Nombres, fantasmas y obras.
    Gracias, César.
    –En el 20 aniversario luctuoso de Heberto Castillo y en el 91 del natalicio de Scherer, ya sin Scherer.
    Qro. Qro., abril 2017.

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