Las palabras y las cosas en psicoanálisis.

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El entrelazamiento entre la lingüística y el psicoanálisis es de gran importancia en la clínica psicoanalítica. Lo que conocemos como verdad, enunciada por Aristóteles como Adaecuatio rei et intellectus , es decir, la relación de conformidad entre la idea producida por la mente y la cosa conocida como realidad, no existe en psicoanálisis. La verdad psicoanalítica es huidiza, como en el concepto de Aletheia de Heidegger, que afirma que la verdad es aquella que al decirla se oculta, por esta razón hay que profundizar en el estudio de las palabras. Los psicoanalistas no son lingüístas pero se interesan en el límite donde el lenguaje tropieza, ahí donde la palabra se extingue, donde la definición común se evapora, el medio dicho, el lapsus, el doble sentido.

Las palabras contribuyen, en cualquier idioma, a precisar, a definir, a decir el ser de las cosas, pero en psicoanálisis, esa realidad es evanescente, huidiza, dice y no dice, como expresa el concepto de la Aletheia de Heidegger (Heidegger:1983), la verdad que al decirla se oculta.

Todo mensaje, verbal o escrito, en la selección y combinación de sus constituyentes, implica un recurso a un código dado y a un conjunto de operaciones metalingüísticas latentes, el símbolo, cuya representación o investidura subyace a este armazón perpetuo, sostiene Jakobson.

La función metalingüística es la única de las funciones inseparables del lenguaje (y exclusivamente humana), dado que está centrada sobre el código simbólico y su funcionamiento. Es decir, la característica esencial del lenguaje no es la información, como bien lo dice Chomsky, sino que practicamos el metalenguaje sin percatarnos del carácter metalingüístico de nuestros asertos. Más allá de estas formulaciones lingüísticas, está la función de la palabra en el psicoanálisis, en el que el empleo del lenguaje para la comunicación no es sino sólo uno de sus usos. Aquí es donde el psicoanálisis comenzaría. Sin embargo, los límites no son claros, son como las playas, se estiran o encogen conforme el estado de ánimo del mar.

El lenguaje no se queda como referente único de comunicación, como afirma Noam Chomsky (Chomsky:1963), sino que existe el metalenguaje. Jakobson (Jakobson:1975) hablaba, en su momento, de la función metalingüística o glosadora, asignando al término “metalenguaje” un significado equivalente al que en el paradigma tendría un término como “meta teoría”, es decir una reflexión sobre el lenguaje mismo, en donde la etimología juega un papel de gran importancia en el proceso asociativo tanto del paciente como, principalmente, del analista.

Si el analista examina con cuidado, en la transferencia y la contratransferencia, ese cuidado debe ser extremo para no introducir en las intervenciones convicciones o palabras que impliquen un tipo de prejuicio propio, que contaminen el proceso psicoanalítico. Existe un lazo indisoluble e imperceptible entre lo que hablamos y el inconsciente , no sólo en los lapsus, sino cuando ejercemos la contratransferencia en la clínica de manera inercial. Es inevitable el entrelazamiento entre la etimología y el psicoanálisis, por ello es importante desentrañar los diversos significados de las palabras , tal como lo hizo Freud magistralmente en los análisis de casos que presenta en su obra.

Una palabra que puede causar inquietud en cualquier supervisión analítica, en la contratransferencia, es ABSOLVER . La intencionalidad latente del psicoanalista de buscar absolver, en vez de remitir, los conflictos de un consultante. ¿Qué habría detrás de esta equivocación?

El origen etimológico de absolver es: absolvo, absolvis, absolvi, absolutum, absolvere. El participio pasivo es absolutum , absoluto, total, omnicomprensivo, lo último a que se llega. Ab y solvere , donde ab expresa separación del exterior, de un límite, a partir de un inicio, desde, y solvere, de soltar, disolver. Absolvere tiene significado de desatar desde el principio , remover, declarar, concluir, morir, perfeccionar, desembarazarse, despedir, probar, tal como lo han usado los clásicos latinos.

De esta manera Sallustio dice: Paucis absolvam, “ lo diré en pocas palabras”. Terencio: absolvere diem, “ morir” (desvanecer el día); Cicerón lo usa para concluir un trabajo, dar la última mano, terminar: absolvere opus. Prisciliano lo usa en su sentido de totalidad: absolvere nomen, nombre absoluto. Lo anterior demuestra las variantes literarias de la palabra absolver.

Es conveniente esta revisión de los clásicos porque la Iglesia católica estereotipó el verbo absolver vinculándolo a la remisión de los pecados: Ego te absolvo a peccatis tuis (yo te absuelvo de tus pecados, yo te perdono). La confesión inventada en la Edad Media y elevada al nivel de los sacramentos como el bautismo, el matrimonio o la extrema unción, para otorgar al poder eclesiástico la capacidad total de perdonar los pecados, de esta manera absolver se convierte en la llave para ir al cielo o en la espada para la condenación eterna (sentido de absoluto), si no acudes al confesionario y arrodillado confiesas todos los pecados de pensamiento, obra y omisión y pides la absolución, viene la condenación eterna. Esa es la disyuntiva en que te pone absolver o no absolver, ser o no ser, ad aeternum. Por toda la eternidad.

Siempre me pareció excesivo este poder para un mortal sobre otro. ¿Con qué cualidad o superioridad moral podría un sacerdote perdonar los pecados a un semejante? ¿E s superior para decidir sobre otro ? ¿La unción sacerdotal te da realmente esa superioridad sobre otra persona para tener el poder de mandarlo al cielo o al infierno?

Si vinculamos este exceso religioso al poder de curación del psicoanálisis, esta palabra atraerá esa irrupción de la iglesia medieval en la vida de los otros, pero también la soberbia del psicoanalista sobre los semejantes. El supuesto saber del psicoanalista no equivale a la unción sacerdotal para condenar o salvar, desde una posición de poder, para desatar las cadenas de los pecados psicológicos y otorgar la gloria de la felicidad , la remisión de la enfermedad o del trastorno.

Tal vez a lo más que se llega en la clínica es a desembarazarse de algunas tensiones, de algunos recuerdos encubridores , disolver alguna angustia, perfeccionar algún afecto, declarar alguna neurosis de transferencia, remitir algunos síntomas, pero eso sí, nunca podrá otorgar las llaves del cielo o condenar al infierno eterno del trauma o el trastorno . No es absoluto. El psicoanalista sólo “posa transferencialmente”, no tiene el poder sobre la mente o sobre la vida de nadie.

Es preferible un psicoanálisis relativo, equidistante, temporal , humano . Es preciso evitar el convencimiento de que la interpretación psicoanalítica absolverá los pecados psíquicos del paciente, el poder curador del psicoanálisis no puede confundirse con la remisión de los pecados, de los errores, de nadie. La educación religiosa del psicoanalista no puede traslaparse con la interpretación y debe cuidarse en la transferencia de confundir el papel del psicoanalista con el del confesor. Es preciso desterrar la noción de poder en la clínica.

No podemos llevar el psicoanálisis al ámbito de la fe, éste no equivale a limpiar el alma. Por eso me dan escalofríos cuando encuentro artículos psicoanalíticos en los que se traslapan términos religiosos con conceptos psicoanalíticos. Aquí tiene sentido la neutralidad del psicoanálisis, esa neutralidad tomada del Derecho Internacional aplicada a la no intervención, a no tomar partido en los conflictos del paciente, principalmente cuando éstos sean de carácter religioso. Ese error lo cometió Bert Hellinger, pero eso no hace a las constelaciones familiares poderosas fuentes de remisión de nada. Hay que estar atentos a la contratransferencia inercial de la fe personal en la clínica psicoanalítica y desterrar radicalmente cualquier abuso de poder. Es parte esencial de la ética profesional.










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