Las guerras populares contra el capitalismo imperial

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Es criminal quien promueve en un país la guerra que se le puede evitar; y quien deja de promover la guerra inevitable.
José Martí

Se han cumplido veintinueve años desde el final de la Guerra Fría, simbolizada por dos acontecimientos que inauguraron una nueva escalada de violencia imperialista sobre la humanidad: la caída del Muro de Berlín y la pomposa proclamación del fin de la historia de Francis Fukuyama.

Veintinueve años de una infame coexistencia pacífica mundial, entre opresores y oprimidos, que seguirá dilatando hasta su extremo el dilema de la especie humana: civilización o barbarie.

Desde los escombros de la ortodoxia soviética, el neoliberalismo fue la única bandera ideológica que se ondeó para glorificarse, con mayores ganancias corporativas, de las invasiones norteamericanas sobre Oriente Medio, presagiando la nueva conflagración mundial que podría estallar en cualquier momento; Estados Unidos, con su privilegiada economía de guerra, chantajea a las mediocres ONU y Unión Europea, amenazando insólitamente a las soberanías del Viejo Continente desde los tiempos de la Segunda Guerra Mundial; aprovechando las carencias tecnológicas y educativas de los países subdesarrollados, las agendas de dominación cultural les atornillan la creencia de superarse como una eterna pieza secundaria del fatal sistema-mundo capitalista, encubriendo la nueva fase neocolonial que envuelve a todo el orbe.

Con el ingenuo poderío estadounidense sobre aquel desaparecido campo socialista y el resto del mundo, no se realizó un análisis profundo del Nuevo Orden Mundial que sigue masacrando a la humanidad bajo el falso lema burgués de los derechos humanos.

No fue el fin de la historia ni el final de las ideologías, excepto de un renacer genocida del sistema capitalista y su fase superior imperialista; Fukuyama fue el mayor hazmerreír de quien parecía estar destinado a escribir el epitafio marxista de otro mundo posible.

La historia sigue su marcha y son los pueblos y el planeta entero quienes aún padecen las más grandes y terribles transformaciones de este sistema capitalista, caracterizado por sus profundas crisis económicas y guerras interimperialistas, condiciones y circunstancias desatadas mucho antes de la creación del Telón de Acero o el estallido de la Revolución de Octubre.

Una diversidad de confrontaciones políticas y guerras civiles que han estallado en las últimas tres décadas, ha respondido a la lógica mundial de un capitalismo de coexistencia violenta que transita a un imperialismo genocida; apoyado en diferentes discursos ideológicos y políticos, todos bajo la lógica del Capital, se perpetúan las desigualdades humanas en todo el globo.

Ahora se desvelan los signos inequívocos de esta sangrienta transición capitalista con el aumento de las más agudas crisis humanitarias: los miles de cortejos fúnebres del bombardeado Oriente Medio y los cadáveres flotantes del Mediterráneo; el patriarcado retrógrado que se acrecienta como auténtica arma de guerra no sólo contra las mujeres, sino también sobre aquellas sociedades que conduzcan su desarrollo humano desde la perspectiva de género; los tentáculos terroristas de cuya cabeza es bien identificada sobre las lejanas guerras de Libia y Ucrania, y las masacres planificadas del sureste asiático y el norte africano; la xenofobia y el racismo sistemáticos que apuntalan al surgimiento de las sociedades fascistas del mañana; la militarización atómica del espacio sideral del planeta; el desajuste del cambio climático, el más frágil de todos los equilibrios mundiales. Todas estas nuevas crisis espirituales de la humanidad han sido olímpicamente olvidadas por la comunidad internacional.

Hoy en día, pese a la nueva tragedia que se cierne sobre la faz de la tierra, están en curso dos grandes conflictos que vislumbran positivamente el destino de la humanidad y su posicionamiento mundial frente a los peligros que desentraña el imperialismo, el artífice de las guerras del pasado y del futuro, y el capitalismo, como el patrocinador de viejas y nuevas formas de alienación y explotación -formal o clandestina- de millones de hombres, mujeres y niños a nivel global.

La República Árabe de Siria, bombardeada durante años por una decena de naciones y tomada como rehén de varios grupos terroristas, está próxima a liberarse de la guerra que empantanó a los mercenarios pro-estadounidenses del Estado Islámico y el Frente Al-Nusrá; la actual campaña militar del norte, que amenaza expulsar las bases norteamericanas situadas en la zona y coquetea al sur con los Altos del Golán ocupados por Israel, sería la tercera gran humillación en la historia del imperialismo estadounidense, después del fracaso de Bahía de Cochinos en Cuba y la caída de Saigón en Vietnam; aldeas, ciudades y provincias enteras, empiezan a florecer con la reactivación de sus industrias y la reconstrucción de sus hogares.

Yemen aún está lejos de superar los horrores y sacrificios de su propia batalla contra el imperialismo saudí, pero el camino de la próxima liberación ya se está escribiendo. Decenas de miles han sido asesinados por la lluvia de misiles que ha devastado a este pequeño país en su cuarto año de guerra; el hambre y las enfermedades son los efectos colaterales que amenazan la vida de 20 millones de habitantes; Al Hudayda ha sido prácticamente la única esperanza de ayuda humanitaria en estos años y, actualmente, está violentamente disputada entre el movimiento popular de Ansarolá y el ejército yemení contra Arabia Saudí y sus grupos mercenarios; no olvidemos la existencia de hasta una veintena de campos clandestinos en donde se torturan sexualmente a los prisioneros yemeníes.

Más allá de las luchas de clases que distinguieron la gran epopeya socialista del siglo XIX, el siglo XXI representa ahora la lucha por la supervivencia de la especie humana y el destino ecológico de su único planeta hogar.

Lo anterior no significa abandonar la lucha por el socialismo, entendido éste como la eliminación de la explotación de hombres y mujeres, así como la apropiación colectiva de sus capitales económicos nacionales; socialismo construido desde las bases sociales progresistas, originarias, sin cascarones partidistas que empantanen potenciales proyectos revolucionarios; socialismo íntimamente vinculado a un comunismo internacional que estimule y dignifique las diversidades humanas, transformando sus dimensiones culturales a la par de su progreso económico.

El panorama del mundo ya representa un hito importante para vislumbrar la nueva época totalitaria que irá tomando mayor fuerza en las décadas venideras; todos los métodos terroristas y doctrinarios del neoliberalismo se preparan para crear verdaderas sociedades y ejércitos fascistas con la capacidad de exterminar al ser humano en su más elevada expresión. Israel es un simbólico recordatorio de estos nuevos tiempos supremacistas.

Cada continente encara sus propias contradicciones históricas frente a la violenta etapa actual de la explotación y la alienación; tres continentes que representan, en su conjunto, la futura estrategia político-militar que ya se está construyendo en Oriente Medio y que ha limitado, por el momento, el campo de acción del imperialismo y sus remanentes nucleares para el resto del planeta.

América se convierte en la incubadora de nuevas formas de terrorismo: la fabricación de oenegés mercenarias a regímenes latinoamericanos, conforman esa estrategia golpista que toma mayor fuerza con los medios de desinformación del odio y las jurisprudencias del terror. Esto gracias al patrocinio policial de gobiernos entreguistas que resguardan los grandes intereses económicos del Capital del Norte.

Asimismo, se transforma en el portaviones continental de los eslabones más débiles del sistema imperialista; el reciente declive de Israel ha planteado, por primera vez en 70 años de una colonización casi centenaria, la posibilidad de una derrota que los obligue a retirarse indefinidamente a Argentina, amenazando convertir a la región en el futuro semillero clandestino de mercenarios extranjeros y nacionales; a su vez, la inclusión de Colombia en la geopolítica terrorista de la OTAN es una clara muestra de fuerza para destruir, de una vez por todas, al gobierno legítimo de Nicolás Maduro; es la mayor ambición norteamericana para coronar su hegemonía en la región.

La reciente victoria de Andrés Manuel López Obrador y las primeras acciones emanadas de su partido (su discurso triunfal para conciliar a clases cada vez más polarizadas de la sociedad mexicana; el apoyo tácito al autoritarismo universitario sobre los intereses estudiantiles; el carácter consultivo para garantizar los derechos sexuales y reproductivos y la voluntad de frenar o ejecutar de proyectos aéreoportuarios) no preveen transformar la situación desigual que sigue existiendo entre México y los Estados Unidos y entre éstos y el resto del continente; las notables contradicciones al interior de su partido y su asimilación a la impunidad política mexicana, evidencian los primeros signos irreversibles de la nueva caricatura de vanguardia que pretende consolidarse en medio de este complicado contexto regional.

¿El pueblo mexicano seguirá soportando las mismas diplomacias humillantes de su nuevo gobierno en favor del régimen norteamericano? El tiempo dirá.

Nuevos tiempos oscuros amenazan las soberanías nacionales y las independencias económicas del continente. Hoy se ataca a Venezuela y Nicaragua, mañana serán otros pueblos americanos que se pondrán a prueba de fuego. El dilema de los regímenes progresistas y fascistas explotará más o menos en los próximos años ante su mayor enemigo histórico: Estados Unidos.

En Asia, incluyendo por supuesto a Oriente Medio, la situación ha sido, hasta ahora, la más dramática desde la Crisis de los Misiles, no sólo por la inquietante geopolítica nuclear que casi envolvió a norteamericanos y coreanos hace un año, sino también por la gran convulsión geográfica que ahora bombea peligrosamente el corazón del mundo árabe. El esperado asalto final sobre la provincia noroccidental de Idlib, aguarda como la nueva caja de pandora presta para liberar y superar todos los males creados hasta ahora en la guerra de Siria: las fosas clandestinas, los zoológicos humanos, las familias utilizadas como armas mediáticas para movilizar el espíritu genocida de la opinión pública, los millones de refugiados, la devastación de un país entero como parte de las cláusulas terroristas para acribillar a todos los pueblos del mundo.

Se trata de un sector del planeta que deja innumerables recordatorios de la catástrofe atómica que seguimos aguardando, y un ejemplo heroico del doloroso camino emancipador que debemos y necesitamos reconstruir para liberar hasta la última zona expoliada por el imperialismo.

El plan Yinon planea balcanizar Oriente Medio con el fin de salvar y fortalecer a Israel frente a sus adversarios árabes; el heroico pueblo palestino, sin contar con un ejército, ha impedido la materialización de dicho plan desde hace mucho tiempo sin reconocerle aún su gigantesca contribución; los ejércitos sirio y yemení de hoy están coronando las victorias de ese mundo musulmán que se dignifica ante los ojos de Occidente luego de la pantalla terrorista del 9-11. En estas históricas condiciones, la liberación de Palestina y el retorno de 5 millones de refugiados se acrecientan ante el aumento significativo de los triunfos militares y diplomáticos, amenazados esta vez por el infame acuerdo del siglo que pretende legalizar, de forma permanente, el genocidio palestino.

Recordemos el largo martirio que ha significado la ocupación militar sionista sobre el pueblo palestino por casi un siglo; ningún otro pueblo en su historia había abanderado tanta dignidad nacional en su lucha contra un poderoso enemigo desde la guerra de Vietnam; trágicamente, el olvido internacional es un factor compartido por ambos países que en nada contribuye al alcance de esa anhelada paz mundial.

Exceptuando Afganistán y Palestina, países que actualmente sostienen largas guerras de liberación nacional, Oriente Medio ya no tiene el mismo carácter caótico y desesperanzador que lo hizo tristemente célebre a principios de este siglo; una vez más en su historia, es el florecimiento del mundo musulmán en medio de una nueva Edad Media occidental de cruzadas militares y marchas de la muerte.

Sin embargo, aún existe Israel que posee intacto un arsenal atómico de hasta 200 cabezas nucleares y un número desconocido de armas biológicas y químicas, listas para defender su régimen hasta la muerte si es necesario; de la máxima cúpula sionista dependerá, como única responsable histórica, si se escribe el tercer episodio de un genocidio nuclear que ponga fin a la más larga historia de lucha que se haya conocido entre una verdadera dictadura y un heroico pueblo libre.

África sigue representando la síntesis de muchos de los males del mundo: se agravan las crisis ambientales que convierten a países completos en tierras de nadie (Etiopía, Somalia); en nuevos campos de exterminio (Nigeria, Libia) y transformando las realidades autóctonas en laboratorios clandestinos de explotación esclava (la República Democrática del Congo).

En medio del brutal contexto demográfico se deja entrever el potencial tecnológico y ecológico de África en contraste a muchas potencias occidentales; la historia contemporánea es testimonio fehaciente de que un presente conquistado por los pueblos africanos no sólo es posible, sino también necesario para invertir la balanza mundial de la barbarie por la civilización; el legado revolucionario, ecológico y feminista de Thomas Sankara, habla de un signo contundente de la lucha por la liberación de esos pueblos africanos que se enfrentarán algún día, al igual que los demás pueblos continentales, a un universo definido de peligros de primer orden: los despojos de sus recursos naturales, disfrazados de organismos humanitarios y sus millares de discursos románticos; la desestabilización regional retratada en los golpes de Estados; la conversión de países enteros en campos de concentración esclava; el hundimiento de las naciones por su inminente colapso ecológico; el machismo casi prehistórico que promueve crímenes de guerra contra las mujeres desde sus hogares.

El capitalismo como ridícula promesa libertaria es el sistema responsable de este panorama tan desolador; el imperialismo seguirá universalizando esos sufrimientos hasta su trágico resultado: el genocidio de toda flora y fauna que se haya ganado el derecho a sobrevivir y perpetuarse en las condiciones más adversas.

Desde hace mucho tiempo se está perdiendo la lucha por el uso consciente de los recursos naturales; este proceso va acompañado por la destrucción de las facultades mentales de hombres y mujeres, predisponiendo a la cosificación de toda la naturaleza y la petrificación de las ciencias, para dar pasos gigantescos a los actos cada vez más violentos y desesperados contra todo signo de vida inteligente.

Vivimos y luchamos la época en que el idiotismo y la ignorancia se adaptan como armas de enajenación. Ya no sólo es posible adorar al opresor y odiar al oprimido, sino también convertir esta trágica división del género humano en la diversión y comodidad de las élites del poder. Los crueles encabezados obituarios de la actualidad –feminicidios, infanticidios, pobreza- normalizan la futura violencia terrorista en las cabezas de los poseídos y dominadores.

Somos los nuevos gladiadores callejeros que se baten a muerte para el entretenimiento y disfrute de las familias adineradas o de aquellos que pretender simularlo desde la pobreza de sus barrios y ciudades; para nosotros, como pueblos e individuos dignos de nombrarnos humanos, siempre será una tragedia perder a un ser querido en circunstancias tan inverosímiles; nuestro deber inmisericorde siempre será la aplicación de la justicia revolucionaria contra aquellos sectores y grupos violentos que la promueven para su impune vivir.

En medio de este globo sepulcral que está creando la guerra imperialista y el mediocre capitalismo de rostro humano, las esperanzas de un mundo libre se depositan principalmente en Oriente Medio, en donde la lucha se torna en su más alta expresión de sacrificio y heroicidad, acompañado con el peligro permanente de nuevas conflagraciones y devastaciones, sin ignorar las diferencias de combate que se han formado entre los países involucrados, por ejemplo, las agendas nacionales entre la República Islámica de Irán y la Federación Rusa, éste último aliado inquietante de la geopolítica terrorista de Estados Unidos e Israel así como de respaldo cuestionable de de las políticas de liberación nacional de los pueblos árabes.

China es otro país que empieza a generar tensiones dentro del capitalismo mundial y sus posibles repercusiones en aquellos países que aún viven en paz, pero envueltos dentro de las disputas económicas de las potencias en estado de guerra latente. Taiwán y El Salvador se prestan a explotar sus propias contradicciones regionales en algún futuro próximo.

Las expectativas de un holocausto atómico y un desastre ecológico no deben decaer ni aflojar todos los esfuerzos de liberación nacional y la construcción de verdaderas sociedades progresistas.

Hegemonizar todos los conocimientos ancestrales, todos los capitales socioculturales originarios frente a los megaproyectos imperialistas, es una necesidad que tomará forma conforme se intensifiquen las latitudes del despojo internacional y se acrecienten las guerras del odio contra la especie humana; los colectivos feministas e indígenas en América, por ejemplo, constituyen propuestas organizativas embrionarias que siguen su perfeccionamiento hacia nuevos órganos de sororidad y solidaridad autóctonas.

La lucha se perfilará necesariamente intercontinental, como nos lo enseñan las batallas en el desierto al otro lado del mundo. La lucha también será ideológica, pues sin la reconciliación entre socialismo y otras posturas combativas –feminismo, indigenismo, organización libre municipal- no se conformará el plano teórico que aniquile todo discurso teatral de la coexistencia violenta que debe existir entre verdugos y sus víctimas.

Será casi imposible generar una conciencia revolucionaria para estas organizaciones; sigue pendiente la estrategia continental de las milicias populares para defender la integridad de los territorios en lucha, pero también para construir, desde ahora, esos vínculos solidarios, esos votos de confianza, entre los pueblos y estas nuevas fuerzas armadas. De esta manera, el odio desatado entre los ejércitos profesionales y sus ciudadanos ya no será una táctica contrarrevolucionaria que desangre a los pueblos en cruentas guerras civiles. Ambas fuerzas encontrarán el potencial telúrico para trasformar cualquier orden social establecido en la violencia económica, o en otras palabras, en las sociedades divididas en clases.

Es necesario, más que nunca en este retorno del fascismo internacional y la escalada imperialista, disponer de todos los medios de lucha contra los explotadores que dominan la libertad de las clases trabajadoras y aquéllos que no poseen nada que perder salvo sus cadenas mentales.

Es cuestión de tiempo para romper los límites que separan esta época barbárica de la civilizatoria; la última palabra aún no está dicha, pero entre los estertores de la muerte y los gritos de victoria, la humanidad aguarda ese suspiro definitivo.

Oriente Medio es la máxima expresión de sacrificio y destrucción que debe anticipar el resto del mundo en sus respectivos campos de batalla contra ese Nuevo Orden Mundial; otros continentes observan su trágico destino final en su aceptación de seguir siendo peón de este sistema-mundo capitalista.

La constitución de capitales culturales y redes económicas nacionales deben ir encaminados a todos los esfuerzos por crear una cultura de la paz basada en la autodeterminación de los pueblos y su antiimperialismo mundial, y que ésta sea la diplomacia del futuro mientras exista este mundo neoliberal; encaminar la riqueza cultural de la perspectiva de género como una medida de desarrollo de cada pueblo y su importancia en el apuntalamiento de socialismos que reinvindiquen las diversidades del espíritu humano.

Todos los pueblos del planeta forjarán sus historiales de resistencias armadas contra los nuevos señores de la guerra. Se defenderán, una vez más empuñando las armas, sus dignidades históricas ante el avecinamiento de nuevas conflagraciones mundiales, y surgirán, al calor de esta nueva época de lucha, las guerras populares contra el imperialismo y el capitalismo identificados desde ahora como máximos crímenes de lesa humanidad.










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