Las guerras de Trump

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Hace poco más de un año el presidente Trump declaró que “LAS GUERRAS COMERCIALES SON BUENAS Y FÁCILES DE GANAR”. Esta declaración indica un grave y peligroso desconocimiento de Trump de la economía, de las relaciones internacionales y de la Historia. Tal vez el proteccionismo trumpeano obtenga una victoria de muy corto plazo, más en el plano electoral que en el económico, pero definitivamente será una derrota en el mediano y largo plazos. Las guerras ni son buenas, ni fáciles de ganar, no para Estados Unidos.

Ahora asegura el presidente estadounidense “ Estados Unidos se encuentra “justo donde quiere estar” respecto a China en el marco de la disputa comercial entre ambos países”. “Vamos a hacernos con  millones de dólares en aranceles sobre China . Los compradores de productos pueden hacerlos ellos mismos en Estados Unidos (que sería lo ideal), o comprarlos a países sin aranceles”, ha manifestado el magnate neoyorquino en su cuenta de Twitter.

Quien está pagando mayores precios por los miles de productos gravados arancelariamente es el consumidor estadounidense, esto puede revertir el voto que trata de ganar. Datos del gobierno estadounidense muestran que los consumidores ya están pagando más desde que se aplicó la primera ronda de aranceles durante el otoño de 2018.

No veo ventaja política a esta medida, que, por otra parte, pone en riego un sistema económico internacional creado por Estados Unidos para su provecho y beneficio.

La respuesta inmediata, desde hace un año, fue una condena mundial por las alzas en los aranceles al acero y al aluminio de 25 % y 10% respectivamente, así como reacciones puntuales de organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional y la Organización Mundial de Comercio. El FMI dijo que las restricciones a esas importaciones no sólo perjudicarán a Estados Unidos, sino también a otras economías. En el caso de China Trump ha ido más lejos en la implantación de aranceles, está llevando a China a límites que no se conocen en Occidente. Además, esta guerra arancelaria ha puesto a temblar al mundo entero, no sólo a las bolsas en el ámbito financiero, sino sobre todo en el ámbito geopolítico.

Es inaudita la estupidez trumpeana, las guerras comerciales y no comerciales, ni son “buenas”, ni son “fáciles de ganar”. La incertidumbre que introduce la sola declaración provocó la caída inmediata de las bolsas de valores y advertencias de represalias de los principales socios comerciales de los estadounidenses. Nuevamente se advierte la pérdida de confianza como un factor clave del proceso económico internacional.

Esta distorsión de la “confianza” es lo que está haciendo temblar al dólar como sistema de referencia impuesto después de la Segunda Guerra Mundial sobre la idea de que Estados Unidos era una gran potencia militar y había la confianza de que se sostendría la conversión del dólar en oro en cualquier momento. En 1971 Richard Nixon se cobró esta confianza y decretó la no convertibilidad del dólar en oro y dejó a los bancos centrales del mundo llenos de dólares inconvertibles, a partir de entonces el sistema monetario funciona sobre la base de una confianza traspasada por el miedo. La pertenencia a este sistema monetario quedó condicionada por el miedo, ya no tanto por la confianza. La Guerra Fría en un mundo bipolar era rígida e implacable. Estados Unidos vende cara la falta de competitividad económica. Es el costo del miedo.

Gran parte de la riqueza estadounidense se ha debido a la emisión de dólares que han generado la gigantesca deuda de Estados Unidos. Ha comprado al mundo con dólares inconvertibles, con deuda, no con competitividad necesariamente. Este es el talón de Aquiles del sistema económico occidental, basado en la confianza en un país que la ha dilapidado y la ha traducido en miedo. Por eso se ha dado el lujo de tanto desperdicio económico en el gigantesco presupuesto militar de más de 700 mil millones de dólares anuales. La deuda se ha orientado hacia el crecimiento del miedo en la potencia militar norteamericana. Está claro el binomio confianza en el dólar-miedo a la potencia militar. Esto es lo que está haciendo Trump, castigo a los que no se alinean a su política exterior, por ejemplo, Irán o Venezuela, extorsión y sofocamiento económico con las amenazas económicas y militares. Estas son las cartas sobre la mesa de Trump en ambos casos.

Tanto Rusia, como China, Irán, Corea del Norte, Venezuela y otros países están tratando de evadir al dólar como moneda de referencia a través de otros mecanismos de intercambio y de pagos. China tiene más del 20 por ciento de bonos del Tesoro estadounidense, si los saca al mercado, el dólar se desploma. Trump está jugando un juego que no conoce bien y cuyas cartas maestras están en manos de los chinos. No sólo los bonos, sino una mayor competitividad que los Estados Unidos.

Está comprobado que el déficit comercial estadounidense nada tiene que ver con el TLCAN o con China, sino con la alta propensión a importar y con la pérdida de competitividad de Estados Unidos. Ésta se va a acrecentar con el proteccionismo que tanto impulsa Trump. Está pensando al revés. No sabe nada de Historia, ni de Economía.

Trump lleva directo a su país hacia la falta de competitividad, que es lo que ha provocado su enorme déficit comercial. Éste es una consecuencia directa de los aranceles. Su base electoral se equivoca al buscar un proteccionismo arancelario, lo que debería de solicitar es capacitación y cambios que los lleven a ser más competitivos, cambios en sus hábitos de consumo, cambios en sus modelos de producción. Para subsanar esta falta Trump recurre a la amenaza militar, el miedo para evadir la falta de competitividad.

El asunto es que la nueva guerra comercial “buena y fácil de ganar” se enfrenta a una nueva escalada armamentista y a movimientos geopolíticos provocativos e irresponsables, como es el caso de Irán, dueño del Estrecho de Ormuz por el que pasa más de una cuarta parte del petróleo de la región y a la presión sobre Venezuela. La guerra comercial se transforma en energética y en militar.

El regreso a la guerra fría y a las guerras comerciales del periodo de la entre-guerra no representan buenos augurios para el futuro. La incertidumbre que provoca un presidente ignorante, provocador y fanfarrón como Trump desencadena reacciones de defensa como las de Rusia, Irán, China, India, Corea del Norte o Venezuela y un rechazo mundial de todos los que buscamos la cordura, el progreso y la paz mundial.

El grupo de halcones del gabinete de Trump: Pompeo, Bolton, Rubio, Elliot Abahams y otros actores en el Congreso, no son precisamente visionarios, ni estudiosos de la Historia. Tienen, al contrario, una visión miope y roma de los procesos económicos, políticos y sociales de Asia. El fortalecimiento económico y militar de Rusia, China e India, así como de los países llamados “Tigres Asiáticos”, no deja lugar a dudas que, a diferencia de lo ocurrido a lo largo de la guerra fría, la reducción de los riegos y la resolución de los conflictos internacionales no serán acometidas, como hasta ahora, a partir de la aplicación de las costumbres y el derecho occidentales.

El mundo asiático ya no acepta la supuesta neutralidad de la visión jurídica sostenida por las potencias occidentales, que desde el siglo XIX consideran que la ley es una, universal y dictada por ellos. China, Rusia, India, Irán y muchos otros países asiáticos avanzan con una gran persistencia y terquedad no conocidas o valoradas por Occidente en toda su perspectiva histórica. Este es un asunto mucho más complejo que convendría abordar después, en su perspectiva histórica. La coyuntura de las guerras de Trump es una coyuntura temporal muy breve, que se puede perder en planos temporales muy reducidos, lo que hay que ponderar es que las culturas orientales son milenarias y están retomando su lugar en la historia con un empuje de siglos y milenios.

Trump podrá ganar las elecciones a un costo mundial impredecible, está amenazando y provocando a culturas milenarias y a países que tienen identidades bien definidas y poco comprendidas por el Tea Party de Estados Unidos. El supremacismo blanco, no alcanza a ver que el mundo oriental es de otros colores. El costo de esta ceguera será muy alto para todos.










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