La utopía

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POR Augusto Isla

La palabra ‘Utopía’ nos remite, por lo general, al inolvidable texto de Tomás Moro así intitulado, a esa ninguna parte, a lo soñado, a lo nunca visto. O bien a ciertas modalidades del socialismo –Saint-Simón, Fourier, Owen- de cuya crítica se ocupó Federico Engels en su extraordinario ensayo ‘Del socialismo utópico al socialismo científico’, en defensa de Marx y sus tesis que fecundaron el materialismo histórico…

Pero esta vez, quiero evocar una reflexión de Claudio Magris, aparecida en ‘Utopía y desencanto’, publicado muchos años después del colapso del totalitarismo del terrible siglo XX. Para él, “Utopía significa no rendirse a las cosas tal como sin y luchar por las cosas tal como debería ser (…) significa no olvidar a esas víctimas anónimas, a los millones de personas que perecieron a lo largo de los siglos a causa de violencias indecibles y que han sido sepultados en el olvido. “En fin, significa rescatar nuestras vidas de ese naufragio histórico que la vida moderna ha traído consigo. Tal vez nos hundamos en el intento. Pero es ese intento lo que da sentido a la vida. Acaso una quijotería, un sueño como el de aquel ‘enloquecido caballero’, Don Quijote, a quien Sancho, representación de ‘la gente sencilla’, diría Antonio Gramsci, siguió en sus aventuras heroicas.

En este sentido, es legítima y necesaria la aspiración de un cambio, a ese transitar hacia un mundo más libre y justo. Pero después de las experiencias totalitarias, tenemos que aprender que su construcción requiere trabajo y paciencia. Como la construcción de las catedrales. No se hicieron en un día ni por la voluntad de un hombre, por más aplicado que sea moralmente hablando. El voluntarismo es una ilusión estéril. El individuo, más aun si se trata de un dirigente, puede aportar a la transformación de las estructuras. Pero no está exento de pensar históricamente, de analizar qué se puede y qué no, si es honesto. Esta coyuntura, entendida como conjunto de condiciones articuladas entre sí, es una oportunidad para el cambio al menos en nuestro país. Estas ideas estaban muy presentes en el gran Lenin: la meditación sobre la estructura de la sociedad y la elaboración de las consignas de acción. Para no abandonarse a lo fácil a eso que se llama demagogia.

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Gaudí concibió la pasmosa arquitectura de “La Sagrada Familia” en Barcelona, a sabiendas de que no la vería concluida. Como Moisés que guió a su pueblo a la tierra prometida y no pudo verla. Tal es el destino de las grandes obras humanas. Cuando pienso en las promesas políticas, siempre me viene a la mente Calderón de la Barca:

“Una sombra, una ficción

donde un gran bien es pequeño

que toda la vida es sueño

y los sueños, sueños son”.

 










Cada colaborador es responsable de lo que escribe y sólo rinde cuentas ante la sociedad y ante sí mismo. Se trata de pensar libremente y hacer pensar en la medida de la inteligencia de cada uno.

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