La utopía feminista del derecho a decidir como victoria del mañana

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Creo en el futuro porque yo mismo participo en su construcción.
Jules Michelet

El 18 de marzo de 2020, negando a todas luces cualquier práctica democrática de reflexión y cuestionamiento público sobre el derecho a decidir una maternidad deseable y placentera para las queretanas, el Congreso del Estado blindó sus instalaciones aprovechando el “peligro” que representa el coronavirus, evitando así cualquier concentración de masas que pudiera amenazar la hegemonía panista en el campo de los derechos sexuales como derechos humanos.
Nuestro partido político que rige el destino de dos millones de queretanos, de forma mediocre, primero se pretende como representante feminista a principios de marzo. Posteriormente, continuando con su montaje en favor de las mujeres, sube a las redes sociales una encuesta sobre la defensa de la vida desde el momento de la concepción: un contundente 60 por ciento fue el motivo suficiente para que la publicación desaparecería sin mayores explicaciones.
Sin abandonar la ferocidad de nuestras convicciones con perspectiva de género contra el partido en el poder y sus estrategias de coerción y consenso sociales, la presencia de grupos a favor y en contra del aborto a las puertas del Congreso representaba ya un doble acto inútil.
Por un lado, de los pañuelos verdes, ya no era posible echar marcha atrás una resolución que estaba condenada a perpetuarse, al menos por un tiempo, especialmente sin la poderosa presencia de miles de mujeres que hicieron historia en Plaza Constitución el pasado 8 de marzo (ya surgirá la tradición revolucionaria feminista para un reajuste de cuentas con el poder machista en turno). Por el otro lado, la concentración religiosa de los pañuelos celestes, tampoco representa la victoria definitiva de sus dogmas sobre la realidad queretana, menos si ésta no cuenta con las condiciones mínimas para garantizar maternidades deseables y libres de la violencia, no sólo desde el ámbito familiar, una alerta que ahora aumenta en estos tiempos de contingencia mundial, sino también desde una economía asalariada que precariza la vida de las trabajadoras queretanas; de instituciones educativas y jurídicas que promueven el acoso y la criminalización por el solo hecho de ser y vivir como mujeres, ilustrados en las denuncias presentadas desde la Universidad Autónoma de Querétaro y el procesamiento de Dafne McPherson.
Así como MORENA nunca representó un cambio decisivo en el curso autoritario del país de los últimos 80 años, el acontecimiento simbolizado por el PAN en el Congreso del Estado tampoco significa el final de la historia de las queretanas y organizaciones feministas, ni mucho menos las historias de más de quinientas mujeres de nuestra entidad que han viajado en condiciones difíciles, desde 2007, a la Ciudad de México para ejercer su derecho a decidir como un derecho reproductivo y como un derecho humano.
Para nosotros como hombres, el día de ayer representa un recordatorio de que la educación sexual y los derechos reproductivos también se ejercen desde los cuerpos y los sueños de esas nuevas masculinidades en ascenso. Con nuestro silencio y nuestra ignorancia en materia de perspectiva de género, también podemos perpetuar o combatir esta cultura machista queretana que invisibiliza los feminicidios, las desapariciones, la trata de personas, las relaciones interpersonales ejercidas, día a día, por pequeños actos de violencia cotidiana. Después de todo, es la revolución secreta del feminismo que aún está desprovista de su espada y de su escudo, que sigue siendo campo desconocido dentro y fuera de Diálogo Queretano.
Para concluir, el derecho al voto de las mujeres fue nuestra utopía de ayer que hoy es realidad. El derecho a decidir, sin olvidar la transformación de nuestra realidad económica y cultural, ya dejó de ser una utopía en Cuba, Puerto Rico, Guyana y Uruguay. Recientemente, Argentina se enfila a incorporarse en la historia con perspectiva de género y no olvidemos la Ciudad de México y Oaxaca como referentes del cumplimiento de una de las utopías y consignas feministas más atesoradas en territorio mexicano: el derecho a decidir sobre nuestros cuerpos de hombres y mujeres.
Edgar Herrera










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