La servidumbre

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POR Augusto Isla

Imaginemos el siglo XVI, en esa Francia agobiada por las disputas religiosas. Y leamos a un joven precoz que a los 18 años clama por la libertad en contra de la tiranía, contra el yugo del monarca absoluto. Es Etienne de la Boëtie (1530-1563), amigo de Michael de Montaigne cuyo “Discurso de la servidumbre voluntaria o el contra uno,” pese a su circunstancialidad, recorre los siglos, y es intemporal ya, en defensa de la libertad política, tal como lo había hecho el genial Dante Aligheri, a partir de la idea de que los hombres son seres para sí y no para otros.

Pues, justamente, el único que no es libre es quien detenta el poder, ya que debería ser “el servidor de todos”. Pero el tirano a nadie sirve: la tiranía es un acto de devoración. Los tiranos ofrecen dádivas; así ablandan a sus súbditos, los vuelven amigos de lo fácil, ajenos al esfuerzo, agradecidos y sumisos.

Lo que edifica y conserva el poder tiránico es la complicidad. En primera instancia son unos cuantos, después la multitud, ese enjambre de voluntades que se acostumbran a la opresión. El acto de la desobediencia es fundacional de una subjetividad libre, lo contrario de una subjetividad genuflexa. La libertad se conquista a partir del deseo, pues el deseo es ya una potencia liberadora. Y se expresa en el no servir, en el no apoyar, en el no dejarnos devorar. Si al tirano no se le entrega nada, si no se le obedece, quedará desnudo y derrotado, reducido a la nada “igual que la raíz que no teniendo sustancia ni alimento, degenera en una rama seca y muerta”, nos dice Etienne.

Lo único que posee el tirano son las prerrogativas que los súbditos le conceden. ¿Qué podría hacer el tirano si no fuera lo que sus súbditos encubridores le han solapado? “No deseo que le forcéis ni que le hagáis descender de su puesto, sino únicamente no sostenerlo más, y le veréis como un gran coloso al que se le ha quitado la base, y por su propio peso se viene abajo y se rompe”.

La vigencia del “Discurso…” es indiscutible. Así como sus interrogantes sobre esa fatalidad que ha podido desnaturalizar tanto al hombre nacido para ser libre. Como buen naturalista. Etienne pensaba que la libertad era inherente a la naturaleza humana. Hoy sabemos, más acerca de la verdad, que es fruto de un proceso civilizatorio y que siempre está en riesgo de perderse. Pensemos en la miseria totalitaria del siglo XX y en las ineptocracias populistas actuales como la de Venezuela…

 










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