La sensatez

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POR Augusto Isla

En esa obra de valor perenne, “Ética a Nicómaco”, Aristóteles afirma que “para actuar bien, no sólo hay que hacer algo, sino también hacerlo como se debe, es decir, hay que actuar después de haber hecho una elección regulada, y no solamente por impulso o pasión”. A este bien hacer las osas se le llama prudencia, una virtud que supone una buena deliberación; los estoicos la consideraban una ciencia, una ciencia de las cosas que deben hacerse y de las que no deben hacerse. De otra manera dicho examinar las ventajas y las desventajas de nuestras acciones.

No se puede ser un hombre de bien sin atender la guía de la prudencia, sin obedecer el principio de realidad. Y si esto vale para cualquier ciudadano, a mayor abundamiento para un alto dirigente político, que amén de permanecer alerta al presente, debe pensar en el futuro: la prudencia es una virtud de la precaución. André Comte-Sponville lo ha dicho con toda claridad: “la prudencia es esta paradójica memoria del futuro… una necesaria fidelidad al futuro”.

Digo todo esto porque el virtual presidente electo, una vez más en su afán de singularizarse, ha rechazado el Estado Mayor presidencial, a la voz de que ‘la gente me cuida’, ‘la gente me quiere’; pero no se trata de eso: de cariño. Circular por todos lados sin la protección de ese cuerpo personal calificado, con la ventanilla abierta de su automóvil, es insensato: pues no sólo pone en riesgo su integridad personal, sino la seguridad misma de la nación. Al parecer después de mucho insistir ha aceptado que un cuerpo de civiles se ocupe de su protección. Pero ¿qué civiles? ¿Un grupo de locatarios de la central de abastos? Como lo ha señalado Juan Ibarrola, especialista en estudios de esta naturaleza, el Estado Mayor Presidencial, amén de proteger al presidente, también cuida de la integridad de visitantes ilustres; su función además comprende la logística de los movimientos del jefe de Estado y muchas otras, para lo cual se ha preparado con todo rigor técnico desde la época de Manuel Ávila Camacho.

Dejémonos de pruritos de originalidad. El presidente electo debe tomar conciencia del mandato ciudadano. De no hacerlo, incurre en una falta grave, en un capricho insensato que sólo fomenta incertidumbre. Nadie duda que es el bienamado por muchos, pero también odiado por otros tantos. Y no tiene derecho a tales despropósitos. Admitamos que encarna la seducción de la esperanza. Pero nada ni nadie lo exime de actuar con prudencia. El futuro ya no le pertenece: concierne a la nación entera.

 










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