La revolución feminista y la construcción del feminismo en México (fragmentos)

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Ya es momento de presentar mis propias concepciones sobre la revolución feminista y la construcción del feminismo en México. Lamentablemente, la principal fuente de mis observaciones serán algunos de los referentes globales del feminismo más que el análisis concreto de las realidades mexicanas que desconozco en casi su totalidad.
En primer lugar, la revolución feminista en México tendrá que ser el producto resuelto de una nueva tradición revolucionaria que tomará muchos años por consolidar.
Ciertamente hoy se está trazando el horizonte de esa nueva tradición revolucionaria con el ejercicio del activismo feminista, pero aún estamos lejos de comprender el verdadero significado que estas acciones tendrán en nosotros para crear, desde el seno de las desigualdades sociales a las que sobrevivimos día a día, una conciencia feminista.
Consideremos el carácter popular-militar de las autodefensas michoacanas de 2014, la iniciativa sorpresa de Cherán en 2011, la huelga obrera de Matamoros en 2019 y, por último, el movimiento zapatista de 1994 como la guía necesaria de nuestra futura teoría y tradición revolucionarias.
Desde el prisma de estos levantamientos más o menos explosivos y duraderos, equiparados al historial combativo para derribar el patriarcado y construir nuevas sociedades en Kurdistán, así como el carácter colectivista y movilizador de sus organizaciones a través de Pan y Rosas, podemos vislumbrar el carácter socialista y el internacionalismo de la sororidad de ese feminismo del futuro que se construye desde estos días y perfilando, simultáneamente, el futuro del feminismo.
Trabajar arduamente en el despliegue de una conciencia feminista, socialista e internacionalista, que (re) formule críticamente estos hitos de la resistencia global, es un primer eje integrador para construir, desde ahora, esa nueva tradición revolucionaria.
Asumiendo una postura de total respeto y solidaridad con aquellos combatientes que se consumen y mueren en diferentes zonas del planeta, debemos proporcionar balances críticos de aquellas experiencias provistas de todas las posibilidades de victoria y fracaso que, a su vez, han influido en las posibilidades de triunfo y derrota de todo el orbe en lucha; asumir ese misma cobertura de espíritu crítico en el curso de nuestras batallas, es develar las fuerzas y los peligros que atraviesan nuestro propio drama de la liberación feminista.
Lo anterior representa la mejor forma de reivindicar nuestros sacrificios desde el presente y canalizar mejor nuestros esfuerzos para alcanzar, en el menor tiempo posible, los objetivos de ese nuevo feminismo que estamos construyendo.
Enfatizo el singular del feminismo que hasta ahora he usado. Es la unidad de necesitan y deben adquirir los colectivos y las expresiones más o menos feministas, la unidad que debe prevalecer antes y después de la toma del poder y, especialmente, en la transición de las nuevas sociedades en construcción, pero sin olvidar el legado histórico de esos feminismos que han contribuido, desde el punto de vista de su experiencia genérica, a la confrontación y a la transformación de esos discursos hegemónicos construidos y perpetuados por el patriarcado.
Esta conciencia y esta tradición feministas se construirán de forma más o menos simultánea, desde el actual escenario mexicano caracterizado por un dirigente único que aspira convertir su administración en un gigante colectivo, sin precedentes, que lucha contra la corrupción, pero sin olvidar el hecho trágico de las alianzas creadas con partidos políticos conservadores que ahora se empeñan en despojar los avances logrados en materia de derechos reproductivos como derechos humanos.
Sintetizando este primer punto, se trata de revelar el potencial de acción que adquiere nuestra conciencia feminista desde el escenario mexicano, es decir, su carácter socialista para construir una nueva sociedad y del internacionalismo sororo para inaugurar un nuevo género humano; que esta conciencia feminista debe ser el producto de largos años de luchas de masas, tanto antes como después de la toma del poder; que no pierda de vista la necesidad de una teoría y una tradición revolucionarias, construidas y adquiridas desde la pedagogía de la movilización y la organización de masas que transforman a los individuos que, algún día, se decantarán en los futuros dirigentes, sin olvidar que éstos han nacido de las entrañas de un nuevo tipo de sociedad que alterna tanto su revolución social como su evolución social.
En segundo lugar, la revolución feminista debe ser el acontecimiento y el período de construcción que supere el umbral alcanzado por el cisma que ha regido la historia contemporánea de la humanidad: el nacimiento de la civilización capitalista.
La obra de Marx y Engels es pionera de esta gigantesca investigación que ha arrojado importantes conclusiones que, por sí solas, no dejan de ser brillantes observaciones que aún no han sido apropiadas y conducidas por los pueblos del mundo, que aún no han sido totalmente elevadas al terreno social de la praxis.
El socialismo pierde su carácter científico no sólo por los viejos dogmas del pasado (el stalinismo, el oportunismo, el reformismo, la conciliación de clases, etcétera) sino también por los nuevos dogmas del presente (las relaciones desiguales entre hombres y mujeres, los medios de desinformación y odio, la pedagogía de la crueldad en la sociedad que normaliza la violencia). En otras palabras, la ciencia del socialismo económico y político, como paradigma de la revolución en el siglo XIX, queda vacía sin el fundamento cultural de ese feminismo creciente que empieza cuestionar esos viejos principios, sin dejar de quitarles su parte de verdad, para traducirlos en una nueva estrategia y tácticas de liberación en el siglo XXI.
En la ideología alemana, Marx y Engels aseveraban la esencia del comunismo como “el movimiento real que busca abolir el estado de cosas actual”. El feminismo parece encaminado a convertirse en ese movimiento de lo real que contribuya a superar la civilización capitalista.
Hoy en día, la fragmentación intestina de los feminismos, feneciendo en las soledades de sus batallas, representa una tragedia que se vive y se ignora a todas luces; impulsar su unidad necesaria y definitiva, es creer en el futuro a partir de su construcción.
En aquellos momentos en que se concluye que el destino de la humanidad se envuelve en un juego cada vez más peligroso, se ha esbozado la misión histórica de ese feminismo del futuro en palabras de Louise Kneeland: quien es socialista y no es feminista, carece de amplitud; pero quien es feminista y no es socialista, carece de estrategia.
Estoy consciente que mi exposición deja abierta la cuestión de la revolución feminista y, por supuesto, la construcción del feminismo como paradigma de una nueva sociedad en México, pero toda teoría y toda utopía revolucionarias nunca comienzan desde cero.
Inspirados en la luz épica del pasado que ha transgredido todas las posibilidades de ese futuro atemorizante, que hoy nombramos civilización capitalista, las y los revolucionarios no sólo seguirán recurriendo al estudio y a la investigación sino también a la imaginación y a la locura para transformar su eterno objeto de estudio en un perpetuo sujeto histórico: la condición humana. Quien no haya leído ni vivido la apasionante y angustiosa aventura de El ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes y El Capital de Karl Marx, no merece llamarse revolucionario.
Edgar Herrera










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