La pluma y la estrella

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Olivia de Havilland

POR Augusto Isla | Aún joven, el escritor estadounidense Henry James (1843-1916), publicó una de sus célebres novelas, Washington square, (la heredera). Escritor bisagra entre la narrativa tradicional y la moderna, precursor del monólogo interior, se consideraba así mismo como “bordador del lienzo de la vida”. En la heredera nos cuenta la historia de Catherine Sloper, una muchacha tímida y poco agraciada que se enamora de Morris Townsend, un joven apuesto y seductor pero sin oficio ni beneficio a quien el padre de Catherine, el Dr. Austin Sloper, acaudalado y suspicaz, lo percibe de inmediato como un cazafortunas. De tal suerte que se opone a la relación amorosa con su hija. Descubierto Morris se aleja.

¿Un amor defraudado el de Catherine? Como en otras prosas del genio de James pone sobre la mesa ese duelo entre el sentimiento y el interés material. Así Catherine, resignada a la pérdida, se abandona a esa única habilidad que entretiene sus horas, borda y borda su lienzo como si se tratara de una metáfora del creador de su personaje, de James, quiero decir.

Años después, muerto ya el padre de Catherine, regresa Morris a cortejarla de nuevo con la anuencia de la tía Levinia. Pero Catherine es otra. Ha dejado de ser aquella muchacha “mediocre e insegura” que desdeñaba el padre, obsesionado con su esposa, que fallecida antes que él, permanece en su memoria idealizante. Aunque endurecido su corazón, Catherine es obligada por la tía, un tanto alcahueta, a recibir a Morris que ahora, un poco envejecido, luce una barba bien cuidada. Como era de esperarse, la rica heredera rechaza a Morris. Nada queda de aquel amor. Le da la espalda y Morris se aleja de nuevo.

La novela fue adaptada para su escenificación teatral con tal éxito que Olivia de Havilland convence a William Wyler, director alemán avecindado en los Estados Unidos, de llevarla al cine. Olivia encarnaría a Catherine, MontgomeryCliff a Morris. Estamos en 1949. Wyler emprende otra de sus inolvidables aventuras fílmicas. Es un perfeccionista impecable. Corrige y corrige cada escena con una meticulosidad casi abrumadora. El relato es levemente teatral, rico en símbolos: la escalera, las ventanas, los espejos; pero sobre todo se esmera en la construcción de su personaje central. Como en otras películas se adentra en el alma de sus actores: Bette Davis en la carta y en la loba, Heston en Ben Hur, Terence Stampel coleccionista, Barbra Streisand en Funny Girl. Wyler no mantiene una línea temática; no crea un estilo; domina todos los géneros: el melodrama, la épica, la comedia musical.

Volviendo a la heredera, Wyler, traza la evolución de Catherine con precisión asombrosa: de la inocencia a la malicia, de la calidez a la frialdad más cruel. Y Olivia alcanza la cima de su talento histriónico, como en ningún otro personaje. Resulta perfecta. Y gana el Oscar en 1950.

El relato de Wyler se mantiene fiel a la narrativa de James. Pero cambia dramáticamente el desenlace. En la película, Morris no se aleja tras los desdenes de Catherine. Por el contrario, la protagonista hace creer a Morris que cede a sus encantos. Lo cita una noche, pero nunca abre la puerta. Morris desespera, mientras Catherine, vengativa esta vez, continúa bordando su lienzo.

Este año conmemoramos el centenario de la muerte de Henry James, y el centenario de la vida de Olivia. Dos momentos estelares de una cultura, ensombrecida por el incierto porvenir de un país, el vecino, que parece no tener remedio.

 










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