La pedantería

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POR Augusto Isla | En su libro ‘El desprecio de las masas’, Peter Stolerdijk intenta explicar el psicodrama de Hitler, ¿un resplandeciente carisma? Más bien, “su incomprensible y evidente vulgaridad, por no hablar de su consecuente disposición a vociferar sin rebozo alguno delante de las multitudes”. Gritar le servía de mucho. Pareciera que lo mismo ocurre con AMLO. Amplios segmentos de la población lo idolatran. Pese a su torpeza verbal, como si se tratara de un oligofrénico, de una tara que sabotea la fluidez de su hablar, que lo impele a proferir cuanta ocurrencia le viene a sus labios.

Paradójicamente, esos defectos suyos se traducen en una ventaja frente a un Ricardo Anaya que se jacta de una superioridad emanada de una formación de excelencia, de su condición de políglota, de lo cual presume en sus promocionales mediáticos, como si esas habilidades atrajeran la devoción popular; como si tales desplantes narcisistas pudieran catalizar la frustración de los votantes; como si con esa pedantería lograse convencer a alguien de que es la persona indicada para gobernar este país convulso debido, no a un mal gobierno, sino a condiciones históricas que no resolverá una coalición que nada tiene que ver con otras supuestamente exitosas en Chile o en Alemania.

Anaya repite hasta el cansancio que las propuestas de AMLO son ‘viejas y fracasadas’; que, en cambio, las suyas reflejan “una visión de futuro”. Y uno se pregunta de qué futuro habla. ¿Futuro de quién? ¿Futuro para quién? En boca de este pedantuelo ambicioso es apenas una abstracción, una vacuidad.

A la hora de la decisión suprema, los ciudadanos pondrán en su lugar el engreimiento, la ignominia de los trepadores sin escrúpulos, a ese fingirse encolerizado ante la corrupción. Después de todo, México no necesita de ese ‘ser único’ como Anaya se piensa a sí mismo, sino de una energía colectiva que, con suma paciencia, nos salve del colapso inminente que vivimos.

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Los puentes sobre el río Senna, en París, claro, que hoy lucen esplendorosos, estaban invadidos por casuchas hace doscientos años. Los procesos históricos tienen sus compases. Quienes los desconocen, fracasarán en su pretensión de cambiar las cosas por obra y gracia de su todopoderoso voluntad: la corrupción o la ‘mafia del poder’. Los actos de magia son sólo un espectáculo para niños. Esto va para AMLO y para el panista millonario, personajes circenses.










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