La pandemia (VI)

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La modernidad tiene un doble rostro: la complacencia y el desengaño. Como si la naturaleza castigara nuestro apresuramiento. En el siglo XIX, la epidemia de la viruela; en el XX, la gripe o influenza española (1918-1920) que acabó con la vida de 40 millones de seres humanos. Por cierto, no se originó en España, sino, sin certeza alguna, en Francia o China, aunque en la península se presentó el mayor número de infectados (8 millones) y fallecidos (300 mil). El virus epidémico fue del tipo H1N1 que impactó las vías respiratorias con síntomas como la fiebre, la neumonía bacteriana, el dolor de cabeza y en ocasiones muerte rápida. Misteriosamente, como llegó se fue, sin despedirse. Pues, como todo en la vida, tiene su ciclo: también se fatiga, pierde su fuerza, envejece y muere. Valga el lugar común: la historia es nuestra gran maestra.
En México, tuvo efectos devastadores. Causó más decesos que la misma Revolución. Se adentró por el norte y por los puertos. En el otoño de 1918, morían entre 18 y 20 personas diarias. Solo en la capital, aunque cundió en el resto de la república. Por supuesto, se buscó contener su impacto, bajo la responsabilidad de las entidades federativas y los municipios si bien había venido ya operando un Consejo Superior de Salubridad, amén de un Código Sanitario creado desde fines del siglo XIX que contenía un protocolo contra brotes epidémicos cuyas medidas coinciden parcialmente con las actuales: aislamiento social (o físico), clausura temporal de espacios públicos, higiene personal como lavado frecuente de manos…; todo esto que en la práctica adoleció de la debida observancia, ya por la ineptitud de la autoridad, ya por la ignorancia o incredulidad de la población. Como si se tratara de una constante histórica, pues que hoy día, frente a la pandemia del Coronavirus, ocurre lo mismo, lo cual desencadena la incontrolable expansión de los contagios. Y esto lo digo con la cabal conciencia de mi entorno inmediato y no tanto. Pues desde el presidente de la República que, fiel a su arrogancia nada ejemplar y tácita convicción de la inmunidad, se niega al uso del cubrebocas, hasta familiares míos, que, entre dudas y seguridades incomprensibles, se rehúsan a protegerse y proteger a los demás, casi como una mofa de mis exageradas precauciones.
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De nuevo, mi gratitud al personal de la salud que, heroicamente, se ocupa de todos nosotros, sin esperar homenajes impertinentes.










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