La pandemia (II)

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La peste antonina fue la primera gran pandemia de la historia. Tuvo su epicentro en Roma. La llevaron los soldados romanos que regresaban de la guerra contra los partos cuyo imperio, el de Partia, disputaba con Roma el control del Oriente Extremo. Durante quince años (165-180 de nuestra era) asoló la ciudad. Dos mil personas morían a diario, aquejadas por la fiebre, la diarrea, supurada la piel. El diagnóstico fue obra de Galeno, el célebre médico de la Antigüedad. Como hoy día, la gente, por el temor al contagio, se guarecía en sus casas. El impacto económico fue brutal, como el de ahora: paralizó el comercio.
Los observadores de aquel momento interpretaban la desgracia como el amargo fruto de preocupaciones y desesperanza. A nadie perdonó aquella pandemia: arrastró consigo a humildes y poderosos. La víctima más sobresaliente fue el emperador Marco Aurelio, cuyas Meditaciones han llegado hasta nosotros por ese aire de eternidad que imprimió su temple estoico. En mitad de aquel horror, ejercitó su pensar siempre sereno, pese a que la pandemia le arrebató a ocho de sus trece hijos y a su propia mujer. Algo tenía claro el emperador filósofo: “La destrucción de la inteligencia es una peste mucho mayor que cualquier infección”. Gran lección para los idiotas que hoy gobiernan el mundo. Lección del pensamiento y de la acción: Marco Aurelio propuso una Constitución igualitaria. “La razón, que hace de nosotros seres razonables, nos es común –escribe Marco Aurelio–: ella es quien prescribe lo que debemos hacer o no; por consiguiente, también la ley es común; si es así, todos somos conciudadanos: vivimos juntos bajo un mismo gobierno, y el mundo es como una ciudad; porque ¿de qué otro gobierno común podría decirse que participa todo el género humano?”. Política y pedagogía abrazaron la conducción de su reinado. No era un populista: poseía el sentido de la justicia; fue un visionario, lo que hoy llamaríamos ‘un líder’ del proceso civilizatorio, en medio de las adversidades. Entereza y valor guiaron su vida. Aún en el lecho de muerte, sentenció: “Adáptate a lo que te ha correspondido vivir. Y a las personas que te han tocado en suerte, ámalas de verdad”.
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Mi reconocimiento y solidaridad con todo el personal sanitario que, en esta pandemia, ofrenda su saber e incluso su vida para salvar otras, con ese espíritu estoico que, sin saberlo acaso, rinde un tributo a Galeno.










Cada colaborador es responsable de lo que escribe y sólo rinde cuentas ante la sociedad y ante sí mismo. Se trata de pensar libremente y hacer pensar en la medida de la inteligencia de cada uno.

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