La noche larga que viene

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POR Efraín Mendoza Zaragoza | Ahora que presenciamos los cierres de campañas recordé a ese maestro de la escatología que es el coreano Kim Ki-duc, un provocador que piensa que los humanos nos entenderíamos mejor si no habláramos. Aunque han durado menos que en procesos electorales anteriores, percibo un ambiente político saturado. Los procesos electorales nos retratan muy bien como sociedad. Ahí todo mundo se deja ver tal cual es, con todo y sus disfraces encima de los disfraces.

Para saturar un poco más el ambiente, recordemos que en esta elección serán electos 500 diputados federales, cerca de 900 gobiernos municipales, la mitad de los congresos de los estados locales y un tercio de las gubernaturas del país. Compiten diez partidos políticos, 83.6 millones de electores podrán votar y el dinero que están gastando los partidos es superior a los 5 mil millones de pesos.

La elección nacional ocurre en medio de masacres, desastre económico y un turbio mar de escándalos de corrupción y conflicto de intereses, que explican movimientos de hartazgo extremo, que se entreveran con el activismo babélico de los candidatos. Al ancestral abstencionismo, habrá que añadir hoy la promoción deliberada del boicot electoral en algunas regiones del país y la promoción de la anulación del voto, como matices de una sociedad insatisfecha. La elección federal será, en los hechos, un referéndum para el gobierno del presidente Enrique Peña Nieto.

Por penosa, es notable en nuestra izquierda una pulverización que no veíamos desde mediados de los años 80. Tras Iguala, el PRD quedó con una herida mortal, y el PT encarna el extravío: en el DF se alió con PRD, en el Edomex con el PAN y en Querétaro con el PRI. Como si contempláramos a Sísifo, de nuevo retoña la esperanza en Morena, que si bien está aún lejos de significar el peso que AMLO alcanzó en 2006, algunas mediciones locales ya anticipan que desplazará al PRD. El país está muy necesitado de una izquierda sólida, que ayude a avanzar en aquella vieja aspiración consistente en encontrar un punto de equilibrio entre la opulencia y la indigencia.

En lo local, imperará el esquema bipartidista. La elección de gobernador, igual que las tres anteriores, se definirá por márgenes muy estrechos, y la balanza podría ser inclinada por los indecisos o por el voto duro. Si el margen es estrecho, nos espera una larga noche. Incluso un recuento de votos, pues la legislación vigente prevé que el recuento casilla por casilla, producto del robusto movimiento poselectoral de 2006, es procedente en dos escenarios: cuando la diferencia entre el primero y el segundo lugar sea igual o menor al uno por ciento de la votación total emitida, o bien cuando el total de los votos nulos sea superior a la diferencia entre el primero y segundo lugar.

Más allá de la hipótesis legal, consultemos ese maravilloso basurero que son nuestros archivos para encontrarnos con algunos números: en la elección de gobernador en 2003, de la que salió electo Francisco Garrido Patrón, los votos nulos representaron el 2.45 por ciento; en la siguiente, en 2009, de la que resultó electo José Calzada, esta figura mostró un crecimiento significativo y representó el 3.41 por ciento (23 mil 286 votos nulos). En la más reciente elección, la de 2012, los votos nulos en la elección de ayuntamiento llegaron al 4.86 por ciento, y en la de diputados, al 5.98 por ciento. Estos números podrían estar anticipando lo que viene.

La novedad de este proceso son las candidaturas independientes, incluido el espectáculo de algunos que han declinado por candidatos postulados por partidos cuya matriz decían combatir, en un baile al son de otros partidos de reciente creación que no mostraron capacidad siquiera para postular candidatos propios a la gubernatura, y que acabaron volcándose, también, hacia el partido que decían combatir. Y sólo como un dato al margen, habría que poner atención a San Joaquín, el único municipio de Querétaro que no ha experimentado la alternancia. Es el municipio más pequeño del estado, con apenas 6 mil electores, ubicado en la cima del más alto priísmo en el estado, sólo después de Landa de Matamoros.

Desde los órganos electorales se ruega a los cielos que las distancias sean amplias, pues el nivel mientras más cerrada sea la contienda la conflictividad tiende a aumentar. Ojalá que el resultado, favorezca a quien favorezca, sea con un margen claro. De no ser así, vayámonos preparando para la noche larga que comenzará este domingo. Escenarios de confrontación, como el que los dos punteros se declaren ganadores, atizarán al clima de encono que vivimos y arrojaría más ilegitimidad sobre aquel al que le toque gobernar. Si pasado el recuento se desata la cadena de impugnaciones la decisión final no la tomarán los electores sino los jueces. Que son poquitos, oscuros y, por supuesto, movidos también por hilos políticos.

 










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