La muerte del pensamiento

|




 dominguez, aguilar, botello-3

POR César Cano Basaldúa | La conformación del pensamiento en el individuo es uno de los procesos humanos no sólo más intrincados sino, además, de máxima duración: su tiempo es el de la existencia toda. Desde luego, cualquier actividad mental o espiritual, Nicola Abbagnano dixit, puede considerarse pensamiento, pero aquí nos referimos al descrito por el filósofo como actividad discursiva. Ahí reside el conocimiento y la presteza e influjo completos de la crítica. Pensar consiste en transformar intelectivamente de modos diversos lo que es proporcionado por los sentidos y la experiencia. La conmoción inicial de escuchar la ejecución sinfónica del Huapango de José Pablo Moncayo puede bien dar paso a una deliberación personal constante cuyas resultantes conformen una visión capaz de hacerse explícita, abandonando la práctica de consecrar la emotividad y el sentimentalismo sin elaboración perdurable.

En la actualidad, ante la persistente intervención de los instrumentos de información y control electrónicos (origen de hábitos tan deleznables como destinar dilatados lapsos a “mensajear” –textear le dicen ahora– en todo sitio y circunstancia a través del teléfono celular), y el vértigo del ajetreo cotidiano, tal vez resulte sumamente dificultoso elaborar pensamiento de manera consciente, a menos que alguna actividad primordial del sujeto tenga como eje de realización precisamente el pensar.

Si bien no a propósito de todo y ante todo desarrollamos pensamiento, los escollos de pensar los copiosos objetos de la realidad nos pueden impulsar a ensayar otra clase soluciones para resolverlos. Preferimos confiar en las impresiones sensibles, acudimos a nuestros sentimientos, apelamos a las costumbres y hábitos (individuales o colectivos), o hacemos descansar nuestro juicio en las creencias. Algunos de los inconvenientes de estas últimas son la viveza con que se hacen presentes en nuestra mente, la seguridad que nos transmiten, la comodidad que proporcionan en términos prácticos para encarar situaciones, objetos, personas e ideas. Y es que las creencias acompañan a sentimientos primarios y se expresan mediante recursos de la imaginación como metáforas, alegorías, imágenes de vario tipo. Las creencias suelen ser irresistibles y estupendos recursos vicarios del pensamiento; ahorran tiempo y simplifican los procedimientos para ejercer el criterio. Desde luego, inevitablemente le vedan a quien las utiliza una parte, a veces importante, del objeto de sus afanes. En muchos casos, sólo se trata de literatura aplicada, de ornato y lujo en la expresión, como pedir la mano de la novia o decir la ciudad está descontenta. La búsqueda de diversificación y riqueza en el habla o la escritura amparan estos modos de ser lingüísticos. Pero la sinécdoque suele estropear la realidad cuando se convierte en el instrumento básico del entendimiento.

Los hombres de poder, no sólo los políticos, escasamente deberían conocer de estos goces pero resultan los más tenaces practicantes de ellos. En realidad su pésimo (y aún nefasto) ejercicio del lenguaje procede de su modo de emplear el poder: turbia, deficiente, imperiosamente. Si, entre otras cosas, el poder consiste en producir efectos en otros a partir de acciones efectuadas para ello, la actitud básica de los hombres de poder es su incapacidad para dudar de sus actos y decisiones. Los asesores en tanto expertos deberían jugar el papel de guías, consejeros o monitores de quienes operan en el poder. La mayor parte de las veces únicamente resultan asalariados dispuestos a confirmar las opiniones de sus jefes. No son un espejo, si acaso un eco, una sombra ante los señores del poder. El presente queretano brinda profusos y crueles ilustraciones sobre este tipo de relación. Pero si de un asesor, un secretario, un jefe de departamento, los hombres de poder esperan subordinación y docilidad, de un ciudadano común exigen más todavía: temor y vasallaje. La medida de su satisfacción la encuentran no en las preguntas del ciudadano, no en su activismo o solicitud por temas de su interés, no –definitivamente– en su intervención en la vida pública en consecución de sus derechos; la dimensión de su agrado reside en la aceptación sumisa y en el silencio aprensivo. Nunca será excesivo insistir sobre la necesidad de corregir el desvío por el cual los mandatarios se sitúan (porque se consideran) por encima de los mandantes, buscando impunidad para sus actos abusivos o ilegales, exhibiendo usualmente su falta de preparación y su despotismo como virtudes trascendentes, asumiendo un talante condescendiente o de plano petulante cuando maltratan a los ciudadanos, en el completo olvido del servicio social al cual se supone dedica sus más honrados esfuerzos.

¿Dónde se encuentra el pensamiento político de nuestros políticos locales? Intentar contestar la pregunta puede conducir a un descubrimiento atroz: la generalidad de ellos no piensan, padecen ocurrencias momentáneas y actúan según intereses y percepciones del todo ajenos al bienestar común y a la vida pública donde se muestran. Por eso sus declaraciones, sus textos (cuando se los escriben sus asesores) y casi todas sus verbalizaciones en público, semejan puntadas, es decir, lo que se hace empujado por condiciones pasajeras, al calor de una emocionalidad desasosegada, sin base de realidad como para sostenerse y a lo cual casi nadie puede considerar en serio. Viene a mi mente una estampa pedagógica: Francisco Domínguez, titular del poder ejecutivo del estado en la actualidad, describiendo a estudiantes del plantel 8 del colegio de bachilleres cómo se trenzó a patadas con los perredistas cuando estos tomaron la tribuna del Congreso de la Unión para impedir la toma de posesión de Felipe Calderón como presidente de México. La ocasión no podía ser más propicia pues el acto celebrado por las autoridades escolares eran honores a la bandera, realizados a petición de Domínguez, en ese momento presidente municipal de Querétaro y quien con orgullo explicó a los jóvenes cómo siendo senador defendió sus convicciones y la figura de un superior ante sus adversarios. La ilustración no por grotesca deja de ser esclarecedora: es un buen vistazo a los entretelones no sólo de la ausencia de pensamiento sino, además, a la impotencia para distinguirlo de la simple visceralidad. Quizá no deba extrañar tanto en un país donde, para mencionar un paralelo, se justifica un acto por sus motivaciones y no por sus certezas, como los linchamientos donde el ser forastero en un poblado basta para resultar culpable de robo, violación o lo que sea. ¿Qué tiene, entonces, de raro que un político “profesional” ignore cuál es la diferencia entre cómo se efectúa una acción política y cómo se manifiesta la brutalidad de un desequilibrio emocional? Contrastar la educación formal de los políticos queretanos con sus hechos y conductas políticas es desmentir, una vez más, que la escuela mejore moralmente a los individuos y confirma que los grados académicos no equivalen a conocimiento sino a currículo, el cual pierde sentido cuando la realidad de una paupérrima praxis política se hace presente.

Si no resulta palmaria la confusión mencionada entre intereses personales y desempeño público, se puede echar mano de otros pocos casos. El primero de ellos es la solicitud realizada por Domínguez Servién en la XLI sesión del Consejo de Seguridad Nacional Pública, para poner en práctica el Modelo Homologado de Unidades de Policía Cibernética, bajo argumentos como los fraudes electrónicos, los ataques a páginas web y la propagación de virus informáticos, delitos prolíficos en el país. Si sus cifras son reales (14.8 millones de víctimas), no lo es menos el afán compartido por la clase política internacional de establecer mecanismos cibernéticos de control y censura, persecución y castigo, en contra de una ciudadanía cuyas expresiones más libres e incomodas para el poder se encuentran en las redes sociales, dada la negativa de los medios tradicionales (prensa escrita, radio y televisión) de concederles espacio. A la distopía del neoliberalismo hace falta el dominio del ciberespacio, pero no por causa de supuestas seguridades nacionales, como reza la razón de estado, sino a fin de evitar la irritante carga de valoraciones negativas a la tarea hecha por los hombres de poder, en secreto intolerantes a la desaprobación expresada con ferocidad, imaginación e ingenio por sus connacionales. Francisco Domínguez no sólo propuso per se sino a nombre de la clase política nacional completa. Se echa de menos la moción dirigida a los mexicanos, la implementación de mecanismos para la discusión del tema, la convocatoria a todos los habitantes del país para dialogar y plantear iniciativas a propósito de todos los temas de tan vasto campo de acción: crear una policía cibernética no tiene como tema único el prevenir y sancionar delitos pues deben salvaguardarse los derechos humanos de los individuos y de las comunidades, para lo cual hace falta establecer límites y atribuciones, facultades y prohibiciones a las instituciones y no sólo a los particulares. El apetito de silenciar es poco, sin embargo, ante la posibilidad no consumada hasta el momento de una población real y efectivamente organizada a través de redes sociales y cuyo potencial combativo podría causar la caída de más de uno de nuestros prohombres. Sin pecar en la hipérbole, se puede afirmar que el anhelo de clase de aherrojar libertades cívicas usó al gobernador del estado como su instrumento de manifestación.

Otro modelo de déficit de pensamiento descansa en el titular del municipio capital del estado. Poseedor de un empecinamiento que, irónicamente, debería llevarlo a exigirse con rectitud en lo que escribe, Marcos Aguilar Vega pública una columna semanal en El Universal Querétaro. Sus textos consignan (supongo) lo más destacado de las acciones y programas del gobierno municipal, así como también las reflexiones de Aguilar Vega al respecto. Mas el resplandor de lo publicado se extingue muy pronto: la prosa del munícipe es liviana por escasa de contenidos pues apenas si le da tiempo de nombrar las cosas sin entrar nunca en materia; su tono de ligero deleite consigo misma delata como su principal interlocutor a su propio autor, verbigracia, se permite deslices (que son demasía en su breve extensión) como pontificar sobre nociones de las cuales no prueba ser experto, o realiza medrosas réplicas de corrección política cuyo dardo jamás dará en el blanco por la misma causa por la cual no hay argumentos en sus colaboraciones: todo es afirmación educada y cultivo de imagen como figura elegible a otro cargo de elección popular. En el colmo de la escritura execrable, se apoya para conceptuar en documentos oficiales (“…la Secretaría de Seguridad Pública del gobierno federal define…”), burocratizando la redacción que debería mostrar no al aspirante a proseguir en cargos públicos, sino al ciudadano en funciones políticas batallando por alcanzar estatura de verdadero estadista. Por si fuera poco, en los hechos asume (igual de Francisco Domínguez) una sordera que le impide casi siempre escuchar a los afectados por sus decisiones y las lleva adelante sostenidas por un discurso de displicente autojustificación. Marcos Aguilar hace propaganda de sí mismo, promueve sus logros inexistentes o ridículos (los millones invertidos en la avenida de la luz, en Satélite, no van a alcanzar para corregir la iluminación en el tramo que va de prolongación Bernardo Quintana a Las Azucenas, donde su antecesor, Roberto Loyola Vera, destruyó árboles de casi veinte años y colocó postes de alumbrado que nunca encienden pero seguro sirvieron para justificar porcentajes de informes y de presupuestos gastados, según eso, en beneficio de los queretanos), pontifica y corrige “amablemente”, faltaba más, pero si no desciende al nivel de sus críticos tampoco tiene la altura de pensamiento que cree poseer. Tal vez sólo él y sus asesores y subordinados puedan ver grandeza donde los habitantes del municipio sólo encontramos arbitrariedad, frivolidad, incompetencia y densas sombras donde debería existir claridad.

La última estampa nos la proporciona Alfredo Botello Montes, secretario de educación del gobierno estatal. En un artículo del 19 de diciembre de 2016, se refiere al cambio de estatus del Instituto Queretano de la Cultura y las Artes para convertirse, a partir del 1° de enero de 2017, en Secretaría de Cultura. Aparte de una inservible cita del diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (hubiera dado lo mismo usar la definición de cultura del diccionario escolar Sopena), el escrito funciona básicamente como alegato de agradecimiento sin lustre Pancho Domínguez, y para consignar una muy pacata refutación a quienes “siempre cuestionan el ejercicio presupuestal” porque “la nueva secretaría no costará un centavo más al erario público”. Refiere alguna declaración de Paulina Aguado Romero, la “virtual (nueva) secretaria”, y finaliza con un “enhorabuena por la comunidad cultural de Querétaro” y una máxima digna de Perogrullo: “…la Educación es Arte y desde luego es Cultura…” (Las mayúsculas son del original). En seis párrafos, Botello Montes, de modo muy semejante a Marcos Aguilar, transforma en informe burocrático lo que debería ser acontecimiento vital para toda la comunidad queretana y no sólo la artística. No es así y sólo a los empleados y mandos de la nueva secretaria les constituye alguna novedad administrativa. Porque ni a diputados haciendo su trabajo hay que dar las gracias, ni la creación de nuevos entes burocráticos significa preocupación o destreza alguna de este u otro gobernador, incluyendo los del pasado. Baste recordar el sexenio de Mariano Palacios Alcocer (1995-1991), quien buscó afanoso proyectar la imagen de un mandato en favor de la cultura y dilapidó enormes cantidades en proyectos al servicio de sus intereses políticos. La cultura no fue tan favorecida como los proyectos de grupos ligados a Palacios y lo que se presume como su legado destaca no por extraordinario sino porque los gobiernos anteriores y posteriores prestaron muy acotados apoyos a la cultura y siempre entendiéndola (igual que Palacios) como un asunto de élites. Al final, el gobierno ilustrado de Palacios fue muy semejante a otras administraciones públicas sin esa pretensión.

El curioso caso de un secretario de educación con mala sintaxis no es menos chocante que el de un presidente municipal con oficiosa prosa vana. Ante ellos, Domínguez Servién casi parece prudente por no verter sus certezas en letra de molde. Aun así, como a todo político, le queda la oralidad, no siempre exenta de dislates. Une a los tres el ser políticos utilitaristas. Si un objeto es bueno, y esta bondad procede de su utilidad, entonces a la conducta la legitima la naturaleza práctica de sus resultados. Se podría formular con llaneza que si el resultado de mi conducta me beneficia, entonces los hechos que la forman son buenos. Lo cual, por cierto, es una declaración del primado de las acciones sobre las ideas. La comprensión continuamente se formará según los productos obtenidos en beneficio del individuo, en un horizonte donde no habrá cabida para la especulación porque son los desenlaces y frutos favorables la medida del valor moral de sujetos y realidades. Por encima del orbe conceptual, el horizonte de los actos rentables será la historia del mundo. En esos términos, el acto de pensar y sus consecuencias resultan secundario e inferiores. Los valores mismos, esos objetos de elección que son nuestras construcciones, serán atractivos si y sólo si reditúan a quien los ejerce una ganancia tangible. Desde ese ángulo, claro que la libertad de otros se debe acordelar si impugna las formas (es decir, los actos) de mi deseo de proponerme como un estupendo gobernante; desde luego que se deben acallar las voces discordantes que me contrastan y deslucen en mi acto de ilusionismo como un munícipe serio, educado e ilustrado, el mejor que se haya conocido; y por supuesto que deben descalificarse, así sea con muy limitadas artes (como buscar autoridad en el diccionario de una institución hace décadas fuerte y válidamente cuestionada), a todos quienes no comparten el entusiasmo por un nuevo engendro burocrático-administrativo que (al tiempo lo veremos, por desgracia) seguirá usando y abusando de una parte, la que sea posible institucionalizar, de la cultura, ignorando toda riqueza no susceptible de sometimiento y explotación en beneficio de los “servidores públicos”. De paso: los docentes no son tal cosa, son trabajadores de la educación porque pertenecen a un sindicato y los rige un contrato colectivo, pero el concepto se les aplica por ignorancia y mala fe de autoridades como los secretarios de educación.

Entonces, ¿dónde hay prueba del pensamiento de nuestros insignes políticos? En el mismo sitio donde descansa el mérito de casi toda la clase política local: en las tinieblas. Porque los estudios sólo les resultan credenciales para salvar el escollo de los requisitos formales. Entre nuestros políticos, sin duda, el pensamiento, en tanto altísima actividad del hombre, ha muerto. Nos corresponde a los ciudadanos impedir siga reproduciéndose una clase política cuyo respaldo descansa en los estamentos más conservadores, por no decir reaccionarios, de la sociedad queretana. La tarea, no por problemática, debe arredrarnos. Laborar en la consecución de las destrezas del pensamiento crítico, constituye un punto ineluctable de inicio para la transformación de nuestra comunidad humana.

 










Cada colaborador es responsable de lo que escribe y sólo rinde cuentas ante la sociedad y ante sí mismo. Se trata de pensar libremente y hacer pensar en la medida de la inteligencia de cada uno.

Envía tu comentario