La muerte de un cine

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Hace un año, me detuve unos minutos frente al antiguo, y en ruinas, cine. A través de las rejas de color café pude ver que habían empezado a escarbar; estaban amontonadas cajas con botellas de vidrio del refresco Pepsi –de las pocas veces que tomo este producto, siempre recuerdo mi niñez en este cine–; lo que más llamó mi atención fue que parte de la sala se veía iluminada por la luz solar; volaban algunas palomas, que habían convertido este lugar en su hogar –no me extrañaría que algún vampiro cinéfilo también haya encontrado refugio aquí–; en la parte de fuera se podía leer: CM (Circuito Montes) Cinelandia; también había un par de sellos que decían que la obra estaba suspendida.

Hoy pasé nuevamente por este sitio, ubicado en el centro de San Juan del Río. Del cine sólo quedan las paredes. Unas máquinas escavadoras facilitan las labores y un camión de volteo se llena con los escombros y se intenta llevar grandes recuerdos de este histórico y maravilloso lugar. Por la parte de fuera una lona deja claro que la obra tiene el aval del INAH. Le pregunté a un empleado si sabía qué se iba a construir ahí. Me respondió que lo ignoraba.

También el año pasado, soñé despierto y quise estar en la película de “Cinema Paradiso” (Giuseppe Tornatore. 1988) para que me permitieran entrar (aunque no me pusieran la maravillosa música de Ennio Morricone), como a “Toto”, por última vez a este sitio y poderle arrancar algunos recuerdos más a mi memoria: ver al niño de la escuela primaria “Sor Juana Inés de la Cruz” vestido con suéter azul marino, camisa blanca y pantalón gris, cómo observaba a Capulina rugir en su película “Capulina corazón de león” –que invariablemente nos pasaban cada 30 de abril para festejar nuestro día–; en los últimos años de mi instrucción primaria me sentaba en el segundo nivel, de graderías, para evitar los escupitajos que recibían los que se ubicaban en las butacas de abajo.

Cómo olvidar las matinés de los domingos, las películas de El Santo, “el enmascarado de plata” (al salir del cine la función continuaba en el pasto del jardín Independencia, donde una serie de chamacos se dedicaban a aplicar las “llaves” que habían visto en la cinta. Si la cosa se “calentaba” podías ver, de manera gratuita, como se daban sus buenos chingadazos).

En este lugar pude disfrutar de películas como King Kong, E.T., Tiburón, Cocodrilo, Pirañas asesinas (y demás monstruos hollywoodenses); Superman, Rocky, La Guerra de las Galaxias; toda la producción del maravilloso Bruce Lee (les juro que hasta compré mis chacos); obviamente vi parte de las películas mexicanas “populacheras de desnudos y albures”, como les llama el escritor José Agustín. Nombres de cintas como: Lola la Trailera, El Milusos, Bellas de noche, Las ficheras, Pedro navajas. Con actores y actrices como: Alfonso Zayas, Alberto “el caballo” Rojas (ambos expertos en imprimir a su mirada toda la lujuria posible), Rafael Inclán, Isela Vega, Lin May, Angélica Chain y desde luego la espectacular Sasha Montenegro (que hasta ex Presidente de la República se consiguió), ahora las transmite el canal 9 de Televisa. También me tocó sufrir con cintas como “El Resplandor” de Stanley Kubrick (gracias a este largometraje hoy no puedo ver películas de terror).

En la segunda mitad de los años 80, entré a estudiar el nivel medio superior en la Preparatoria San Juan (hoy llamada Salvador Allende), después de darnos nuestra “Bienvenida” con una novatada que consistía en raparnos, quitarnos la camisa y playera, enlodarnos y amarrarnos, nos llevaron por las calles para exhibirnos y de pasada meternos un rato al cine, obviamente sin pagar. Lamento mucho no recordar qué película estaban pasando, pero perfectamente pudo haber sido, para estar ad hoc, alguna cinta como “Los Panchitos”, “Lo negro del Negro” o la maravillosa “Intrépidos punks” (por aquello del corte de cabello).

Curiosamente, por el año en que se filmaba “Cinema Paradiso” cerró sus puertas nuestro “piojito” –nombre que se les daba a los cines de baja categoría–. Otras similitudes que recordé, fue cuando en la cinta de Tornatore iba el cortejo fúnebre de Alfredo (encargado de proyectar las películas) por las calles de su Ciudad, su discípulo Toto cerró los ojos para abrirlos frente al viejo cine y lo que vio es algo muy parecido a cómo estaba nuestro Cinelandia, ¡en verdaderas ruinas!

En la misma escena Salvatore le pregunta a uno de sus antiguos conocidos sobre el porqué de la demolición del Cine. Le responde: “por la crisis, la Televisión, los videos. Ahora el Cine es sólo un recuerdo. Piensan hacer un estacionamiento, ¡qué lástima!”. En una nota del Semanario Bitácora (Núm. 98. 26-nov-09) se menciona que el espacio que ocupaba el Cinelandia posiblemente sirva para hacer un estacionamiento subterráneo (¡Vivan las Ciudades atascadas de automóviles!), una mueblería o locales comerciales.

Mi amigo, cinéfilo y escritor, Fernando Roque escribió un artículo llamado “Adiós al Cinelandia”. En él nos narra que aquí se celebraban graduaciones escolares, eventos artísticos donde se presentaron Chabelo e Isela Vega, magos, escapistas y luchadores. “A partir de los años cuarenta, se destruyó el teatro (que data de 1821) y dio lugar a este cine, cuya huelga duró más de 20 años”. También cuenta que un personaje llamado Tito Trejo Mireles, cortó la pantalla con una navaja, “nomás por gandalla” (Gazzetta cinéfila. Noviembre de 2009).

En una entrevista con el crítico de cine Jorge Ayala Blanco, declaró “los cines populares ya no existen, todavía existían hasta los años ochenta. Actualmente ya no hay esa tradición, lo que existe son cines que están en los centros comerciales. Los cines de antes eran más eróticos y afrodisiacos” (Replicante Núm. 17. Nov. 2008).

Para el cineasta griego Theo Angelopoulos, “el cine es un medio para entender y leer al mundo, para contrarrestar la actual deshumanización”.

Para ponerme más nostálgico aún, hay que recordar el final de la maravillosa novela de José Emilio Pacheco, “Las batallas en el desierto”: “Demolieron la escuela, demolieron el edificio de Mariana, demolieron mi casa, demolieron la Colonia Roma. Se acabó esa ciudad. Terminó aquel país. No hay memoria del México de aquellos años. Y a nadie le importa: de ese horror quién puede tener nostalgia”.

Me despido con, espero, humor (¿de años del Cinelandia?): Recuerdo que un personaje sanjuanense apodado “el chino broncas” siempre entraba a la sala, una vez que las luces se habían apagado, para gritar: “¡Ya llegó su padre cabrones!”. Gran parte de los presentes le silbaban mentándole la Madre. Supongo que no eran sus hijos.

Como yo también ando un poco en ruinas, aprovecho el puente Guadalupe-Reyes para descansar (no sé de qué). Quiero desear lo mejor a mis lectores y a mis compañeros de este medio de comunicación, no sólo en estas fechas sino siempre. Espero que nos encontramos por este espacio en 2011, gracias.

Correo: amezquita27@hotmail.com










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2 Comentarios en “ La muerte de un cine”

  1. cinefilo dice:

    Lindo articulo, en efecto la historia del Cinema Paradiso y su destino final es compartida por miles de ciudades en el mundo. Y vaya que esu n sentimiento muy peculiar la nostalgia. Saludos.

  2. ¿Esto significa su descontento por la demolicioin de los recuerdos de su infancia o por la demolicion de los recuerdos de la historia?

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