La magnanimidad

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POR Augusto Isla

La magnanimidad se define como la grandeza del alma, como una satisfacción íntima, como un amor dichoso de sí mismo. “Acquiescentia in se ipso”, diría Spinoza. Se opone a esta virtud, tanto la vanidad como la bajeza. Aquello es un creerse capaz de realizar algo a sabiendas de que no podría realizarlo, una convicción grotesca de percibirse querido y admirado por los demás, sin advertir lo insignificante que uno es.

Hay estudiosos que ven en los pintores de ‘naturalezas muertas’ una narrativa de ese ‘vanus’, de ese vacío: el cráneo, la flor marchita, la vela consumida. Metáforas de lo perecedero. Esta – la bajeza, digo- es algo así como deslizarse por la pendiente, pero hacia abajo.

Algunos críticos de la situación poselectoral han visto en la primeras sesiones del nuevo Congreso de la Unión dominado por Morena una bajeza al otorgar al senador Manuel Velasco licencia para regresar a Chiapas para concluir su gestión como titular del poder ejecutivo, como sustituto de si mismo. Primero, una negativa, para luego conceder la solicitud del integrante del Partido Verde. ¿Una vacilación? ¿Correcta? Al parecer, no ¿Un trueque con los verdes a cambio obsequiarle a Morena, la mayoría absoluta en el Senado de la República? Vulgar pragmatismo Huele mal. Como el propio Ricardo Monreal: una veleta, un adicto a viejas maniobras. Sobre todo para quienes esperan de Morena un comportamiento diferente, ceñido a esa moral tan pregonada por su líder y a quien reconocen el nuevo mandamás al grito de “es un honor estar con Obrador”, como pasando por alto la división de poderes. Las “hordas divinas”, diría el escritor nicaragüense Sergio Ramírez.

¿No le basta a Morena ser mayoría abrumadora? Al parecer, no. Lo quiere todo, ¿Para cubrir la agenda del próximo presidente, para conducirnos a no sé puerto? Por lo pronto diré que tales titubearon no denotan Magnanimidad. Y sin ella, no habrá “cuarta transformación” que, en todo caso, sería una ‘revolución espiritual’ que se antoja muy lejana.

 










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