La importancia de lo que han hecho los árbitros

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La acción de los árbitros de parar la liga en virtud de que los dirigentes no respetaron la sanción que corresponde, tanto por la cédula de los hechos que ellos consignaron como por lo que indica el reglamento, es una decisión paradigmática. Si hay algo que requiere México es una cultura de la legalidad, de la obligación de someternos a un marco jurídico sin ninguna distinción. Soy americanista, pero me opongo de forma determinante que, por ser el América una organización poderosa, presione a una interpretación discrecional de una norma que es muy clara. Tratar de eludir una ley es una tentación permanente de todos, pero debe de provocar tal cantidad de costos económicos, políticos y de imagen ante la opinión pública que desanime a cualquiera evaluar esta posibilidad. El respeto a la ley y la denuncia de cualquier violación a la misma es responsabilidad de todos y es la mejor forma de acabar con la impunidad que nos agobia.










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Un Comentario en “ La importancia de lo que han hecho los árbitros”

  1. Julio Figueroa dice:

    Excelente.
    De acuerdo.
    Los árbitros hicieron en un juego lo que los jugadores no han podido o no han querido hacer en muchos torneos.
    Diferencias y errores aparte.
    Yo también aplaudo, mi estimado Edmundo.
    Julio.
    La Presidentes, Qro. Qro., sábado 18-III-2017.

    & & &

    EL DESALIENTO DE MÉXICO / Enrique Krauze / Letras Libres
    La construcción de un genuino Estado de derecho (en especial para enfrentar el crimen) es un proyecto de largo plazo y será la misión de las generaciones jóvenes. Estas generaciones ya están entre nosotros. Son los hijos y nietos de gente como yo, que marchó en el 68. No deja de ser extraño, en este sentido, que no hayan surgido en México partidos políticos de jóvenes (como Podemos o Ciudadanos en España). Pero los jóvenes de hoy han elegido otros carriles de protesta: las redes sociales, internet. Marcada por el humor, la energía y la imaginación (también por la fugacidad y la ligereza), su protesta está más que justificada. Les heredamos una casa (la de la democracia) con paredes, techo y piso, pero poco más. No es realmente una casa, sino un espacio turbio, inseguro, violento, con zonas de enorme pobreza y desigualdad. De ahí su enojo. Pero se trata de un enojo democrático. No revolucionario ni radical, pese a su virulencia. La mayoría no quiere derruir la casa. Quieren que sea tan transparente y funcional como las de países políticamente más avanzados, cuyas noticias y costumbres conocen.

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