La guerra revolucionaria de España. El papel de la violencia para la construcción de un nuevo orden social.

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A la memoria de Federico García Lorca

y a los miles de brigadistas del todo el mundo,

en búsqueda de un sentido a su sacrificio.

En vísperas del 83 aniversario del inicio de la guerra civil en España, iniciado por el golpe de Estado de Francisco Franco, resulta necesario un breve balance del significado histórico de aquellos lejanos días en que se luchó, con plena conciencia de clase y una solidaridad internacional sin precedentes, contra el fascismo, pero también contra la mísera existencia de una nación imperialista que se empeñó en perpetuar los protectorados de Marruecos, justamente el territorio en donde se reveló el “Generalísimo” y convirtió al ejército colonial español en el invasor de su propio pueblo, subyugado en las siguientes escalas de barbarie tristemente conocidas: el bombardeo de ciudades y barrios populares, el fusilamiento a sangre fría de hombres y mujeres; demasiados fueron los cadáveres que, casi un siglo después, se sigue evidenciando la existencia de centenares de fosas clandestinas –cerca de 130,000 esqueletos- y con hallazgos macabros que continúan hasta la fecha: este año, 2019, la identificación de una mujer que fue fulminada y enterrada junto a la sonajera de su hijo.

¿Qué papel ha desempeñado la violencia en la historia humana para el estallido de conflictos de tal envergadura como la de España? Ésta y otras preguntas, naturalmente, no serán satisfechas dentro de los límites de este artículo ni mucho menos agotar las problemáticas que han sido tratadas por otros pensadores del pasado, enfatizando el carácter científico de la violencia para la conformación de la historia humana, pero sí pretendemos reiniciar dicha cuestión a los ojos del presente, usando la experiencia española como estación de paso para repensar nuestro presente.

En primer lugar, retomando algunas ideas de Marx y Engels, la violencia no es la causa histórica final, sino su producto necesario, creado a partir de las condiciones sociales y económicas a través del tiempo para quebrantar el orden social existente. En otras palabras, el uso de la violencia -a través de la conquista, la esclavitud y el despojo- creó las condiciones históricas para el establecimiento del capitalismo sistema económico mundial. Hoy en día, esa violencia se traduce en formas distintas y no contempladas por los fundadores del comunismo científico: la hegemonía cultural -Antonio Gramsci- de una clase dominante, poseedora de instrumentos y métodos de consenso –principalmente los medios de comunicación sobre el papel de la mujer cosificada, por ejemplo-, pero también en el estallido violento de las industrias de guerra y capitales globales imperialistas: Blackwater, la empresa mercenaria por excelencia al servicio del Pentágono y el uso, como carne de cañón, de ejércitos extranjeros en territorios de Oriente Medio en el siglo XXI.

En segundo lugar, el papel consciente que juega la violencia para romper con un orden social existente y dar lugar a uno nuevo. Naturalmente no podemos precisar lo que pasaba en la mente de Franco, pero la barbarie desatada en la Guerra Civil española solamente era la primera fase de una barbarie a escala nacional que pretendía “modernizar” el decadente imperialismo español desde un sector social identificado: el ejército colonial español. El destino de un pueblo sobre un ejército que estaba al servicio de un “Generalísimo”, creando lazos diplomáticos con los fascismos italiano y alemán de aquélla época, dispuestos a practicar toda clases de coerciones políticas desde sus ejércitos, era prácticamente obvia y no podía engañar a nadie sobre la industria de muerte a punto de escalar en una segunda conflagración mundial.

En tercer lugar, la contraviolencia popular que respondió esa violencia dictatorial en forma de insurrecciones obreras y expropiaciones campesinas. Las ilusiones del viejo régimen tuvieron que cumplirse hasta dentro de tres años luego de perder la esperanza inicial de conquistar un país entero en cuestión de 48 horas. Esto demostró que en la historia nada es predeterminado, ni siquiera la dominación política -sin duda, una violencia organizada- de una clase sobre otra.

En las condiciones de un ejército colonial que, desde el principio, tenía muy claro su objetivo en España –la conquista del poder a través de la violencia militar-, también quedaba clara la estrategia y las tácticas del pueblo español para contrarrestar la ofensiva reaccionaria del franquismo en ascenso: la violencia popular representada en la apropiación de los centros de trabajos, socialización de los medios de producción, el control obrero sobre las economías urbanas y la expropiación campesinas de tierras al servicio de una reforma agraria por fin hecha realidad. Ésa fue la necesidad imperante de los primeros tiempos de una larga guerra para garantizar no sólo la existencia digna de un pueblo en lucha, sino que también eclosionó, por breve tiempo, una conciencia social sobre el papel que juegan los trabajadores y trabajadoras del mundo en la conducción de una economía planificada en contra de las industrias de guerra -alemana e italiana- que se introdujeron como aterradoras innovaciones bélicas sobre el campo de batalla hispánico.

La estrategia del pueblo español, deformada y destruida al calor de las luchas diarias por su supervivencia ante los ojos del mundo, era la conducción de la violencia revolucionaria para crear las condiciones sociales que cada barrio, ciudad y campo hubiera puesto en práctica para medir fuerzas contra el fuego enemigo, como efectivamente lo lograron el pueblo de Madrid y los milicianos, al rechazar el avance inicial del ejército colonial, pero luego retomando una dirección inmisericorde para la conquista del poder en España, tan clara para los invasores a diferencia de los insurrectos trabajadores.

A grandes rasgos, la Guerra Civil enfrentó al gobierno republicano -Frente Popular- contra el Estado Mayor encabezado por Francisco Franco. La primera organización consistía en una agrupación de partidos pequeñoburgueses, en otras palabras, una asociación política por excelencia de las clases sociales reaccionarias que, por tanto, traicionaron la causa proletaria y entregaron el poder regional, de forma paulatina, a los franquistas que conquistaban cada localidad y ciudad, haciendo efectiva la consolidación de un gobierno franquista, fascista, no solo en España sino también a los ojos de los pueblos y potencias del momento.

Algunos partidarios del Frente Popular, en plena lluvia de bombas, abogaban por un antimilitarismo ingenuo a todas luces, pero coherente a las intereses de la pequeña burguesía española que se enmascaraba de objetivos comunistas y anarquistas; el verdadero poder proletario español, débil, efímero, se encontraba en los Comités Militares Antifascistas, aquellos que no recibían armas del Frente Popular para defender los diferentes puntos de combate determinados; poco sirvieron las medidas de autogestión obreras y reformas agrarias campesinas sin el concurso de una dirección política revolucionaria, dispuesta a llevar a cabo una violencia de clase lógica a la situación.

No obstante, también es cierto que, al menos por un tiempo, esas masas armadas lograron triunfos militares significativos sin la intervención de un gobierno republicano que se negaba a repartir las armas, agregando mayores problemáticas y definiciones de tácticas del momento, fieles a la estrategia socialista española que se perdió en la vorágine de la violencia franquista: la conquista del poder. Este punto también está vinculado íntimamente al funcionamiento creativo y consciente de una dirección central que resulta neurálgica para que las masas y sus dirigentes unifiquen la estrategia socialista de la conquista del poder y dicha estrategia tenga eco en cada territorio disputado entre las fuerzas de Franco y la Segunda República.

Nada mejor que el arte de la guerra insurreccional para llevar la política a otros medios, pero apoyados firmemente en un ideal democrático de esa política que se construye de forma masiva, consciente y organizada, recordando brevemente la experiencia de la dictadura del proletariado que alguna vez tomó forma en la Comuna de París de 1871, un gobierno de la mayoría trabajadora por sobre la clase burguesa que, respaldada aún por fuerzas armadas en franca derrota, continúan siendo un peligro para hablar de una democracia social de las nueve partes por sobre la décima. De otra manera, no podemos pensar en las posibilidades de un socialismo acorde a las condiciones materiales de los pueblos en lucha, tanto aquellos que viven en períodos de paz como aquellos asolados por la guerra.

Efectivamente podemos afirmar que hubo violencia con cada fábrica tomada por las y los trabajadores organizados, pues justamente se estaba violentado un orden económico burgués que peligraba sus intereses como clase dominante desde la coerción de la explotación asalariada y el consenso logrado a nivel espiritual por parte de la lglesia Católica para promover una moral religiosa acorde a esa control económico; se estaba violentado el orden social y jurídico burgués en donde se legalizaba esa explotación del hombre por el hombre, de la institución milenaria medieval por sobre la voluntad del pueblo.

En suma, retomando a los filósofos alemanes que robustecieron el estudio de la violencia desde un horizonte histórico, y en conjunto con los datos proporcionados a lo largo de este escrito, podemos afirmar que la violencia “es una potencia económica” y “la partera de la historia” que permite hablar de transiciones históricas de modos de producción a otros completamente nuevos.

Sin esta violencia histórica no podríamos entender parte de la génesis del capitalismo actual, pero tampoco podríamos entender las contradicciones de clases que se elevan hasta el estallido necesario de guerras civiles que hablan de un fenómeno histórico respecto a una nueva época de choques violentos y, al mismo tiempo, de cambios revolucionarios que nos permitan identificar el estado económico vigente que engendra esa violencia de clase, al interior de sociedades capitalistas divididas en clases, como Honduras, Costa Rica, Argentina, Chile, Brasil, y la necesidad de superar esas formaciones sociales capitalistas de forma violenta, pero sin realizar una apología de esa violencia que nos lleve a extremos ridículos o patológicos del cambio social, pues la democracia, el feminismo y la ética, son otras cuestiones que permiten encaminar esa violencia a niveles más humanitarios y menos dolorosos, pero tampoco sin caer en la ingenuidad del Frente Popular que olvidó la consigna que previó en su momento José Martí, justo en la transición latinoamericana de los nuevos tiempos a cargo del imperialismo norteamericano: “es criminal quien promueve en un país la guerra que se le puede evitar; y quien deja de promover la guerra inevitable.”

Edgar Herrera










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