La filosofía y las motocicletas

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Preclaro heredero de Descartes, Platón, Tomás Moro, pero sobre todo de Santo Tomás de Aquino. Tomista por convicción, como el único camino de la verdad; tomista y conservador como producto del idealismo puro, de la justificación del ser, del existir; lúcido y preciso, concreto como pocos, tenía la luz de la Filosofía, la cual le iluminó la existencia.

Maestro por propia decisión, por vocación, transformador; orador profundo, ávido lector de los clásicos, crítico de Tomás Moro y su deforme “Leviatán”, magistrado incorruptible, funcionario que siempre funcionó, buen padre, buen esposo, Maestro emérito de nuestra Universidad, a la que su vida entregó.Claro y concreto, con precisión sintetizaba, en pocas palabras pero con suma claridad, la existencia del hombre que se entregara al igual que él a la noble tarea de la enseñanza, como la fúnebre oración para el Maestro Guadalupe Ramírez Álvarez, en el Aula Forense de nuestra Universidad. Sentidas palabras para su alumno y que despojadas de lo superfluo, dibujaron, plasmaron para la posteridad la obra de quien convertido en cenizas acudía como última escala y en aparente ausencia a despedirse de la comunidad universitaria.

Antonio Pérez Alcocer tenía el don de transmitir lo que en él se encontraba depositado por siglos de sabiduría, por años de estudio y por una existencia dedicada a cultivar el intelecto.

Múltiples cargos ocupó, desempeñándolos a plenitud y realizándolos con entrega total y probidad, como resultado de una formación familiar que le transmitió el patriotismo y la bonhomía producto de las creencias religiosas que siempre normaron su vida como un ciudadano honesto y ejemplar.

Difícil pensar para el grueso de la población que una persona de la categoría del Maestro Antonio Pérez Alcocer, ínclito y preclaro pensador, también tenía rasgos que lo hacían semejante a cualquier mortal: “le gustaban las motocicletas”, sí, así de sencillo. Las motocicletas, esos vehículos de dos ruedas con motores de dos cilindros, ruidosas y peligrosas, en las que la carrocería son los que las conducen, ya que todos los golpes se los lleva el conductor. Instrumentos que por sus características mecánicas no son aptas para cualquier improvisado. Riesgo por todos lados: si se descuida uno al apoyarse en el tubo de escape, se quema; si no se protegen los ojos, caen moscos en ellos y arden como chile “piquín”, no digamos una abeja que se introduzca bajo la camisa y clave su aguijón repetidas veces hasta morir, ante la imposibilidad de matarla por llevar las manos ocupadas. Son un peligro en dos ruedas. Imaginen la dualidad entre un filósofo de la talla y prestigio del Maestro Antonio Pérez Alcocer, que con formalidad se presentaba a impartir su cátedra, y su faceta de simple mortal, de aficionado al motociclismo, como orgulloso poseedor de tremenda “Harley Davidson”, con las características que estas máquinas reunían a finales de los años 40: suspensión de resortes y primitivos amortiguadores sólo en la parte delantera; un gran asiento indiferenciado entre silla de montar y asiento de tractor; brinconas como potrillo con “supositorio”. En verdad se necesitaba mucha afición para subir en ellas y mucha habilidad para lograr cambiar de velocidad en una palanca del lado izquierdo del tanque, con un complicado “clutch” de pie del lado izquierdo, ideado, con toda seguridad, que suponiendo que los humanos tenían tres piernas: una para meter el “clutch”, otra para enfrenar y la tercera para sostener la moto sin caerse.

Con todo este adelanto de tecnología y ruidosos inconvenientes, Don Antonio Pérez Alcocer decide emprender la osadía, como pionero en el motociclismo queretano, y enfila nada menos que al lejano puerto de Acapulco. Pero no podía ir solo; lo tenía que vivir junto a su entrañable esposa, y los dos salen al puerto del Pacífico, juntos como siempre, como vivieron toda la vida.

Las características del viaje eran de por sí difíciles por la lejanía de su destino, y por lo rudimentario de la “Harley Davidson”, igual, exactamente igual a las que se inmortalizaron en el cine nacional por Pedro Infante y Luis Aguilar en la inmortal película “ATM”. Así, en una de estas, enfilaron a Acapulco para disfrutar unos días de vacaciones.

Todo transcurría normal, si normalidad se puede llamar a viajar 7 u 8 horas en un brincón vehículo, ruidoso, que por encima de los decibeles permitidos para el oído humano causaba sordera; además, con una vibración que hace castañear los dientes, y con toda seguridad hasta irritación de las meninges del cerebro, permaneciendo en una posición semejante a la de la crucifixión, pero esto, todo esto, es parte de la emoción, es parte del motociclismo.

Pasaron por Chilpancingo, cargaron gasolina y posiblemente el ilustre Maestro pensaba en las imágenes de Vicente Guerrero y los Hermanos Bravo, así como su padre Don Leonardo, y tratando de platicar con su querida Lore, de repente nota su ausencia. No podía ser posible. Unos minutos antes se encontraba sentaba en la parte de atrás del gran e incómodo asiento. Inmediatamente se preguntó: “¿cuánto tiempo tengo de venir hablando solo, desde cuándo viajo solo?”. Pero la preocupación le demandó: “¿en dónde la tiré?”.

Dando marcha atrás, con preocupación desanda el camino y regresando varios kilómetros hasta la gasolinera donde había cargado combustible a su “potro de acero”, y ¡oh sorpresa!, ahí se encontraba su querida esposa, sin un rasguño afortunadamente. Se le había olvidado con la emoción de la proximidad de las playas de Acapulco. La dejó, o se cayó cuando arrancó. Afortunadamente sólo se trataba de un muy humano descuido; lapsus que sólo las mentes brillantes suelen tener, ¿Qué les estaba diciendo?










Cada colaborador es responsable de lo que escribe y sólo rinde cuentas ante la sociedad y ante sí mismo. Se trata de pensar libremente y hacer pensar en la medida de la inteligencia de cada uno.

No hay comentarios en “ La filosofía y las motocicletas”

  1. Mario Rodríguez Estrada dice:

    Que buen recuerdo del admirado maestro, mi estimado Jaime…cada día escribes mejor, segun mi modesta opinión…¡Felicidades!…sigue por ese camino, reconocer a los valores humanos de nuestro Queretarín…Te saluda: Mario RE.

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