La fiesta del 68

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Luis González de Alba tiene razón: el movimiento estudiantil del 68 fue sobre todo una fiesta, que desgraciadamente terminó en la tragedia del 2 de octubre. Tras la fiesta de los gritos y la liberación del cuerpo y del espíritu, las balas y el autoritarismo del poder. Pero las dos grandes manifestaciones del 68, en agosto y septiembre (27 y 13), tras la pelea estudiantil y la represión policíaca de julio, fueron una protesta y una fiesta política juvenil.

Del Museo de Antropología y del Casco de Santo Tomás y Zacatenco al Zócalo caminando, gritando, saltando, bailando, blasfemando consignas y mentadas de madre al gobierno, al bocón de Díaz Ordaz y a la prensa vendida, prensa vendida, únete pueblo, únete pueblo, diálogo público, no represión… Y la segunda, la manifestación silenciosa, fue todavía más impresionante: el trajín de los pasos entre la multitud y los ojos atónitos de uno y otro lado, y el silencio atronador de la masa humana en movimiento.

Hablo de los chavos de base, preparatorianos, vocacionales, universitarios, politécnicos, chapingos, normalistas.

Estamos en los años 60: el triunfo de la Revolución cubana y la guerrilla y muerte del Che Guevara, las panteras negras en Estados Unidos, los movimientos de liberación de la mujer, la revolución sexual, los hippies, las drogas, la mariguana, los hongos, el LSD, los conciertos de rock, los Beatles, los Rolling, los Doors, Bob Dylan, Joan Báez, Cassius Clay (objetando razones de conciencia) negándose a hacer el servicio militar para ir a Vietnam, la literatura latinoamericana, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa, todo junto y revuelto y picudo.

Fue una fiesta del cuerpo y del espíritu.

Una liberación personal y colectiva, generacional.

La política como un encuentro y descubrimiento de los otros y un romper cadenas tradicionales en la casa, la familia, la escuela, el trabajo, la oficina, el gobierno.

La revolución como una fiesta.

–Diálogo público y no represión.

Hasta que llegaron las balas, los golpes, la represión, la cárcel, el exilio, la desmovilización, el miedo, las drogas como enajenación y no como experimentación, la apatía otra vez…

¿Y la democracia? ¿Y la conciencia social ciudadana?

Aquí estamos. El punto de llegada es el punto de partida. ¿Democracia o revolución? ¿Diálogo público o autoritarismo del poder? ¿Sociedad cívica y crítica o desarticulada e impotente? ¿Gobierno legítimo y democrático o unipersonal e impositivo?

¿Dónde estamos y qué sigue 50 años después del 68?

¿Avanzamos o damos vueltas en círculo?

–Ya no se trata de tomar la calle; se trata de participar en las decisiones del poder que nos afectan colectivamente.

 










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